Por Leopoldo González
En parte es una inocentada lo que con el nombre de reforma electoral ha presentado al Congreso de la Unión la señora Sheinbaum, y en parte no.
La inocencia es la no ciencia y es, por desgracia y con pasmosa frecuencia, el sello de origen de casi todo lo que proviene de la 4T.
La inocentada que se pretende convertir en reforma electoral, con el voto de tres partidos sin ética ni escrúpulos, tiene tres graves problemas que deberían obligar a repensarla y a ahorrarse el proceso legislativo.
El primero: no se trata de una reforma electoral pura y con contexto, sino de una iniciativa carente de diseño jurídico en la que sobresale una mescolanza de temas, quizás fruto de ignorancia o perversidad, que va más allá de lo electoral y toca sin ton ni son el diseño político y constitucional, el federalismo, el principio de soberanía de los estados, el principio de autonomía de los municipios y la forma de Estado que nos hemos dado, como si se tratase de una reforma profunda y de gran calado del Estado mexicano.
Si lo que se busca es esto, habría que darle ese nombre y emplear los métodos y procedimientos de una reforma de Estado, no los de una reforma electoral al gusto de una camarilla populista.
El segundo: la iniciativa de reforma no es del pueblo ni para el pueblo y, si algo deja intacto, es que no establece ninguna regulación ni límites para la ominosa intervención de redes criminales en los procesos electorales, que es un tema central para limpiar y darle orden y rumbo a México.
Descriminalizar a México es una demanda popular y ciudadana muy sentida, si en realidad se quiere transformar al país con una reforma electoral.
El tercero: lo que nadie está diciendo lo escribió la exsenadora tlaxcalteca Adriana Dávila, al afirmar que “el Plan B es una estrategia para ganar elecciones desde el poder, desmantelando todo lo local”.
La inocentada teórica que es el Plan B, sin embargo, es una iniciativa malvada y perversa desde el punto de vista de sus propósitos.
Cada iniciativa y decisión que toma Morena en el ejercicio del poder, no es para empoderar al pueblo ni para consolidar nuestra democracia, sino para meter a México al túnel del tiempo de una dictadura populista: se busca el poder absoluto y a perpetuidad, y además que nadie pueda oponerse a semejante despropósito.
Quitar plurinominales y modificar el método para asignarlos no es privilegiar el contacto de los candidatos con la ciudadanía, sino rasurar y estrechar la vía para el acceso de las minorías a la representación política.
Con el prurito de que hay corrupción y de que hace falta una operación limpieza en el país, se quiere aplicar una liposucción al Estado mexicano, no tanto por su efecto desengrasante, sino para limitar de abajo hacia arriba lo que podrían pesar las voces libres y disidentes en un país diseñado para la uniformidad.
Si el Plan B busca evitar el crecimiento de las minorías y reducirlas a su mínima expresión, además de concentrar cada vez más poder en la misma oligarquía, lo cierto es que México avanza con el pie izquierdo, con el zurdismo pandilleril, a la configuración de una dictadura populista, del estilo de la que ya cayó en Venezuela y está próxima a caer en Cuba.
Pretender la revocación de mandato de Sheinbaum en 2027 es una trampa: no es porque sea fuerte, sino para usarla como “gancho” del voto clientelar y aliciente del voto comprado y acarreado, igual que en 2024.
El que la presidencia, las gubernaturas, los puestos legislativos y la representación municipal se rolen únicamente entre los integrantes del morenazgo, con pocas o muy nulas posibilidades para la oposición, sería un escenario aterrador para México, poco comparable con el México plural anterior a 2018. Y cada vuelta de tuerca del oficialismo gira en ese sentido, como ahora lo pretende el Plan B.
La iniciativa de reforma electoral de Sheinbaum, como espada de Damocles, no vendrá sola a arrinconar a la oposición, pues ya se prepara el relevo de tres consejerías electorales en el INE, y es altamente probable que Morena imponga ahí a tres perfiles identificados con el populismo autoritario que rige su vida interna y su mentalidad.
El horizonte del México de mañana no se avizora tranquilo ni despejado, sino lleno de nubarrones, rugidos y crispación: regido por un tiempo nublado.
Veremos si los mexicanos aceptan, sin chistar y sin sacar la casta, una dictadura en ciernes como la que prepara el Plan B, o si hacen acopio de dignidad y resistencia rumbo a 2027, para impedir que un mal mayor caiga sobre sus cabezas durante muchos años.
Pisapapeles
Vivir años o lustros bajo la noche oscura de un autoritarismo, es lo peor que podría ocurrirle a México en el siglo XXI.
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