Hoy, cuando a México lo azotan las peores plagas de Morena, de la política partidista y el poder público, esas que AMLO y la 4T juraron desterrar para siempre y a las que más bien consolidaron y fortalecieron, volviéndose referentes del “cochinero” actual, nuestro país comienza a ser visto en el exterior como estigma de lo malo y lo peor, o como la «oveja negra» de las democracias latinoamericanas.
En días recientes, la conservadora francesa Marine Le Pen, al lanzar su campaña presidencial en busca de suceder a Emmanuel Macron en el Palacio del Elíseo, utilizó en su discurso un concepto disruptivo: el término «mexicanización» no como sinónimo de lo bueno, lo correcto y virtuoso, sino como ejemplo de lo malo y lo peor, refiriéndose así a los pactos inconfesables entre políticos de la “ola guinda” y los carteles delincuenciales, que han terminado por apoderarse de los poros, la piel y los centros de mando del poder político y económico en México.
Al emplear ese término, descriptivo de una desgracia nacional que ya suma ocho años, la señora Le Pen no es culpable de las decisiones equivocadas que han tomado los mexicanos en lo electoral, como tampoco lo es de la torcida realidad nacional en la que han desembocado esas decisiones.
El término «mexicanización» como referente de lo feo, lo malo, lo inadmisible o grotesco, o las cuatro cosas a la vez, es el equivalente lingüístico actual de lo que en los ochenta se llamó “africanización” y lo que en los noventa fue conocido como proceso de “colombianización” en marcha: en el primer caso, “africanizar” a un país era llevarlo al atraso y a la cavernicolización a través de glorificar los indicadores de un subdesarrollo estructural: peor que África no se podía estar; en el segundo caso, “colombianizar” a un país era llevarlo por la senda de lo peor, y lo peor era tener en el centro de la vida pública a una narcocracia cleptómana (una rufianería institucionalizada) y en la vida social a un pueblo abaratando su dignidad por muy poco: por las dádivas “piadosas” del crimen organizado y los “muy humanistas” padrones clientelares del gobierno marrón.
La señora Le Pen fue directa y al grano al señalar: “No permitiremos que Francia se deslice hacia un proceso de «mexicanización» en marcha”, que implica el anidamiento y chiqueo de los capos en el gobierno y su cohabitación con el poder político.
Pese a su finura, su poesía y profundidad, pues la francesa es la más melódica y filosófica de las lenguas romances, esa condición no le prohíbe tener referencias y palabras para la estulticia de los políticos ni le impide nombrar los fétidos azolves del drenaje público.
Por efecto de contagio, el concepto de «mexicanización» para describir un proceso de descomposición nacional y ponerlo como ejemplo de lo que no debe suceder ni en el nuestro ni en otros países, ya comenzó a usarse también en Italia, en España y Europa.
La candidata presidencial de Francia, al hablar de carteles criminales, de descomposición política y de terrorismo delincuencial en México, aseguró a sus oyentes que Francia no debería asemejarse ni parecerse a México, en ningún sentido posible ni metafórico.
El término «mexicanización», en Europa y otros países, ha cobrado una connotación particularmente negativa y se ha vuelto referente de lo deleznable, lo podrido, lo tranza, lo cínico y que invita a la náusea: es decir, sinónimo de lo vomitable.
El concepto de lo mexicano y el término «mexicanización», a partir del sólido y destacado ejemplo maloliente y nauseabundo de los Guadalupe Frauddei, los juniors del bienestar, los Noroña, los Adán Augusto, los Rocha Moya, los Américo Villarreal, los Marina del Pilar, los Monreal, los Cuauhtémoc Blanco, los Arturo Ávila, los Mario Delgado y demás caterva de rufianes, ya es como una lepra o una peste bubónica para el mundo civilizado.
Aunque claro, México, para otros, es un chiste que se cuenta solo.
México, lo digo con dolor propio y pena ajena, es una especie de metáfora deslumbrante de la cueva de Alí Baba, con la agravante de que aquí no se trata de la leyenda del forajido y sus 40 ladrones, sino del forajido y sus 40 ladrones pero al cuadrado.
Solamente cuando México ya no sea México y comience a ser un garabato populista irreconocible, cobraremos plena conciencia de lo que perdimos.
Pisapapeles
Escribió Hannah Arendt: “El peligro no comienza cuando un político miente. Comienza cuando millones le creen”.
