26 febrero, 2026

La caída de un capo

Por Leopoldo González

La caída de un capo puede verse y enfocarse desde muy diferentes ángulos, todos ellos relacionados con su peso e importancia en la estructura criminal que creó.

La caída en sí misma de Nemesio Oseguera Cervantes, es una noticia transversal que impacta positivamente el México de abajo y las afueras del poder político, aunque también cimbra y habrá de provocar serios ajustes en la cima del régimen.

Debido a que en las últimas semanas, por una fama pública que no le favorece y por las acusaciones de la Casa Blanca, ha sido persistente el señalamiento de un pacto criminal entre el poder y diversas expresiones del CO, es probable que la caída del “Mencho” haya sido decidida en un cuarto de guerra gubernamental, como cortina de humo y distractor frente a la espiral del escándalo que trae en jaque a Morena y la 4T, tras los grandes pleitos en su interior y la publicación del libro de Julio Scherer.

El distractor para desviar y empañar la atención pública, fue una gran coliflor de humo que sirvió para encubrir la división que vive la 4T entre el obradorato y el claudismo y, de paso, para ocultar la espiral de corrupción y los trapos sucios que el libro de Julio Scherer hizo visibles.

Incluso, como si se tratara del montaje de una obra de teatro, el poder ha usado el abatimiento de “el señor de los gallos” como una maquinaria de propaganda, en busca de tres cosas: para en apariencia desmarcar a Morena de un pacto criminal, que las cuatro esquinas del país gritan que existe; para generar un sentido de unidad y pertenencia en la 4T, ante la embestida de críticas y ataques justificados que vienen de su exterior; por último, para generar la sensación de una presidencia fuerte y alimentar un patriotismo nacional al que se percibe diezmado y apachurrado.

El poder casi siempre piensa en el poder: en su resguardo, en su protección y blindaje, antes que en la protección, la defensa y el blindaje de los ciudadanos. Esto explica, entre otras cosas, el abandono de las regiones y la indefensión social a que quedó expuesta la población tras la furibunda reacción del cartel ante la eliminación de su fundador y líder.

En los 252 narcobloqueos registrados el pasado domingo en más de 20 estados de la República, ¿a cuantos hijos del “malamén” se abatió o se aprehendió en flagrancia, mientras cometían los delitos de lesiones, robo con violencia y daño en las cosas? No hay un reporte de una sola fiscalía que pruebe una sola detención.

Entre domingo y lunes, como reacción al operativo de las fuerzas federales en Tapalpa, las cifras oficiales registraron la quema de más de 60 tiendas Oxxo, la quema de más de 600 vehículos automotores y el asesinato de docenas de civiles indefensos. ¿Dónde estaba la autoridad ante el mapa del crimen y el horror? ¿No diseñó ni previó el ejército ni la GN una estrategia de contención y de combate, para reducir a su mínima expresión los daños a la sociedad y a su patrimonio? Esto no es solamente grave: es gravísimo.

Dentro de la jornada violenta, 53 bancos del bienestar fueron reducidos a cenizas en más de 5 entidades del país, sin que se sepa de ninguna aprehensión importante por parte de la FGR o del gobierno federal.

Cuando la realidad impone su elocuencia y las estadísticas hablan, no hay lugar para mentiras piadosas, reflexiones insulsas ni para el comodino refugio verbal de “los otros datos”.

México, que ha sido puesto a merced de grupos y bandas criminales durante siete años, no estuvo protegido por el poder el día en que Oseguera Cervantes fue abatido. ¿Quién pagará o indemnizará a los mexicanos los cuantiosos daños producidos a su tranquilidad y patrimonio por la delincuencia organizada? Sería muy recomendable que el patriotismo de Estado, inducido hoy desde el poder con marketing, además de expresarse en fintas propagandísticas, volviera su vista a las víctimas inocentes de estos hechos criminales.

Es inexplicable que un gobierno que abandona a las víctimas de la delincuencia, de pronto pretenda inflamar con propaganda un fervor patrio que no vive su mejor momento, o que salga con el cuento de una popularidad presidencial que no resistiría el cotejo de la ciencia ni de la realidad.

Los cuentos son buenos a la hora de escribirlos y de disfrutar de su lectura, pero son voces de una energía delirante cuando se vuelven el centro de un estilo de gobernar.

En México es urgente que ciudadanía y gobierno busquen una estrategia de reconexión con la realidad, para que el país vuelva a ser viable y conquiste el derecho a un pedazo de futuro.


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Escribió Juan Rulfo en El Llano en llamas: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos”.

leglezquin@yahoo.com

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