7 marzo, 2026

Una reforma electoral para el poder

Por Leopoldo González

La reforma electoral que a duras penas cocina la 4T, sin diálogo, sin debate, sin aliados ni consensos, prueba que Morena va en solitario hacia un país monocolor: no ya tricolor ni multicolor en su rica diversidad, sino únicamente marrón, para que México sea el más acabado ejemplo de un desierto de la uniformidad.

En esta columna advertimos, hace ya tiempo, que una reforma electoral que no viene de abajo ni pidió el pueblo, sería una iniciativa débil e ilegítima que sólo busca hacer ley los caprichos y obsesiones del poder, para reducir los filtros de la pluralidad que hay en el país al filtro de un solo partido político: el de color marrón.

Por fortuna, ni el PT ni el Verde “oportunista” de México están en la idea de acompañar una reforma electoral gandalla, como la que pretende Morena para no compartir el poder y apropiarse de él a perpetuidad.

El viejo autoritarismo mexicano, que a veces encarna en políticos de cuerpo presente como el santanismo y el porfirismo, siempre ha querido la presidencia perpetua y siempre se le ha ido de las manos: a Echeverría se la quitaron los fantasmas del 68 y el 71 y a López Portillo el dique y contrapeso intelectual que fue en su momento, con la reforma político-electoral de 1977, Jesús Reyes Heroles.

En la historia política de México, dos cosas han sido pensables pero no han sido posibles nunca: hacer que un solo partido sea la encarnación y la voz única del país total, y pretender que un gobierno temporal sea transformado de pronto en un poder vitalicio. Ambas ideas, traídas de los cabellos, son de suyo delirantes, como prueba la historia.

El decálogo de hace días y la reforma electoral que tal vez proponga Claudia Sheinbaum al Congreso, nacen de una derrota histórica, traen el sello en la piel de lo que pudo haber sido y no fue, representan la sombra de un pasado al que México no desea regresar.

Quitar el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), que en casi treinta años ha sido un instrumento de confianza y certidumbre ciudadana en las elecciones, sólo porque se quiere adelgazar y desnutrir a un órgano electoral como el INE, implica sacar de la visibilidad pública y llevar los procesos electorales a un territorio de sombras, en el que todo podría ocurrir: desde “caídas” sospechosas del sistema de cómputo, con una ingeniería de cibernética mapache, hasta el sorpresivo triunfo de quienes perdiendo en las urnas ganarían con un algoritmo.

Pretender disminuir o eliminar a los candidatos plurinominales, e incluso la forma y el procedimiento de asignación de estos por lógica matemática, altera y distorsiona el Modelo de Representación Proporcional que rige las elecciones en México desde 1977, y que ya recomendaban en los ochenta Gaetano Mosca, Michelangelo Bovero y la Escuela de Turín, como vía confiable y justa para asegurar la presencia y representación de las minorías en la conformación y el ejercicio del poder político.

Algo parecido podría decirse de la intentona de homologación salarial de los regidores y legisladores locales en el país, de acuerdo con un criterio de tabulación federal, pues no sólo contradice los principios de equidad y justicia del realismo jurídico, sino que viola, flagrantemente, el principio de autonomía que rige la vida municipal y el principio de soberanía de los estados que rige el pacto federal. 

Es increíble, aunque perfectamente posible, que en estos tiempos se quiera sacrificar lo que ha funcionado y funcionado bien en el sistema electoral, en aras del falso argumento de generar ahorros y economías presupuestales.

Las elecciones baratas conducen a democracias baratas, y estas, a su vez, desembocan en dictaduras que resultan las más caras de la historia. Y los ejemplos de esto abundan.

Ante los déficits y la quiebra de las finanzas públicas en México, que ya no resisten el parasitismo de las redes clientelares creadas por la 4T, es necesario pensar en términos malsanos y de mala fe, porque quizás se busca imponer la austeridad forzada de los partidos y los órganos electorales, para engrosar la obediencia asegurada de las redes clientelares de Morena, sin las cuales el partido gobernante difícilmente ganaría una elección leal y limpiamente.

Los comentarios sueltos de esta columna, en torno a la reforma electoral que quiere el poder para sí mismo, podrían interrumpirse hoy o continuar mañana, dependiendo de si se presenta o no una iniciativa de reforma electoral ante el Congreso.


Pisapapeles

No deja de ser extraño e ilógico, que un partido que se envuelve en la “bandera del pueblo”, quiera menos pueblo y más burocracia parasitaria en las instancias de control gubernamental.

leglezquin@yahoo.com

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