21 octubre, 2016

Arsenio, Vampiro y monje maldito: Milena Markovich

Arsenio, Vampiro y monje maldito

Por Milena Markovich
Narradora y analista política, de nacionalidad serbia.

 

Dos noches después de que me enterraron en mi pueblo natal de Kisiljevo (lo que significa, libremente traducido, La Villa Agria), mis ojos se abrieron en la tumba.

Seguro les interesa como es morir, ¿a quién no? Pues, morir, es como caer en un sueño febril. Empieza con la oscuridad detrás de los parpados y, de repente, aparecen imágenes que no son pensamientos, sino recuerdos fuertes. No se ven como una película; son más como un deja vu. Pararse frente al nogal de mi abuelo; un rincón de la casa, el olor del regazo de mi madre. Impresiones que se van rápido y en lugar de la oscuridad uno ve la luz, y siente que el peso que ha cargado toda la vida, la roca en el estómago, se ha caído, como el fondo de una taza que se había despegado. Después uno regresa a su estado original, feliz y perfecto. Seguro que les pasará a todos.

A mí me pasó algo distinto: sentí que la oscuridad de nuevo se estaba apoderando de mí, que estaba cayendo de regreso, obteniendo las sensaciones de mi cuerpo de nuevo. Me parecía que regresaban, uno a uno, los días de mi vida. Los vi y los sentí. Eran grandes mis pecados, la tierra no me quiso y tuve que regresar.

No puede haber vida sin cuerpo, quien dice otra cosa miente y es un farsante bogumil. El regreso fue horrible. Sentí nausea, mareo, el tremendo peso de la existencia que nunca me va a dejar de nuevo. Ahora sé que este es mi castigo; pero entonces sentía que esta roca que pusieron encima de mi tumba me iba a asfixiar, así que empujé y me liberé con una facilidad que me sorprendió, porque nunca fui un hombre fuerte (a lo mejor fue una de las tantas razones por las que fui tan malo). Era de noche: la luna alumbraba el cementerio de Kisiljevo y el meandro del Danubio reflejaba la luz de la luna, y yo sentía como miles de agujas penetrando mi cerebro. La luna, tan bonita y tan fría, estaba molestando mis ojos, me quemaba como el sol de mediodía.

Mis primeros pensamientos eran, compresiblemente, confusos.

–Me enterraron vivo, pensé. La pendeja de mi esposa y los inútiles de mis hijos, se apresuraron para verme la espalda y me enterraron. Quiso bailar sobre mi tumba, la muy puta. Seguramente alguien ya duerme en mi cama, pensé, y me encaminé hacia lo que fue mi casa.

Cuando llegué, los de dacha ya se habían ido. Mis hijos a sus casas aledañas, y mi mujer estaba sola.

Entré en nuestro antiguo cuarto. La miré y me parecía abominable su tristeza, tan falsa, que pensé que era alegría. Mi rabia, ya exagerada, creció hasta alcanzar dimensiones estelares.

–¿Dónde están mis zapatos? – grité – ¡desgraciada hija de…! Sólo en serbio.

Esto de los zapatos luego apareció en los periódicos y por lo tanto merece una explicación: Los serbios no se entierran con zapatos. La razón es que los zapatos están hechos de pieles de animales domésticos. Los animales domésticos son nuestro sustento: son sagrados y es pecado enterrar parte de un animal sagrado con un hombre muerto, que ya es una cosa desechada. Lo sé ahora, y no lo sabía entonces. Me parecía que me faltaron al respeto una vez más.

Mi mujer gritó y miró a través de mí. Trate de pegarle. Ella estaba sentada sobre un banco en nuestro cuarto. Yo estaba parado; pero mi mano no pudo alcanzarla. Mi furia era inmensa, me dolía la nuca y sentía fría mi cara. Ella tembló y chilló como un pequeño animal. Volteé y salí.

Los recuerdos de estos primeros 40 días de mi muerte son confusos. Verán: si alguien es un vampiro y no se le frena y neutraliza en los primeros 40 días, va a obtener huesos. Su forma se va a hacer permanente y son muy pocos que podrán descubrirlo.

En realidad, así fue. Mientras que mis hijos trataban de convencer a las autoridades austriacas que me debían desenterrar, mi cuarentena ya había pasado. Comí los hígados de todas las personas con el adecuado tipo sangre (ahora sé sobre grupos sanguíneos. Entonces no lo sabía. Me manejaba por instinto). Me crecieron los huesos. Obtuve la forma y me convertí en un hombre casi normal. De hecho, salí más apuesto de lo que era en vida. Me veo más joven por la dieta de vitaminas y proteína.

Cuando ya obtuve mi cuerpo permanente (esta vez realmente permanente, no ésta mierda que se quedó en la tumba y que quemaron) por tonto regresaba al cementerio por las noches. Los cuerpos permanentes no se comportan muy bien al sol. Quizá es por comer solo los hígados. Quizá es una maldición. La piel del cuerpo permanente pica horriblemente y le salen ampollas en el sol. Me movía en la noche y regresaba al cementerio ocultándome en la oscuridad como monstruo que estaba. A mi grande sorpresa, una de estas noches conocí al monje Arsenio. Yo soy un vampiro. Un pecador que no merece que la tierra lo reciba en su vientre para que se convierta en moléculas de pura energía. El monje Arsenio es un monstruo de otro tipo. De hecho, él no tiene tipo. Él es su propia categoría de mito.

