La vida de empresa y la vida empresarial, que diariamente sortean retos y resuelven problemas para dar viabilidad y fortaleza a su proyecto, son el pulmón que genera riqueza y hace andar la economía.
En la comunidad de vida y de personas que es la empresa, la sinergia que hacen el trabajador y el patrón produce bienes y servicios que mejoran la economía familiar y elevan su aportación al Producto Interno Bruto (PIB) del país.
La empresa y su productividad están ligadas a la economía y la política de dos formas: en lo económico, la productividad y la riqueza de la empresa son la fuerza de un país, por el número de empleos que generan, la riqueza que distribuyen y los altos impuestos que pagan; en lo político, el bienestar que genera la empresa se traduce en estabilidad y confianza social.
Así, la empresa y el empresario son la palanca de impulso de la productividad y del desarrollo del país, porque articulan el músculo social y hacen lo que el gobierno no puede y no sabe hacer. La empresa y el empresariado son, pues, el engrane de la economía y el pulmón de las finanzas públicas de México.
Sin embargo, hay momentos de riesgo y peligro en la historia de las naciones, México incluido, en los que el empresariado cae en las trampas del demagogo y deja de ver el interés nacional como parte vital de su propio interés.
En Cuba, tras la revolución cubana de julio del 59, una clase empresarial mezquina y encandilada por el lenguaje falso de Fidel Castro, el tirano que venía, abandonó al pueblo a su suerte y se coludió con rufianes y criminales, sólo en aras de salvar su bolsillo y su chequera. Hoy, todos sabemos quienes tomaron el lado equivocado de la historia en la isla.
En Venezuela, entre 1998 y 1999, con el asalto al poder del chavismo, ocurrió algo similar. A la defección política de la COPEI y de Rafael Caldera se sumó la claudicación de los empresarios más importantes del país, quienes sin mayores escrúpulos y privilegiando el ego del bolsillo y la chequera, sencillamente claudicaron a su responsabilidad y dejaron el país en las peores manos, como a todos nos consta.
El caso de Nicaragüa no es menos escandaloso e ilustrativo de la presencia de una clase empresarial individualista, egocéntrica, medrosa y culpable.
El sátrapa y paranoico Daniel Ortega acaba de decidir, apenas ayer, importándole un comino el atropello a los derechos políticos y la violación a los derechos humanos de los nicaragüenses, que la oposición y los ciudadanos “se olviden, aquí no volverá a haber elecciones, para evitar que la oposición llegue al poder”. Es decir que el dictador está y se siente tan solo y desamparado, en la estrecha burbuja de su soledad culposa, que apenas cuenta con el apoyo de la brujería de su mujer, Rosario Murillo.
No obstante, ni siquiera la declaración de que ha sido liquidada, por voluntad dictatorial, la democracia electoral en Nicaragüa, ni esto parece encender las alertas en un empresariado marro y tacaño, que ve cómo cae su país y no se atreve a deshacerse de un peso para auxiliar a las causas que podrían salvarlo.
En México, los Monreal, que ya sabemos que cojean de pactos criminales y una deriva autoritaria, impusieron al país una reforma electoral antijurídica y anticonstitucional, para anular elecciones por la mera presunción de “injerencia extranjera”. Lo que se busca, en realidad, con una interpretación torcida de la ley, es anular las elecciones que no gane Morena, para arrebatárselas al adversario.
En Michoacán, un elenco de personajes oscuros movidos por una malsana y enfermiza ambición de poder, que se saben débiles aún cuando fingen lo contrario, impusieron al Congreso la aprobación de una Ley-antiSombrero para dificultar y cerrarle el paso a las candidaturas ciudadanas e independientes. Aunque la intentona autoritaria no les va a funcionar, pues hay un creciente despertar anti-Morena en Michoacán y el país, es claro que a este grupo de personajes les hubiera encantado ir más allá, prohibiendo para 2027 cualquier candidatura que no sea guinda.
Los empresarios tienen mucha responsabilidad en la tarea de impedir que México sea hecho pedazos y se vaya al precipicio. Asimismo, tienen una obligación ética con el país que los hizo ser lo que son y tener lo que tienen, y se resume en una palabra: patriotismo. Ojalá lo entiendan y actúen con la estatura y la altura de miras que el momento actual reclama.
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Escribió Dante Alighieri: “El más oscuro rincón del Infierno está reservado para aquellos que conservan su neutralidad en tiempos de crisis moral”.
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