Por Leopoldo González
La caída del “mesías tropical” en la simpatía y en el ánimo popular de millones de mexicanos, cosa que muchos de sus seguidores llegaron a jurar que nunca sucedería, por fin ocurrió.
Los acólitos del expresidente y la feligresía del partido gobernante habían hecho de AMLO un personaje teflón, un prócer del antineoliberalismo, una figura de yeso inmortalizada en leyenda, un super héroe de consumo popular a prueba de deslealtades y crisis en su propio partido.
Sin embargo, a unos cuantos meses de dejar el poder, pese al fallido ocultamiento de grandes estafas como SEGALMEX y al “encriptamiento” por décadas de información sensible, se ha comprobado que López Obrador sólo resultó ser “un resentido incompetente” y “el más corrupto entre los corruptos”.
En las últimas semanas, tras la caída de varios dictadores por la acción de EU y luego de un silencioso despertar en el pueblo de México, crece la certeza de que la figura de AMLO no es de yeso sino de barro, y que se trata, además -como reza la jerga popular- de un rufián de siete suelas.
En muy mal momento le afloró lo Rasputin o lo Goebbels a Jesús Ramírez Cuevas, el sirviente y palafrenero de Carlos Monsiváis, quien en el gobierno de AMLO terminó como el bufón de Palacio y una de las figuras clave de la manipulación política sexenal, pues el sábado anterior se le ocurrió sacar de su escondite y “enfermar” al expresidente, para hacerlo aparecer como víctima y provocar una oleada de simpatía pública hacia él.
Si bien se recuerda, López Obrador tiene en su historia clínica antecedentes de problemas cardíacos e hipertensión, que suelen llevarlo a revisiones médicas preventivas de manera periódica. Por ello, en enero de 2022 fue sometido a un cateterismo cardíaco como medida preventiva, debido a sus padecimientos del corazón registrados en años anteriores.
Ramírez Cuevas, cuyos alcances intelectuales son más bien limitados, pensó en modo astucia que el momento de confrontación y parálisis que vive la 4T y el miedo y la zozobra que envuelven al obradorato bajo el asedio de Trump, hacían oportuno armar el sainete de una taquicardia de emergencia en auxilio de AMLO, para incentivar en las masas un ritual de pasión ciega y desbordada, de piedad y adoración pública hacia el super héroe de la “cuatroté”.
Lo que intentó Ramírez Cuevas subraya cierto ingenio, aunque el refrito y la balandronada no le salieron como él esperaba.
Los soldados del Cid Campeador, en el siglo XI, sintiéndose desvalidos tras la muerte del guía y perdidos frente a un adversario que los superaba en número y energía para el combate, acudieron a la estrategia de la nostalgia y la ilusión para hacer frente a una batalla: montaron los despojos del Cid en un caballo, primero para infundir mística de guerra a su propio ejército y, segundo, para intimidar al adversario ante lo que representaba el Cid en las cruentas batallas que se libraban por aquellos días.
Ramírez Cuevas sacó y desempolvó a su Rodrigo Díaz de Vivar, fabricó el rumor de su traslado de urgencia a un hospital, hizo amarillismo periodístico de fake news y no consiguió que las masas se volcaran a las calles: lo que sí consiguió fue alegrar varias horas la vida de México y alentar un aplauso general, ante los malestares cardíacos del mesías y su supuesto traslado a un hospital militar.
Gracias a que a Ramírez Cuevas se le ocurrió tan brillantísima idea, a la cual debemos el molde de tan brillantísimo rumor, se pudo comprobar una de las grandes verdades de la ciencia política: que “se puede engañar a algunos durante algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”.
Si AMLO fue visto en la 4T como un hidalgo de los pobres y el gran benefactor de los marginados, hoy los pobres y los marginados están despertando y saben que López Obrador, en términos reales, no era su salvador sino un impostor más, que jugó con sus sentimientos y con la economía sin saber de economía.
Hoy saben, también, los pobres y los marginados, que Ramírez Cuevas sacó a pasear a su Cid Campeador para asustar a Trump, para forzar el voto legislativo a favor de una reforma electoral sin pies ni cabeza y para “acalambrar” al claudismo que ahora despliega una estrategia de deslinde y confrontación frente al expresidente en todo el país. Pero al pobre de Ramírez Cuevas nada le funcionó.
Yo diría que a Ramírez Cuevas no le sienta bien el puesto que ostenta en Palacio Nacional, pero el que sí le sentaría muy bien sería un puesto de tramoyista de cuarta en un teatro de carpa o de barriada.
Allá él.
Pisapapeles
Aunque el teatro y la política provienen de escuelas filosóficas distintas, a veces beben los caldos de su esencia y la estética de su imagen en el mismo espejo.
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