26 junio, 2026

El Pato Merlín

El Pato Merlín es simplemente un Pato, un Pato sin gracia al que la inquilina de Palacio quiso convertir en símbolo de no se sabe qué, pero que al ser llevado a la mañanera terminó siendo un emblema de lo inocuo y banal.

La idea de un Pato como imagen institucional de un gobierno, significa que ese gobierno se hace Pato y le gusta hacerse Pato.

El brinco simbólico del Ganso de ayer al Pato de hoy, lo que implica es que el gobierno morenista nunca ha andado ni anda en sus cabales, porque ser atolondrado parece ser la orgullosa marca de la casa guinda.

Allá ellos y su mediocridad, pues los espectadores del show, que es todo el pueblo de México, cada día ven con mayor desencanto e incredulidad lo que Morena y la 4T no son capaces de hacer por nuestro país.

El Pato Merlín como estrella mediática de un día condensa y simboliza el paréntesis de una derrota nacional: la de la familia que se prestó y prestó a su mascota por un mendrugo clientelar para facilitar el sainete del poder, con un alto costo en redes sociales; la de una inquilina palaciega que a falta de un buen gobierno acude al distractor de un Pato para ocultarse de la irritación nacional; por último, la derrota de quienes aplauden cualquier cosa u ocurrencia de sus líderes, con tal de justificar su propio fanatismo.

La derrota de concentrar la mirada y la atención nacional en un Pato, no radica tanto en el Pato y en su titiritero, sino en lo mucho que dejamos de ver al verlos a ellos.

En efecto, proponer a un Pato como centro de la escena nacional implica un ejercicio de banalización del mal (ya denunciado por Hannah Arendt), un ejercicio de banalización del poder y un ejercicio de banalización de la realidad.

Empoderar y engolosinar a un Pato, el Pato Merlín, e imponerlo a la audiencia nacional como el centro de una escenografía, significa que ya ninguna otra cosa ni tragedia es importante entre nosotros, porque un plumífero se ha convertido en eje de un lavado de cerebro nacional.

El peor de los fascismos es el fascismo de los sentidos, en el que la realidad no tiene peso significativo ni cuenta, porque deja todo el embrollo emocional y el poder simbólico de la imagen en manos de la arquitectura de la percepción. 

En este sentido, el Pato mexicano es un homenaje al nazi Goebbels y una reivindicación de las peores patologías del nazismo.

En el fondo, es ideología pura con filtros propagandísticos lo que explica la enajenación de las masas a lo largo de la historia: el subconsciente se limita a mandar y nosotros nos limitamos a obedecer. 

Es el juego perfecto de los dictadorzuelos y los tiranos: no pienses ni razones porque te va a doler; mejor dedícate a sentir y vivirás días placenteros.

El magnetismo animal del animal, si hemos de dar crédito a una de las teorías del marketing, tapa con el peso simbólico de sus alas y sus plumas la terrible realidad de las calles y los pueblos ensangrentados; oculta bajo el peso de la imagen el puchero y el sollozo de las madres buscadoras; hace del fango poesía y desaparece los lodazales turbios y tétricos de un país colocado en la encrucijada de su historia.

Detrás del Pato Merlín está un país de rostros mustios y sombras largas, porque todos los días quiebran empresas y la economía no crece.

Detrás del Pato Merlín hay un país en estado de repliegue, que ha perdido la confianza en sí mismo, porque partidos y políticos sin escrúpulos le han arrebatado su grandeza y su esperanza.

Detrás del Pato Merlín hay un país de gente humillada y ofendida, a la que se mantiene con dádivas gubernamentales en lugar de estimular su desarrollo y premiar su esfuerzo.

Detrás del Pato sin gracia hay un ambiente de zozobra e incertidumbre nacional, porque unos cuantos han concentrado la riqueza nacional en sus bolsillos y han cancelado el futuro de las generaciones actuales.

En fin, detrás del Pato demagógico exhibido como chivo en cristalería en una mañanera, lo que hay es un país marchito y de quijadas endurecidas, en el que hasta la luz parece irradiar sombra.

¿México merece esto? ¿Merece que se le trate como trapeador de una maquinaria de perversidad política?

Pisapapeles

Escribió Mark Twein: “Es más fácil engañar a la gente, que convencerla de que ha sido engañada”.

leglezquin@yahoo.com