6 febrero, 2026

Un frente por México

Por Leopoldo González

El día de ayer apareció, primero en el diario El Universal y después en un tobogán de redes y medios de comunicación de todo el país, un Manifiesto ciudadano que rechaza una regresión autoritaria y plantea la necesidad de reimplantar la democracia en México.

Soy uno de los firmantes del Manifiesto y creo que los principios, las reivindicaciones y las metas que se plantea son secundables, pues se propone evitar que se ahonde y consolide el bache de autoritarismo en que cayó el país con la 4T y, al mismo tiempo, pasar a un renacimiento democrático que reconquiste las libertades y los derechos que el populismo de la peor ralea ha sepultado o intenta socavar en México.

Todos sabemos, con el instinto de un despertar crítico, que la 4T engañó a millones de ciudadanos y ha sido un engaño en todos los sentidos para el país, porque en el rollo ofreció una mejoría integral de todo lo que atañe a la nación y en los hechos vivimos un franco deterioro o un empeoramiento.

Todos sabemos, también, que México hace unos años necesitaba un cambio verdadero y progresivo: una real fuga hacia adelante, no un cambio regresivo y autoritario.

Hay señales en el horizonte, y son muy claras: el fracaso de los populismos y del castro-populismo de izquierda está reavivando el regreso de los pueblos a la experiencia de la democracia liberal.

Ahora bien, mientras algunas naciones del hemisferio abandonan o están a punto de dejar atrás sus sistemas populistas o dictatoriales, como son los casos de Venezuela, Cuba y Nicaragüa, México es un recién llegado a la orgía populista y totalitaria de las Américas. Soy un convencido de que la tontología de los pueblos no es un activo democrático.

La 4T en el poder ha cometido los peores excesos y tropelías que recuerde la historia de México. Lo peor es que parece haber perdido la conciencia del decoro y la vergüenza, y va por más.

Tal como ha hecho con iniciativas y dictámenes como la supresión de organismos autónomos, la política energética, la chatarrización de la diplomacia, la reforma judicial, la sobrerrepresentación legislativa, la elección judicial y otras, hoy el gobierno quiere imponer desde las cámaras a todo el país una reforma electoral que da más poder al poder, inhibe y boicotea a las minorías y contradice los equilibrios naturales en una democracia.

Si una reforma electoral se plantea como una camisa de fuerza para asegurar el poder en manos de una misma mayoría artificial, y lo que se propone en la norma es obligar a que las minorías sociales y políticas no crezcan, no tengan movilidad progresiva ni puedan acceder al poder, entonces no es una reforma electoral sino un asalto al pasado en nombre del futuro. 

Si una reforma electoral, como la que cocina el poder, no prevé ni garantiza igualdad de condiciones en la participación ciudadana y en la representación política, no es una reforma electoral constitucional ni democrática.

Si una reforma electoral pretende una norma electoral al servicio del poder, órganos electorales igualmente subordinados al poder, un conteo de votos en el que triunfe el poder y un sistema de validación electoral que sirva al poder, entonces lo que esa reforma busca es un imposible: una democracia sin sociedad, sin disonancias, sin críticos y sin demócratas.

¡El horror de la distopía se da entre los iguales: quienes decretan un cielo sólo para sí mismos; una ración de mundo donde no cabe nadie más; un país a su antojo y medida; un poder siempre en sus manos… y a los cuales les provocan salpullido o urticaria los diferentes!

Si una reforma electoral quiere meter a un país dentro de un partido, al estilo de la China de Mao o la Cuba del paranoico Castro, esa reforma no homenajea una pluralidad viva sino una uniformidad muerta.

No deja de ser curioso, e incluso digno de examen psicológico, el concepto retorcido y extralógico que cierta militancia de “izquierda” tiene sobre la democracia. Por otra parte, esto de decirse demócrata sin serlo, es uno de los mercantilismos más necios y groseros de la política en el siglo XXI.

La señora Sheinbaum reiteró, hace unas horas, que el oficialismo tendría lista una iniciativa de reforma electoral antes de que termine febrero de 2026.

Los vientos que surcan el cielo de la República, fragorosos y agitados, hacen pensar que una reforma electoral al gusto del cuatroteismo mexicano no es conveniente ni va a prosperar.


Pisapapeles

La magia de la fuerza del Frente Amplio Democrático (FAD) es que agrupa a muchas fuerzas, pero una en especial: todo lo que no es Morena ni la 4T es el FAD.

leglezquin@yahoo.com

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