11 junio, 2026

Un mundial blindado

Por Leopoldo González

No cabe duda que el futbol es, entre todos los deportes, el medio más eficaz para la construcción de identidad y pertenencia en las sociedades que vienen del último grito de la modernidad a nuestros días.

Desde su invención en Inglaterra, con el nombre de balompié, el futbol nació como un deporte popular y de masas: la contienda en la que, en olor de multitud, dejamos de ser nosotros para comenzar a ser la respiración, el sudor, la alegría, el sueño y el llanto de los otros. El yo cede sus límites y difumina sus barricadas para crear el nosotros.

Así, en el futbol se comprueba que el vínculo más profundo entre las personas se da a través del contacto de las pasiones y las emociones, lo cual funda la fraternidad del instante.

En estos tiempos, tan recios o duros para una inmensa mayoría, el balón de futbol remplaza la intensidad y el protagonismo de la comunidad digital y nos vuelve parte de una comunidad a la que ya extrañábamos: la de carne y hueso, la sintiente y presencial.

Uno ha creído, a veces, que hay un relente de magia y de poesía en el futbol: la magia de convivir con el de al lado como si fuese un viejo conocido; la poesía de saber que la anónima compañía, así sea incidental y fugaz, rompe los muros de soledad que nos aíslan del otro y crea la poética de la casa y la causa común. En este sentido, Pelé es uno de los poetas más grandes de todos los tiempos.

Sí, aunque parezca osado, hay una poética del futbol que no tiene registro literario ni habla a través de las gargantas consagradas de la literatura, pero que se expresa en gambetas, en túneles, en chanfles y goles memorables en la literatura oral que es en sí mismo el futbol.

Lo que venimos diciendo es carta de creencia en Eduardo Galeano, pero también lo sabe muy bien Juan Villoro, estos dos escritores que han hecho del futbol su pasión más íntima y deslumbrante.

Llegar a pensar que el futbol es arte es un atrevimiento inadmisible de la imaginación, “la loca de la casa”; en cambio, pensar que en el futbol hay destellos de creatividad y arte, es completamente cuerdo y racional. Un jugador no es un artista, pero todos somos maestros de nuestras creaciones y artistas de nuestro quehacer, por nimio y modesto que parezca.

Sin embargo, la conflictiva y neurotizada realidad del México de hoy, en vísperas de la inauguración del mundial 2026, choca con una visión idílica y poética de lo que son el futbol y el mundial. 

En 2026, México es sede del más antipoético de los mundiales de futbol, por tantas fuerzas armadas y blindajes como los que habrá en la inauguración y en los escasos trece partidos que se jugarán en el país.

El que la inquilina de Palacio no asista a la inauguración del mundial, en el estadio Banorte, envía una señal de pánico: junto al miedo al rechazo de las masas y a una rechifla generalizada, se teme que no puedan coincidir en el mismo espacio un pueblo que hace del futbol un motivo de felicidad y entusiasmo con un gobierno gris y tambaleante poco apto para documentar ninguna dosis de alegría y optimismo.

El que sí irá a la inauguración del mundial, según lo anunció hace días en sus redes sociales, es el empresario Ricardo Salinas Pliego, quien se ha caracterizado por un comportamiento disruptivo frente al régimen.

La estrategia de pan y circo que tan bien le había funcionado a Morena, parece haber agotado su eficacia ante el hecho de que la señora Sheinbaum ha empezado a cosechar, tanto los rayos y centellas que creó el inquilino de Palenque como los problemas y conflictos que este no pudo o no quiso resolver.

Cuando un gobernante endosa al siguiente una herencia envenenada, lo más probable es que este último termine pagando los platos rotos de aquél.

Así, lo que organiza el “cuatrote” en la alta meseta del Valle de Anáhuac, es un mundial que tendrá lugar en una ciudad amurallada, en el que nadie sin boleto podrá aproximarse al estadio en un kilómetro a la redonda, y donde las marchas y movilizaciones de los sectores inconformes del país van a mostrar el músculo de su impugnación frente a un gobierno que le ha fallado al país. Según encuestas, Morena cayó más de 10 puntos en la preferencia electoral, sólo en los últimos dos meses.

 Un gobierno así, que amuralla su Palacio y amuralla su estadio, porque teme el asalto de las masas inflamables que no hallan cauce a sus quejas, es un gobierno que más que servir estorba a la buena marcha de los asuntos de la República.


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Si México es más grande que sus problemas, es obvio que es más grande que quienes lo gobiernan.

leglezquin@yahoo.com


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