Por Leopoldo González
Sobre la democracia, lo que es y con qué se come, se han escrito muchos más miles de libros en todos los idiomas que sobre cualquier otro sistema político.
Hay la idea de que cualquier cosa puede ser un ejercicio democrático, con tal de que incluya ciertos mecanismos de consulta y participación, en los que la voz del “pueblo” sea escuchada y luego plasmada en actos de gobierno.
Se suele creer, también, que no hay nada más democrático que lo que el pueblo siente, añora y elige, como si la democracia fuese el oráculo de los deseos populares y no un método y un mecanismo que sólo funciona con ingredientes de racionalidad.
La democracia es irreductible a simplificaciones y no es lo que a cada uno se le ocurra o se le antoje, por muy brillantes y sesudas que puedan parecer la simplificación y la ocurrencia para la masa y el gobierno.
Decir que se gobierna en nombre del pueblo y para el pueblo bien puede ser una finta teatral o una trampa, pues cuando el pueblo se reduce a los seguidores de una causa o a una voluntad monocolor, a lo que asistimos es a la mutilación de un concepto sociológico del que todos formamos parte.
El asunto de la democracia viene a cuento, no sólo porque se trata de uno de los términos más manoseados y prostituidos en el México actual, sino porque revela una de las contradicciones básicas del régimen mexicano: invocar la democracia y sus bondades como un modelo ideal, en el palabreo mañanero, mientras en los hechos se conduce al país a un esquema autoritario, atrapado en los filos de una feroz uniformidad.
La democracia se realiza en una estructura compleja formada por los que mandan y quienes obedecen; tiene niveles de mando y de poder de arriba hacia abajo, y viceversa; la nutren las voces y los rostros de una pluralidad viva; la piedra de toque y el límite de gobernantes y gobernados es la ley; la esencia de su dinámica es el pensamiento crítico y el núcleo de su búsqueda son las libertades individuales y colectivas.
Importa saber y no perder de vista lo que es la democracia, porque siempre habrá merolicos y demagogos que seduzcan a la masa y la conduzcan a confundirla con la kakistocracia, la oclocracia y el fascismo populista. México, desde 2018, es uno de esos casos cuyo patetismo raya en lo grotesco.
Que se diga, desde las alturas del poder, que México es uno de los países más democráticos del mundo, puede ser una de dos cosas: o un acto de ignorancia supina o una confesión de analfabetismo funcional.
Anular la división y autonomía de poderes, para someterlos al capricho, la altanería y la arbitrariedad de un gobierno unipersonal, es cualquier cosa que se asemeje al fascismo de izquierda, pero no democracia.
Un Poder Judicial con una estructura democrática, dando legitimidad y soporte a una Suprema Corte de Justicia de la Nación, apenas ayer, era sustancialmente mejor que lo que hoy tenemos: una Suprema Corte de Justicia del Acordeón.
Cooptar y apergollar a once organismos constitucionales autónomos, cuya función era ser contrapeso del gobierno en beneficio de la sociedad civil, no fue una aventura para ensanchar el espacio democrático sino una apuesta y un abuso autoritario.
Sin ojos, sin oídos, sin voz y sin conciencia crítica en la administración pública, la sociedad se encoje y está cada vez más sola e indefensa que nunca frente a la elefantiasis del poder. La democracia no es más, sino menos democracia ahí donde el poder funciona para agrandar y reproducir el poder.
Quizás por esto, la democracia se convirtió en el sustantivo de la ilusión. “Vivimos la era de la democracia confusa”, advirtió Giovanni Sartori.
Tal vez nuestra época está desembocando en una utopía absurda, atípica y contradictoria: la de tener que reintegrarle a la democracia sus contenidos y fondos conceptuales, para volver a hacer de ella una auténtica democracia.
La socialdemocracia de Eduard Bernstein y la democracia radical de los filósofos políticos antisistema son otra cosa, pero de ellos nos ocuparemos después.
Pisapapeles
En tiempos como los que vive México, una cosa es optar por el “pensamiento duro” y otra, muy distinta, es ser “cabeza dura”.
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