Los ojos y la mirada son importantes porque sin ellos caminaríamos a ciegas. Y lo peor no es caminar a ciegas porque se es ciego: lo peor es caminar a ciegas teniendo ojos para ver.
Una ciudad es muchas cosas: su historia y arquitectura, sus personajes heroicos y su poesía, su flora y su fauna. Pero es, sobre todo, los ojos de quienes tatúan su cuerpo y la llevan en las pestañas como un latido en el corazón.
Morelia es así: historia grande y poesía de piedra rosada en el vendaval de los siglos, para dar marco y resonancia a lo que se puede ver y sentir con el pulso del corazón.
Cuando el francés Georges Bataille escribió “Historia del ojo”, en clave de literatura erótica, jamás pensó que una ciudad tiene lo mejor de su atractivo -si pensamos en Morelia- en sus párpados rosados.
Si para Aldous Huxley, en “El arte de ver”, donde expone ciertas ideas sobre el alivio de la visión a través del naturismo, el ojo es “un órgano de luz”, quiere esto decir que la función fisiológica de ver es vital para no vivir a oscuras.
Una ciudad se puede ver casi con cualquier órgano del cuerpo: con el subconsciente si nos asomamos a su pasado, con la lengua y la fonética si la vemos en tiempo presente, con el idealismo del corazón si vislumbramos la traza de su futuro.
Si la vemos bien, Morelia es una de las ciudades mejor dotadas y más completas de Latinoamérica, desde su fundación hasta nuestros días.
¿Qué significa que Morelia sea una ciudad media, y una de las mejor dotadas y más completas de América Latina? Quiere decir muchas cosas: significa que la sustenta una de las historias más excepcionales, pues es cuna ideológica de la independencia nacional; tiene tres vetas indígenas: la pirinda, la matlazinca y la chichimeca; su cultura histórica y actual, por la que han pasado María Zambrano, Mariane Storm, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Juan David García Vaca, Rómulo Gallegos y Porfirio Barba Jacob, hacen de Morelia un crisol de la sensibilidad y el pensamiento mexicano; es la tierra de Miguel Bernal Jiménez, uno de los mejores compositores de música clásica y de concierto, y de Chucho Monge; tiene escuelas y talleres de artes plásticas, y además pintores que le han dado renombre nacional e internacional; la historia y las artes han hecho de Morelia una “joya tarasca y castiza”, como recordó en una de sus interpretaciones Felipe Arriaga.
Ahora bien, una ciudad con pasado pero que no cuida su presente y su futuro, puede terminar siendo víctima del encono partidista y de los demonios de la ideología.
Por eso, porque en su memoria y en sus muros está escrita la historia de la ciudad, Morelia debe cuidar su futuro con el mismo celo que ha cuidado su pasado.
Si Morelos es, según Amado Nervo, “único héroe a la altura del arte”, conviene que Morelia siga estando a la altura de sus sueños: para eso, ocupa una grandeza histórica distinta.
Nunca se insistirá lo suficiente en el hecho de que una ciudad es la suma de los propósitos y los sueños de sus ciudadanos, más que el muégano de los intereses de sus cúpulas y oligarquías. Es la gente el alma de una ciudad, no sus líneas o custodias de mando.
Hay dos maneras de mirar a una ciudad: si se la ve desde arriba la mirada es vertical y descomprometida; si se la ve desde abajo, la mirada es sintiente y horizontal y lleva a la ciudad en el iris del ojo.
Que Morelia no abra su alma ni entregue sus llaves a los mismos de siempre, a los que le han fallado, debería ser una divisa en la frente de los morelianos. Que Morelia no se conforme con lo que ha tenido en los puestos públicos, sino que dé forma a una aspiración que traiga la esencia, los sudores y el resuello de la calle, sería apostar a un cambio de rumbo.
Ojalá Morelia deje de ser la ciudad de un puñado de apellidos, para que comience a ser la ciudad que merecen todos los morelianos.
Pisapapeles
Escribió Octavio Paz: “La peor ceguera no es la física sino la mental”.
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