14 marzo, 2026

La Condesa de Miravalle

Estampas michoacanas
La Condesa de Miravalle

Por Leopoldo González

La Tercera Condesa de Miravalle, que a ratos parece una figura troquelada por la novela de ficción y la leyenda, fue una mujer que en verdad existió: fue de carne y hueso y fue real.

El libro que recién publicó Josep Zalez Zalez, La Condesa de Miravalle -Historia y leyenda, no deja lugar a dudas: la Condesa nació en la antigua CDMX en 1701, a principios del siglo XVIII, y en su acta de bautismo aparece con el nombre de María Magdalena Agripina Catalina Dávalos de Bracamontes y Orozco de Trabuesto, como integrante de una de las familias más ricas, poderosas y de mayor linaje del Virreinato.

Tiene mucho mérito la biografía novelada que publica el escritor Josep Zalez Zalez, pues rescata y recrea a un personaje femenino muy singular, de rasgos fuertes y de talante excepcional escondido en las grutas de la historia, pues al narrar los filosos contrastes de la vida de la Condesa abre claves para entender ciertos pliegues ocultos de la vida en la Nueva España.

La novela comienza con un diálogo en penumbras entre dos hombres, en el Mesón de las Ánimas, la única taberna del pueblo michoacano de Tuxpan hacia fines del siglo XVII, y su vertiginoso desarrollo serpentea las cinco ilustraciones y los veinticinco capítulos que la integran, hasta llegar al último que contiene el fatal desenlace: la confesión arrepentida de Fray Tomás, el fraile franciscano que poseyó y amó con locura a la Condesa, y que por ambición de poseer sus bienes, sus tierras y riquezas la mató.

Atormentado por haber traicionado los votos de la orden franciscana y su vocación sacerdotal, y arrepentido de haber dado muerte a la Condesa, lo que probablemente ocurrió en uno de los pasadizos secretos del templo de Santiago Tuxpan, esa noche, tras terminar el diálogo en penumbras en el Mesón de las Ánimas, Fray Tomás puso una porción de veneno en el vaso del que bebía aguardiente, para apaciguar o silenciar los demonios interiores, los demonios de la culpa y el remordimiento que lo perseguían, y acabó con su vida.    

La Condesa fue una de las figuras más respetadas de su tiempo, y quizás la más controvertida por su comportamiento poco convencional en el reino y territorio de la Nueva Galicia, que en aquella época abarcaba casi todo el pacífico mexicano, entre los estados de Nayarit y Michoacán.

En las 636 páginas de la novela no asistimos a la descripción literaria de una mujer, sino al fascinante retrato hablado de un portento de mujer: de un mujerón y, si alargamos un poco el superlativo, de un mujerononooon, que merece y con creces el homenaje de la posteridad y la justicia poética de nuestra memoria.

La Tercera Condesa de Miravalle es una confederación de mujeres, en la que destacan la mujer de mundo y de mando, la aficionada a las buenas lecturas, la astuta y la de armas tomar que, a tan sólo un hilo de distancia, convive también con la mujer divina, amorosa y tierna que dio al mundo seis críos, entre mujeres y varones.

Esta mujer, que en algunos trechos parece “una fuerza telúrica de la naturaleza”, heredó miles de hectáreas de tierras agrícolas entre Tepic y más allá de Compostela, en la zona cañera y cafetalera de Nayarit; en Jungapeo y Tuxpan, Michoacán, en una coordenada geográfica de aguas termales, tierras aptas para la agricultura y la ganadería y el cultivo de una gran variedad de flores; y en el histórico y tradicional barrio de la Condesa, en la CDMX, que precisamente lleva ese nombre en honor de María Magdalena Agripina Catalina Dávalos de Bracamontes y Orozco de Trabuesto, la “Tercera Condesa de Miravalle”.

Debemos a Josep Zalez, con la reciente publicación de esta obra narrativa, un virtuoso rescate de lo que la novela biográfica puede decirle a Michoacán y a nuestra época, después del remoto antecedente que ha sido en su género La vida inútil de Pito Pérez.

La dulzura y el amor con que Josep Zalez Zalez ha rescatado las tertulias, las andanzas, los amoríos y la sed de aventura de la Tercera Condesa de Miravalle, nos hacen pensar en una gran mujer de mundo a la que le quedó chica la pequeña ración de mundo de su vida e historia.

Hoy, necesitamos mujeres como ella para dotar de uñas y dientes la poesía que se crea y se publica entre nosotros. Y también, personajes de novela como ella, para volver al realismo crudo, directo y espinoso que tuvo la literatura mexicana en otro tiempo.

Los restos de la Condesa de Miravalle descansan casi en una gruta, muy cerca de donde Fray Tomás habría segado su vida, en un desnivel-cementerio del templo de Santiago Tuxpan, en la zona oriente de Michoacán.

Lo que vivió ayer y es hoy costura y memoria de los vivos, de muchas maneras forma parte del color, la textura y el acento cultural de nuestro presente. 

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