Veo mundiales de futbol desde 1978, cuando la selección nacional de Túnez venció a México 3-1 en el primer partido.
Era adolescente y llegué a jugar en dos posiciones en un equipo de la liga municipal: fui delantero derecho y portero en Uruapan y en Morelia. Mi pasión en ese entonces, como casi para todos los jóvenes de mi edad, era el futbol llanero con el sol cayendo a plomo o bajo la lluvia.
Del futbol aprendí lo duro que es una contienda entre dos o más rivales; aprendí, también, que a veces los mejores partidos se juegan bajo la tormenta y en el lodazal, donde nace y se curte el derecho a ser feliz. Varios años antes ya había aprendido, bajo la rústica vida de rancho y entre casas de cartón, la máxima campesina de que “hay que saber lazar en el agua sin que se moje la reata”.
Después vinieron los años de estudio, de formación y reflexión; de hacer de la lectura y la escritura dos pasiones en una; de tomar los oleajes de la vida como una invitación a colocar el gusto de servir y la emoción social “entre las patas de los caballos”. La afición por el futbol no ha desaparecido aún, pero se ha replegado ante el llamado imperioso de otras pasiones y vocaciones que son hoy la columna vertebral de mi vida.
El episodio mundialista que más me ha conmovido, en toda la historia del futbol, es el conocido con el nombre de “maracanazo”, pero no tanto por la derrota 2-1 de Brasil ante Uruguay, en el estadio de Maracaná, en 1950, donde Uruguay se llevó la Copa del Mundo Jules Rimet, sino por la anécdota que ocasionó el “maracanazo” entre Edson Erantes do Nascimento, “Pelé”, y su papá.
El mundial de 1950 se celebró en Brasil. Ahí Pelé, quien había aprendido a jugar futbol pateando cocos con el pie desnudo, tenía nueve años.
Brasil, para entonces ya una potencia futbolística, tenía todos los factores a su favor para ganar la Copa del Mundo: su condición de local, la ventaja de jugar en su propio clima y, por si esto fuera poco, el que su puntuación en la tabla no le obligaba a ganar la final, sino sólo a evitar la derrota: un empate le era suficiente para alzarse con la copa.
En la final de ese mundial, Brasil metió el primer gol y se colocó adelante de Uruguay en el marcador. Más tarde Uruguay, quien no era un rival fácil, le metió un gol a Brasil y empató el partido. Ante esto, la selección carioca tenía dos alternativas: meter un gol más o mantener el empate para asegurar el triunfo.
Sin embargo, ese día los demonios de la suerte o los espectros de la diosa fortuna no alinearon su aura y energía a favor de Brasil.
Pelé, quien volvía a su casa después de una “cascarita” callejera, encontró a su papá tendido en el sofá llorando e inconsolable, tras la histórica derrota de Brasil ante Uruguay. Fue en ese momento cuando el niño, viendo reflejada la derrota de Brasil en las lágrimas de su padre, lo animó diciéndole: “No te preocupes papá, yo ganaré un día la Copa del Mundo para Brasil”. Y lo abrazó desde su ternura infantil con un silencio grave y profundo, como si ese abrazo fuera un pacto de amor y de sangre con las victorias del futuro que venía.
En el mundial de Suecia, en 1958, Pelé conquista su primera Copa del Mundo y da a su padre la satisfacción y la alegría que perdió la noche del 16 de julio de 1950, en la terrible derrota del “maracanazo”.
El mundial 2026, en México, además de brindarnos la grata oportunidad de una desconexión de la política, puede ser el parteaguas de un antes y un después en la historia de las copas del mundo.
Escribo este artículo antes de que empiece el partido México-Ecuador, y sé que el ánimo nacional está rebosante de espíritu y entusiasmo tricolor. Este mundial puede abrir para México una ventana de insospechada grandeza, lejos de la política y de los políticos tradicionales. ¡Ojalá que ocurra porque todos lo necesitamos!
Este mundial, el de 2026, parece ser el mundial de las naciones periféricas y de los equipos débiles y pequeños, por la fuerza competitiva y la actitud que han mostrado ante las selecciones grandes y consagradas. Los ejemplos a la mano son -por mencionar a algunos- Paraguay, Ecuador, Cabo Verde, Senegal, Marruecos, Egipto, Argelia y el propio México.
En la historia de los mundiales, el de 2026 podría ser visto desde el futuro como un mundial disruptivo, porque alteró reglas, generó hitos y creó arrepentimientos sobre algunas jugadas.
Pero, ante todo, este mundial será inolvidable para México, porque en él la selección nacional ha mostrado una aptitud y una grandeza competitiva que no le conocíamos. ¡Enhorabuena!
Pisapapeles
Escribió Charles Chaplin: “Todos somos aficionados. La vida es tan corta que no da para más”.
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