8 enero, 2026

Un dictador menos

Por Leopoldo González

Venezuela torció el rumbo el 6 de diciembre de 1998, cuando llegó al poder Hugo Chávez Frías presentándose como un cordero inofensivo, enarbolando un discurso nacionalista y la reivindicación del pobre.

En ese momento, el país no sabía que estaba traicionando su historia, el bolivarismo de Bolívar, las semillas de libertad de su pasado y el espíritu más fiel de la democracia, para entregar el poder a un militar carismático y hablantín, a quien los venezolanos veían como el mismísimo rostro de la salvación nacional.

Los venezolanos, en aquel tiempo, no sabían muchas cosas que ahora ya saben, entre otras, que el populismo es un engaño que consuma las peores fechorías en el santo nombre del pueblo.

En el séptimo año del chavismo, porque el tipo se siguió de frente en la silla del poder, la patria de Bolívar ya era una dictadura populista bien consolidada, sin división de poderes, sin poder judicial autónomo, sin más ley que la del caudillismo de Miraflores, sin contrapesos de ninguna índole ni instituciones democráticas.

Un día el dictador enfermó de cáncer, un cáncer que no pudieron vencer los brillantes oncólogos venezolanos (los “doctores pastillita”) ni los geniales cancerólogos cubanos que en nombre de Bolívar hacían funciones de pitonisos de la política. Entonces, entró en escena el aparato de propaganda de la dictadura, para vender a la masa una versión a modo: el cáncer que les arrebató al bien amado líder no era de la taxonomía de las enfermedades, sino que traía la manufactura malvada del imperio y era un producto imperial: por tanto, había que odiar al Tío Sam con un odio de campeonato.

En el corazón de una mentira global vive la nodriza que crea la genealogía de las mentiras medianas y menores: esto es el populismo.

Muerto Hugo Chávez, por dedazo sagrado del héroe póstumo de la “revolución bolivariana” le sucedió en el cargo alguien muy voluntarioso, cuyas escasas luces y aptitudes siempre supo compensar con astucia y maldad: Nicolás Maduro Moros.

En política, hay algo que parece inteligencia y culteranismo pero no lo es, pues se suele creer que quien llega lejos o escala cierta altura es porque es culto o muy inteligente. Lo peor que le suele ocurrir a la inteligencia, en política, es que la confundan con facilidad para la marrullería, con instinto para la astucia y prestancia para la maldad. No se puede, ni se debe, confundir el modesto departamento de la inteligencia con el gran vecindario de las pasiones menores y vulgares.

Donald Trump no es emblema del supremacismo anglosajón, ni encarnación del Jinete de San Urbano, ni expresión de un espíritu imperial blanco como el armiño. Y ciertamente, salvar y devolver la libertad y la democracia a un pueblo, es algo más que capturar y enjuiciar al energúmeno que lo reprimió y torturó.

Por su parte, los profesionales del antiyanquismo en México, ciegos a los grandes peligros que oculta en su doblez el espíritu dictatorial o autoritario, tampoco son la más pura expresión del humanismo franciscano. Siempre hay que saber en qué nivel de generalización teórica se está uno moviendo, para no vivir a ciegas o en el error.

Nicolás Maduro, tras la muerte de Hugo Chávez, hizo del llamado “socialismo del siglo XXI” un narcopopulismo y de Miraflores el búnker de una oligarquía criminal. Dejemos hablar a los hechos, que sólo van a ser conocidos en virtud de la captura y detención del dictador por EU.

El secretario de Relaciones Exteriores de Chávez, Nicolás Maduro, un tipo sin nociones de geopolítica y diplomacia, facilitó pasaportes y gestionó visas a los grandes capos de la droga en Venezuela y México, además de usar la embajada de su país aquí para los trafiques y negocios criminales de que tenía conocimiento López Obrador. Hay que estar atentos: el salpicadero que venga de las Cortes de Brooklyn va a exhibir el rostro sucio de muchos en México.

Dos estrategias, la de una invasión hormiga con flujos migratorios y la de inundar con droga a Estados Unidos para desestabilizarlo y desquiciarlo, activadas desde el Foro de Sao Paulo, quizás revelen, en los alegatos de Brooklyn, la magnitud del daño silencioso que los populismos han pretendido infligir a la sociedad norteamericana.

La triangulación de precursores químicos entre China, Venezuela y México para fabricar fentanilo, metanfetaminas y drogas sintéticas, es un capítulo que será ampliamente conocido a partir de los litigios en Brooklyn.

Maduro no sólo fue el principal financiador de la izquierda populista latinoamericana, desde 2013, sino un gran socio criminal para Cuba y México.

La señora Sheinbaum está gestionando, ahora mismo, un crédito externo por 9 mil millones de dólares con acreedores internacionales, porque las finanzas públicas del país están quebradas. Pregunta, ¿acaso no sería mejor cobrarle a Cuba los tres billones de dólares que le adeuda a México, por el petróleo más reciente que PEMEX entregó en cuatro meses a la dictadura cubana?


Pisapapeles

Ha dicho Trump que en su lista negra están Cuba, Colombia y México. Yo no soy nadie para negarlo.

leglezquin@yahoo.com

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