5 julio, 2024

El verbo simular

Vivimos tiempos plásticos, en los que simular se ha puesto de moda y llamar a las cosas con un nombre que burle su verdadera esencia e identidad se ha vuelto un lugar común.

La corrupción del lenguaje es señal de la corrupción de la mentalidad y el comportamiento, y en esto radica uno de los síntomas de la decadencia de una tribu, un pueblo, una cultura.

En estos días se habla mucho, frecuentemente sin conocimiento ni conciencia pero sí con el apetito del acomodo y el “quedar bien”, de una reforma al Poder Judicial para transformarlo en algo puro y alinear a la Suprema Corte con los pálpitos del corazón del pueblo.

Esta iniciativa, a la que no acompañan académicos ni políticos serios, en realidad no busca descorromper a un poder, purificar con el cloro de la ideología un ideal de justicia ni introducir auras de santidad en el servicio judicial de carrera, sino lisa y llanamente un objetivo pragmático: degradar al PJ a instancia menor o a oficina de justicia popular, para que se entienda que no puede haber nadie superior al pueblo, excepto -claro está- quien en la soledad de su despacho cree encarnarlo y siente y piensa como él.   

Casi no hay antecedentes históricos, ni de modelo político, en los que se haya puesto al Poder Judicial y a la Suprema Corte a emitir resoluciones y pronunciamientos según el gusto popular, entre otras cosas, porque la tarea de juzgador no se basa en un concurso de popularidad ni tiene relación con la emisión de sentencias que dejen satisfecho el ánimo popular.

El uso perverso y truculento de la palabra pueblo, por parte de demagogos de ocasión hábiles en el maniqueismo, amerita siempre una discusión rigurosa y profunda, cuyas costuras invisibles no siempre son fáciles de entender.

Si se invierte o altera el modelo democrático que ha funcionado por siglos, para que desde ahora mande el pueblo, estaremos ante la más grave e irracional anomalía del pensamiento político moderno. Escribió Jesús Silva-Herzog Márquez: “Quien dice que el pueblo quiere algo, miente. Quien dice que el pueblo habla, pretende convertirlo en su títere”.

La idea es atractiva e inquietante y trae resonancias históricas de Grecia, Séneca y Alexis de Tocqueville. Una de las formas de degradación y prostitución de la democracia es la demagogia. Tocqueville lo vio a largo plazo al escribir “La democracia en América”, cuando advirtió el peligro de que la democracia, en voz del demagogo, podía degenerar fácilmente en una “dictadura de la mayoría”.

Ganar a la mala una elección y luego intentar imponer a la mala una reforma al poder judicial, ¿hace de Morena un partido honorable, respetable y confiable? Hay argumentos y evidencias que, sobre este particular, fundan y dan validez a la duda razonable.

Tocar a la Suprema Corte hoy para trastocar sus funciones constitucionales y politizar sus decisiones, no conducirá a profundizar y a enriquecer nuestra democracia, sino a distorsionarla y suplantarla en favor de un populismo de Estado. La indefensión jurídica que vendrá nos dañará a todos, menos a la egocracia política central.

La reforma judicial que propone el partido gobernante no es para fortalecer la división de poderes, la importancia de los contrapesos ni los diques de la limitación del poder, sino para dar paso a un presidencialismo concentrado fuera del alcance de la ley.

En un Estado democrático como el nuestro, la ley está por encima de gobernantes y gobernados y es el único medio para atemperar el atropello y el abuso. Lo que haría la reforma que pretende imponer el obradorato es crear un Poder Judicial bajo el control del Ejecutivo y a la medida de sus intereses, para asegurar la intocabilidad del primer círculo y dejar sin protección jurídica al resto de los mexicanos.

Esto, que no es cualquier cosa, desde hace más de un mes encendió las luces de alarma en la OCDE y la DEA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Corte Penal Internacional (CPI) y los gobiernos de Canadá y Estados Unidos, porque implica consagrar una legalidad autoritaria al estilo de Rusia, Corea del Norte y otros países dictatoriales.

En una encuesta reciente, llama la atención que el 81 por ciento de los entrevistados está de acuerdo con la elección popular de los integrantes del Poder Judicial, pero el 99 por ciento de los mismos desconoce lo que es un Ministro.

En suma, México está colocado en una situación de peligro, como no ha habido otra desde hace por lo menos dos siglos. Si continúa por ese camino, es probable que el mañana nos sorprenda con un pie en un fango de oscuridad y otro atado a un grillete del que podría no haber retorno.

De todos depende, de cada uno en su metro cuadrado, que el presente tenga solución ahora y no mañana. Ojalá la diosa ciega de la historia, la Fortuna, no nos abandone.


Pisapapeles

Un buen principio es que las batallas del futuro deben ganarse en y desde el presente.

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