Por Leopoldo González
Mentir es de mentirosos y falsarios: es decir, de quien al no respetarse a sí mismo tampoco es capaz de respetar a los demás.
La mentira es la herida moral por la que sangra el mundo. Y México no es la excepción: si el país vive envuelto en el abrazo impuro de la sangre, es porque hace años ató su destino al peso de la mentira como política de Estado.
El “No mentir…” del que tanto hace alarde la 4T, es la finta propagandística del que busca la soga en casa del ahorcado, porque si algo se sabe hacer en esa esquina del cuadrante ideológico en México es mentir.
No le conviene a Morena, a la 4T ni a sus gobiernos mentir con la frecuencia y la desfachatez con que lo hacen, entre otras razones, porque pierden muchos adeptos que antes creían en ellos y queda agrietada la imagen de limpieza y honorabilidad que pretenden vendernos.
Preocupa, especialmente en las últimas semanas, la enorme cantidad de ocasiones en que la señora Sheinbaum ha salido a la mañanera a mentir, o bien porque no le queda de otra para disimular tanta ineptitud en su gobierno o porque a sus asesores no les funciona la materia gris.
Mentir sobre los desaparecidos en México y rechazar la postura del Comité de Desaparecidos de la ONU por el jalón de orejas y las recomendaciones que emitió, cuando sabemos que cada día desaparecen en México más de 30 personas, que el Estado no dispone de una estructura ni de presupuesto para buscarlos, y que además se cometen con los mexicanos delitos de lesa humanidad, fue un punto y un intento fallido por ocultar la realidad.
Mentir sobre la mujer que tomó un balcón de Palacio Nacional para asolearse las piernas, como si se tratara de una playa particular, fue un desliz y una liviandad que el partido gobernante ha pagado caro en redes sociales y en la opinión pública.
Rechazar la verdad de que hubo un derrame de hidrocarburos en las costas de Veracruz, que ha afectado al propio Veracruz, a Tabasco y Tamaulipas, y cuya mancha se ha extendido y dañado la biodiversidad marina en 672 kilómetros, y luego afirmar que ya se arregló y limpió todo, ha sido -para decirlo en términos suaves- una imprudencia presidencial.
Asimismo, rechazar que el Tren Maya se hunde en el tramo cinco, y que sigue siendo un monumento a la corrupción zurda, es otra de las grandes mentiras del régimen.
La mentira no honra ni ennoblece a quien la emplea, ni en las relaciones interpersonales ni cuando se la usa en nombre de una causa social o política.
El culto de la mentira daña a los pueblos en dos formas: eleva la falsedad a una categoría que en estricto sentido no le pertenece y hace del desprecio flagrante de la verdad un tumor de la vida pública.
La mentira no habla bien de quien la emplea para conseguir fines torcidos o impuros, como la preservación del poder político y asegurar el control clientelar de un pueblo con fines perversos o malvados.
Quien emplea la mentira para triunfar en la vida, para conseguir éxito profesional o para asegurarse una rebanada o el pastel completo del poder, no sólo se descalifica a sí mismo desde el punto de vista bioético y moral, sino que queda expuesto ante los demás como un ser humano ruin, miserable y perverso que no merece seguidores ni imitadores de talla y nivel.
En relación con la mentira, sea ocasional o compulsiva, es menester recordar dos expresiones que en esencia son antípodas, cuya carga de verdad es rotunda y sorprendente.
La frase: “Es más fácil engañar a la gente, que convencerla de que ha sido engañada”, de Mark Twein, nos ilustra sobre la facilidad con que se le puede tender un cuatro a la gente y, al mismo tiempo, describe el ego que se resiste a admitir que ha sido burlado.
La otra expresión, en cierto modo clásica, que señala que “se puede engañar a algunos durante algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”, de Abraham Lincoln, lo que indica es que un poder o un imperio a los que sustenta la mentira o la estafa, tarde o temprano cae porque sus fundamentos son de lodo y la cohesión de su estructura no es de mármol.
Así de simple y, al mismo tiempo, así de complejo el asunto.
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Frederick Nietzsche, en gran filósofo alemán, hizo una pregunta urgente que le habla a nuestro tiempo: “¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre?”.
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