Por Leopoldo González
México vive, quizás, el momento más difícil, delicado y complejo de su historia.
Desde el siglo XIX, cuando nacimos como Estado-Nación, ninguna división ideológica y política fue tan profunda, ni tan radical y violenta como la que hoy parte en dos a la República.
De un lado, Morena y la 4T, con métodos innobles y frecuentemente gangsteriles, se han hecho del control total del poder, no para reconstruir al país y consolidar una transformación de primera en favor de los ciudadanos, sino para resolver el problema económico de una oligarquía y consumar una transformación de cuarta en México.
En siete años de desbarajuste institucional, de robos y saqueos y falta de rumbo, lo que se prometió como Cuarta Transformación acabó con la división de poderes, con un Poder Legislativo y un Judicial competentes y dignos, con la democracia y el dinero público de los mexicanos, y está a casi nada de acabar con la República.
El país en descomposición y en llamas que es México, casi todo se debe a la mano inexperta y a los déficits neuronales de la 4T.
De otro lado está un México agraviado, en el que la CNTE, los limoneros, los aguacateros, los transportistas, las víctimas de la falta de agua, las mujeres, la gen-Z, los colectivos de desaparecidos y todo el sector agrícola del país, humillados y ofendidos por la insolencia del poder, ya no aguantan más y anuncian medidas que prefiguran un clima de choque y mayor radicalización.
La señora Sheinbaum, atrapada -como todo mundo sabe- entre servir al megalómano de Palenque, salvar su gobierno, proteger y garantizarle vida a su partido y sortear el vendaval de impugnaciones que vienen del piso social, ha entrado en el bloqueo mental de no saber qué hacer frente a la batahola de sucesos que se le vino encima.
Fingir que no pasa nada, como hizo Nerón al tocar el arpa teniendo frente a sí el incendio y la ruina de Roma, es algo que no se recomienda al poder, sobre todo si el consejero del poder es un Polibio o un Gracián.
Hacer como que los otros no existen, por mucha que sea la autoridad moral y la legitimidad social de su causa, tampoco es algo que un asesor calificado aconsejaría al poder.
También sabemos que la soberbia de un gobernante no es fortaleza, sino máscara y miedo a verse débil.
En mi modesta, y probablemente muy insignificante opinión, la señora Sheinbaum ha escogido el peor camino para hacer frente a la inconformidad y la protesta social que la asedian: ofender, subestimar y descalificar a un movimiento social al que le asiste la razón, insinuando que es muñeco de ventrílocuo o perro del mal de la derecha, es incurrir en una falsedad y una provocación que vienen, ni más ni menos, del gobierno.
En la ciencia es vital ver y trabajar de frente con la realidad, sin espejismos, sin fantasías ilusorias ni prestidigitaciones de supuestos iluminados, y mucho menos sin creer que se tiene la razón porque el club de los aduladores de oficio así lo confirma.
Si se quiere hacer frente con éxito, desde el gobierno, a la hoguera de inconformidades que es el piso social, los instrumentos de la negociación son tres, y muy sencillos de entender y de llevar a la práctica: “dialogar, acordar y resolver”.
El lunes pasado, Julio Berdegué, titular de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, sabiendo el tamaño de la irritación social que recorre el país y que incluye una amenaza de boicot al mundial de futbol, quiso lucir muy eficiente en su ramo al declarar: “Diálogo hay, hemos tenido 316 reuniones con los trabajadores del campo y los del transporte de carga”. El punto es que el diálogo que no se traduce en acuerdos y soluciones no arregla nada. Así, la declaración del funcionario se torna una confesión de incompetencia e ineptitud, pues nadie con un México en llamas se sienta a dialogar para no llegar a nada.
El golpismo verbal de la institución presidencial indica debilidad, impotencia y que no tiene los recursos a la mano para resolver la toma de calles y carreteras en el país. Sin embargo, la solución está a la vista: consiste en poner en acción un eficaz plan de seguridad en carreteras y en recortar oxígeno presupuestal de 2026 a la asistencia clientelar para salvar al campo.
La alternativa es, hasta cierto punto, sencilla: o se salva a las redes clientelares de Morena con miles de millones de pesos anuales, para salvar a la 4T, o se redistribuye el presupuesto con equidad y justicia para alejar el fantasma de un estallido social y se salva a México. Sólo hay dos caminos.
Pisapapeles
Y en esta ocasión no hay plan A, ni B ni C. Es salvar a la 4T o salvar a México.
leglezquin@yahoo.com

