22 enero, 2026

Una presidencia débil

Por Leopoldo González

Con un poder acotado y una presidencia débil no se llega lejos, por más esfuerzos que se hagan desde el primer círculo para disimular la realidad de un gobierno magro y desdibujado.

El contraste entre el personalismo mostrenco, caprichoso, arrogante y mañoso de ayer y la figura esmirriada de hoy es cada día más evidente.

Al margen de que el gobierno que encabeza se originó en un fraude electoral, probado y documentado por el grupo cívico que hizo el trabajo rudo de “Conteo Ciudadano”, lo cual adelgaza su legitimidad y subraya su debilidad, la señora Sheinbaum tiene y mantiene otras debilidades de gobierno que no ha afrontado ni resuelto.

Un aspecto que le resta margen de maniobra y condiciona su toma de decisiones, es el hecho de parecer una presencia menor frente a la sombra del Mesías: un capítulo que Palacio Nacional, con tanto personal y tantos asesores, no ha sabido ni halla cómo resolver, como si en el primer círculo se desconocieran las lecciones y las fórmulas que consagra la historia, en México y en el mundo, para sacudirse herencias malditas y envenenadas.

Aquí es donde la señora Sheinbaum, en un gesto de genuina grandeza histórica, podría dar muestras de verdadero carácter y personalidad ante el país, y de paso demostrar que el patriotismo de un gobernante va más allá de la lealtad a su mentor, a un color ideológico, a un rancho y a un entramado de complicidades criminales.

Además de que parece ejercer una presidencia en estado de sitio, casi en su totalidad copada por la línea dura del espejo retrovisor, con obvias resonancias de la cultura “retro”, la señora Sheinbaum carece de correas de transmisión (“compañeros de viaje” en el argot marxista) en su mismo partido, donde no le hacen caso y dictan la línea figuras ñoñas e improvisadas, sin verdadera estatura para el juego político.

Al rosario de flancos débiles, porosidades como las del queso Gruyere y condicionamientos que enfrenta la inquilina de Palacio Nacional, deben sumarse una economía nacional que no crece y más bien se achica, un PEMEX que no es timbre de orgullo del nacionalismo sino espejo de la ruina, una deuda pública externa que en 2026 rebasará los 20 billones de dólares y una Inversión Extranjera Directa (IED) que registra su peor caída en tres décadas.

Al margen del trabuco de si fue primero el huevo o la gallina, lo cierto es que el fracaso económico de un régimen es casi siempre el mejor aviso e indicador de su fracaso político.

Si el frente interno es complejo y cabe en el símil de un dolor de muelas, en el externo la ecuación suma agruras, dolor de muelas y migraña, pues la política exterior de México se ha convertido en agencia de colocación de “grillos” y el país vive arrinconado en su relación bilateral con Estados Unidos.

Donald Trump era uno, menos áspero y rasposo antes de la captura y detención del dictador venezolano Nicolás Maduro, y es otro ahora, sobre todo con Cuba y México, después de que comenzó el juicio por narcoterrorismo contra este personaje en las Cortes de Brooklyn.

La lista negra de quince narcopolíticos de Morena elaborada en el despacho de Marco Rubio, además de que trae con malestar estomacal a varios, es una debilidad que la señora Sheinbaum puede convertir en fortaleza; el anuncio de probables ataques directos de la DEA sobre cárteles y hampones mexicanos, implica la pregunta de si Palacio Nacional está más cerca de Palenque o de la Casa Blanca; la exigencia de resultados más sólidos en el combate al CO es, al final del día, una muestra de poder de quien exige y de debilidad del requerido y exigido.

El momento mexicano actual no es fácil, pero tampoco puede decirse que sea imposible de sortear o un crucigrama sin solución.

Casi como un aforismo, y casi parafraseando al poeta Hölderlin, puede decirse que en la entraña de un problema yace la raíz oculta de una solución.

En el metro cuadrado de la señora Sheinbaum, y no en la metáfora lejana y polvorienta del sureste, es donde radica la respuesta sobre quién manda aquí.

Hay jardines que ocupan una poda y los hay que lo que ocupan es una joda. La ciencia de esto reside en encontrar las pequeñas y sutiles diferencias entre ambos procedimientos: la hierba noble y la mala yerba son incompatibles.

Quizás una poda en el gabinete y una cirugía mayor en la 4T podrían ser la respuesta a la ostensible debilidad de una presidencia que, si desea salvar su momento y su resonancia histórica, debería optar por la autoafirmación y no por la claudicación.


Pisapapeles

El centro de gravedad del poder -lo supieron los clásicos- no es una sustancia etérea o gaseosa, sino la toma de decisiones.

leglezquin@yahoo.com

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