La estrategia de control de daños y la de comunicación de la señora Sheinbaum sobre el rancho Izaguirre, allá en Jalisco, es buena, pero podría ser mejor e incluso óptima.
Hay que partir de dos hechos básicos, tan evidentes como la hora sombría que vivimos y de suyo irrebatibles, si se quiere comunicar y convencer.
La titular del Ejecutivo le habla a un país plural integrado por poco más de 130 millones de mujeres y hombres, cuyas familias tienen o han tenido noticias sobre desaparecidos, desplazados y otras víctimas de la delincuencia.
Cuando habla, la presidenta no se dirige sólo al auditorio cautivo del morenismo y las redes sociales que alimenta con su información la oficina estratégica que tiene en Palacio Nacional, sino que maneja un discurso que busca el oído y la emoción del mayor número posible de mexicanos.
Sus asesores políticos y mediáticos se conducen con creencias y suposiciones; apuestan todo a que los hechos reales se olviden o se decanten en la opinión pública; les obsesiona distorsionar la realidad para ganar “la batalla de la percepción” y, por último, pretenden ignorar que todos nos movemos en el mapa dinámico de una sociedad informatizada.
En particular, cinco líneas de la comunicación gubernamental sobre el caso Teuchitlán necesitan ajustes de urgencia o una cirugía mayor.
Negar la existencia del rancho del horror en Jalisco, frente al cúmulo de pruebas y evidencias dadas a conocer por los colectivos y los medios de comunicación, e incluso negar las bestiales prácticas contra seres humanos que tuvieron lugar ahí, fue un recurso de párvulos en el mentir y en la comunicación política. Lo mejor habría sido ser consistentes con la verdad descubierta y denunciada y aceptar los hechos, dando al discurso el sesgo de un humanismo mexicano genuino y verdadero.
Culpar al pasado, en forma genérica, demonizando a sus actores y exagerando su responsabilidad por el México que hoy tenemos, no deja de ser un lineamiento de comunicación hábil y rentable en un pueblo como el nuestro. Sin embargo, ese recurso tan socorrido ya exhibe su desgaste y ya no convence ni a los propios seguidores de la narrativa oficial. En lugar de eso, la mandataria debió ser empática y solidarizarse con las víctimas de la delincuencia, invitar a un encuentro nacional de activistas y madres buscadoras en el Zócalo y colocar la institución presidencial a la cabeza de quienes piden justicia por sus muertos, sus desaparecidos, sus desplazados.
Tratar de ocultar, con propaganda y manipulación estadística, las cifras y dimensiones de la tragedia humanitaria que López Obrador le heredó al gobierno actual, y con un manotazo pedir que ya “se deje en paz” al responsable del México ensangrentado en el que vivimos, son recursos de un esquema de comunicación poco inteligente, que sólo comunica pasmo e insensibilidad gubernamental frente a la tragedia. La señora Sheinbaum olvida que la alternativa natural de un político es sufrir el dolor y llorar el llanto de su pueblo, lo cual, en este caso, hasta podría servirle para desmarcarse de la sombra de Palacio y darle un sello propio a su gobierno.
Endilgar una campaña “de golpeteo” a la oposición y descalificar a los medios, los activistas y las madres buscadoras como personajes de “carroña” del drama nacional, además de que es contradictorio y poco ético, exhibe un ejercicio de poder incapacitado para el diálogo y el argumento, poco flexible y accesible para las razones y posturas ajenas y lejos, muy lejos de la suerte amarga de las víctimas del crimen organizado. En lugar de ello, la señora Sheinbaum y el señor Getz Manero debieron abrir una etapa de acompañamiento y de trabajo común con la sociedad, hasta que no quede ni una fosa clandestina por abrir ni un muerto anónimo por identificar y clasificar a nivel forense.
La señora Sheinbaum podría, y quizás debería, aprovechar el dolor y la incertidumbre nacional de hoy para sacudirse pactos del pasado, tomar el timón presidencial en sus manos, despedir a la política que hoy es y estrenarse como la estadista de época que puede y debe ser.
Hay elementos suficientes, en calidad y cantidad, para considerar a López Obrador como el peor presidente que ha tenido México: la memoria y la huella de las víctimas da testimonio de ello.
Para no ser ninguneada en pláticas de sobremesa de la 4T ni ser rebasada por la realidad nacional, la señora Sheinbaum necesita dos cosas: un deslinde y un golpe de timón frente al pasado inmediato.
Pisapapeles
Así como Ayotzinapa marcó la caída y el derrumbe del sexenio de Peña Nieto, Teuchitlán podría prefigurar la caída y el derrumbe del segundo gobierno de la 4T.
leglezquin@yahoo.com