El mes de septiembre es el mes de la patria, porque el Grito de Dolores simboliza las primeras semillas del país que venía.
El pasado de México incluye lo que éramos antes de ser una nación, pero también lo que somos desde 1821 y lo que queremos ser de aquí en adelante.
México es lo que hicieron de él los héroes y las heroínas de la gesta de Independencia, pero es también la herencia de la Reforma y el legado de la Revolución. México no es uno sólo, porque el mexicanismo no es un enfoque ni un temple unívoco, ni cabe en un reductivismo. México es muchos Méxicos porque es un caleidoscopio de localismos y regionalismos más que el tono dominante de un centralismo.
Así pues, jugársela por México implica más que una matraca o una blusa artesanal, más que una retórica de jilgueros echando falsas loas a la soberanía y más que una pose de fingida mexicanidad: jugársela por México es, a secas, jugársela por México y no por otros países.
Jugársela por México no es simplemente la labia de quien dice enredarse valientemente en la bandera, ni la de quien cree que mentarle la madre a los gringos en un tono alto es un verdadero patriota, ni la de aquel que hace de la fiesta y el folclor patrios un adorno exterior de su patriotismo. Eso, con todo respeto, es gusto por blofear y gusto por los adornos, pero no verdadero patriotismo.
Ernesto Renán escribió alguna vez: “Una nación es un proyecto a realizar”; si el héroe es un producto cultural de su tiempo, a Hidalgo y a Morelos debemos el que Morelia sea cuna ideológica de la Independencia.
El poeta jerezano Ramón López Velarde, en un artículo escrito en 1921, veía la realización de un patriotismo fecundo en el hecho de que los mexicanos tuviésemos “una Patria, no histórica ni política, sino íntima”, situada en el tiempo verdadero y profundo del yo.
Por tanto, quien crea que la patria es de dientes para afuera o un mero colguije de listones tricolores, debería repensar las coordenadas de su patriotismo.
Sin pretender dar clases de patriotismo a nadie, tengo y mantengo una posición de absoluto rechazo, y de fundada desconfianza, hacia los inventores de un patriotismo antipatriótico o despatriotizante, como el que ahora se estila en México.
Conozco el “rollo” del internacionalismo proletario, el de exportar la revolución y otras mafufadas semejantes, que nunca le funcionaron a la URSS, a China, a Cuba ni a Corea del Norte. Por eso afirmo que el patriotismo es propio del temple de cada país y no producto de exportación.
El patriotismo es la esencia histórica de cada país, con todo y su genealogía, su lengua, sus usos y costumbres y la enorme variedad de sus formas de asumir la identidad nacional. Por eso afirmo que no hay, ni puede haber, un patriotismo internacionalista ni transgénico.
Por eso no creo ni compro el cuento demagógico y tramposo, de que el partido gobernante y la 4t son profunda y auténticamente patrióticos.
No creo que sea un rasgo celestial del patriotismo mexicano apoyar a Honduras y a Nicaragüa con dólares, más que a México. Que los del patriotismo de allá se hagan cargo de su propio patriotismo.
No estimo que teniendo un PEMEX sobreendeudado y quebrado aquí, sea angelicalmente patriótico enviarle petrodólares e hidrocarburos a la Venezuela de Maduro, como ocurrió en años pasados, en lugar de apuntalar a PEMEX y al mercado interno. ¿Una 4t que sirve a narcodictaduras más que a su propio país? Así es.
Durante años, los inquilinos de Palenque y de Palacio vivieron una terrible elevación de su ritmo cardiaco, porque los bolivianos corrieron a Evo Morales y los peruanos evitaron el golpe de Estado que pretendió Pedro Castillo. ¿Y a qué hora -preguntamos- les dio urticaria o se les elevó la glucosa por los 233 mil desaparecidos en México? Tener desde aquí un patriotismo boliviano o peruano equivale a sudar calenturas ajenas, por decir lo menos.
En meses recientes, los ínclitos patriotas de Palacio Nacional armaron tamaño escándalo, porque Cuba -tras la embestida de Trump- se quedó sin petróleo, sin luz y sin alimentos. Al margen de que es intelectualmente útil preguntarse por la eficacia del socialismo, la señora Sheinbaum armó -¡eso sí, muy patrióticamente!- caravanas de “ayuda humanitaria” hacia la isla, olvidando que su asunto es cuidar y cultivar el patriotismo mexicano, no el cubano.
Por tanto, el patriotismo guinda es un patriotismo del ridículo y el desfiguro.
Pisapapeles
No cabe duda, el patriotismo antipatriota es otra de las grandes deshonestidades de la causa marrón.
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