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25 junio, 2026

Sobre el fanatismo

Mucho se ha escrito sobre el hecho de que el fanatismo, en cualquiera de sus formas, es fruto del desconocimiento y la ignorancia.

Pero poco se ha dicho y escrito sobre el hecho de que el fanatismo es, también, fruto de la pereza mental y la comodidad.

El fanatismo se asienta en la base de un cuerpo de creencias dogmáticas, para las cuales lo importante es creer ciegamente en algo o en alguien, más que en desarrollar y enfrentarse a los claroscuros del mundo con las faenas pensamiento.

A diferencia del modo de funcionar del fanatismo, al que le basta una visión unifocal cerrada sobre sí misma, el pensamiento racional es crítico y funciona sobre bases de libertad; tiene ideas y no creencias y su campo de realización radica en someter a examen todo lo que rodea la vida del hombre.

Si el fanatismo, de acuerdo con la RAE en línea, es “Apasionamiento exagerado, ciego y desmedido por una idea, creencia o persona”, su objetivo es “imponer una verdad única eliminando cualquier crítica”.

En los años en que Ortega y Gasset estableció la distinción básica entre ideas y creencias, señalando que “las ideas se tienen” y “en las creencias se está”, Hannah Arendt huyó del fanatismo alemán y comenzó a dedicar su vida a comprender cómo es que sociedades civilizadas pueden deslizarse hacia pesadillas totalitarias.

Hannah Arendt, mientras escribía “Los orígenes del totalitarismo”, registró un hallazgo e hizo una advertencia clara y fatal para nuestro tiempo: “Los sistemas totalitarios no triunfan porque convenzan a todos de su ideología, triunfan cuando destruyen la capacidad de las personas para pensar”.

México vive uno de esos procesos de fanatización en marcha, en el que el fanatismo chairo se solaza en creer lo que no es real, en aplaudir lo que no existe o ha sido desvirtuado y en adorar figuras que no resisten el análisis más elemental, porque sus integrantes han dejado morir en su interior la capacidad de razonar y de pensar.

Cuando se hace de la consigna retórica “No mentir, no robar y no traicionar” un Padre Nuestro profano o una verdad casi teológica, sin detenerse a pensar y a comprobar que ahí comienza el rascacielos de mentiras y el rosario de estafas de la 4t, estamos ante un grave caso de fanatismo extremo. Si algo sabe hacer la oligarquía morenista, en grado de campeonato, es lo que dice que no se debe hacer.

De la mano del fanatismo, en este caso ideológico y político, se puede llegar a perder de vista lo que es falso y verdadero y a no distinguir el bien del mal. De este tamaño es la enajenación tóxica del atole del “bienestar”: no saber separar la ficción de la realidad, o incluso confundirlas.

Para el fanático, incapaz de operar en su interior una comprensión profunda de las cosas, todas las narrativas que no coinciden con la suya son falsas o traidoras, porque está adiestrado para dos cosas: para hacer de su creencia el parámetro de su absolutismo mental y para demonizar al diferente.

El fanatismo, pues, son cuatro gajos que forman un entero: un gajo está hecho de ignorancia, otro de dogmatismo ciego, uno más de necedad y el último de violencia radical. Los cuatro son el huevo de la serpiente de la polarización.

La madre nutricia y la fuente de proteínas del totalitarismo es el fanatismo, caldo de cultivo esencial de las farsas sangrientas que conoce la historia.

Si habla de historia, de economía o de inseguridad, ha de prevalecer el punto de vista frágil y quebradizo del fanático, porque de lo contrario su carga demencial puede hacer que arda Troya.

El fanático rompe la ecuación del poeta Ramón de Campoamor. Decía Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Al fanático no le importa la verdad objetiva de las cosas, sino sólo el triunfo de su fanatismo.

Quizás la frase que mejor define el fanatismo se la debemos a Octavio Paz, quien en el siglo XX le propinó una revolcada lo mismo al fanatismo fascista que al fanatismo de izquierda: “La peor ceguera no es la física sino la mental”.

El fanatismo hace mucho daño, porque es capaz de trastocar a un verdugo en Dios o Mesías. Por esto, la certera frase de Elena Madrigal Alonso, de la Universidad de Compostela, es aplicable a nuestra situación: “No puede existir un pueblo más vil que aquel que defiende a sus opresores”.

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El fanatismo ha sido uno de los principales problemas históricos, y el ojo ciego, del populismo de izquierda. La hora actual no es la excepción.

leglezquin@yahoo.com