El monje Arsenio era muy atractivo. Cuando lo conocí tenía el cabello castaño y largo, su hábito era negro, con bordados negros sobre tela negra. Tenía siempre una expresión de leve sufrimiento y confusión en la cara, una tristeza sedienta, tan común en homosexuales y maniáticos (o los que fueron abusados).

Él en realidad no se llama Arsenio. Nació como hijo ilegitimo de una muchacha musulmana en una ciudad predominantemente serbia, en Bosnia. Bosnia es, mis amigos mexicanos, un calderón de las rarezas, sectas y atrocidades. Esto sí, ser un bastardo musulmán en una ciudad serbia, sea cual fuere la época de su infancia, debió haber sido cabrón. Creció y se formó todo torcido, aunque puede ser que así era siempre y que su destino era solo prolongación de su carácter.

En Bosnia es más fácil enfrentarse con las religiones subversivas y islam es todavía más protegido del paganismo que las dos grandes religiones cristianas, que son muy sincretistas. Pero, aún el islam, que es joven y claro en su credo, es la pura máscara en la cara de la necia bestia de las creencias antiguas. Al menos yo debería saberlo, considerando qué tan íntimo y vinculado es mi propio destino con lo que llaman “mitología”.

El monje Arsenio nació en el islam; aunque decidió bautizarse en la iglesia ortodoxa Serbia. Esto es algo que no pasa muy en seguida; pero en su caso es comprensible. No sólo que se bautizó, sino que tomó el hábito. Se convirtió en monje, y por lo que yo sé, estaba muy bien posicionado dentro de la Jerarquía Eclesiástica. Llego ser Abad de una comunidad de jóvenes monjes cerca de una aldea en Bosnia. En esta posición ya pudo hacer lo que desde el principio era su plan. Era un hombre sabio; aunque su sabiduría era torcida y no estaba acompañada con tonterías, como la empatía.

En su mente torcida, durante largas horas de su juventud desesperada, monje Arsenio prestó mucha atención a las historias y leyendas medio olvidadas de su pueblo y las tomó muy en serio. Las religiones o los mitos portan una verdad profunda, unas respuestas de otra manera inalcanzables para la gente inmersa en lo cotidiano. Son unas formulas – pensó – unos instructivos que hemos aprendido a tomar a la liguera. Todas las respuestas que busca uno: ¿Como hacer que alguien te ama? ¿Como hacer que te obedecen? ¿Donde esta el poder? Estaban respondidas en los cuentos. Se dio cuenta que hay una diferencia basica entre seres que gobiernan y gobernados: Inmortalidad es poder. Así que buscó y encontró lo que uno puede hacer sobre su mortalidad, sin pasar la eternidad perseguido y comiendo hígados crudos.

Ahora presten atención. Estoy a punto de revelar algo que muchos ya saben; pero apuesto que ustedes no.

Es tabú; pero es poderoso: todas las maneras de alcanzar la eternidad tienen que ver con sexo. Una de las más obvias es reproducirse. En tus hijos, los hijos de tus hijos, los hijos de los hijos de tus hijos, seguirá viviendo una esencia de ti. Para muchos, esta es la única manera de vivir por siempre y es la razón porque la magia se vincula con el sexo. El sexo sirve para reproducción, así que el sexo es la magia de la vida eterna. Esto es cierto; pero no es la única verdad. En los Balcanes veneraban desde antaño el sol. El sol, en el clima templado de Europa, nace en primavera y muere de nuevo en invierno. El día del solsticio de invierno, el sol muere, pasa tres días parado, enterrado, y entonces renace. Esto es la naturaleza. Les recuerdo que yo también tuve que morir, pase en la tumba un tiempo, y renací como otra cosa.

Había, sin embargo, un grupo de personas que creía en el “sol invicto”, el sol que no tiene que morir para nacer, sol que gana la batalla contra su destino. Esta gente encontró unas prácticas que, si las haces en el momento correcto, compartes este destino.

Lo que hizo Monje Arsenio, y que tardé en darme cuenta, es que, siendo encargado de una fraternidad de los monjes, atrajo muchachas y mujeres del pueblo y él y los monjes fornicaron con ellas y entre sí y, después de un par de fracasos, logró atinar la fórmula de la vida eterna. Costo un par de virginidades, su reputación y la eventual expulsión del monasterio; pero valió la pena.

Arsenio me llevó a un lugar apenas a 30 km de Kisiljevo, que nosotros conocíamos como Kostolac; pero los romanos paganos ya lo habían ocupado mucho antes, y otros antes que ellos: unos hombres y mujeres salvajes que apenas podían hablar y tenían frentes bajas y toscas como estos horribles animales de África. Creo que romanos los llamaron VIMINICIVM. Esto es lo que decían las rocas medio legibles olvidadas por toda la villa. Allá, en una capilla enterrada con un brote de agua termal y frescos apenas legibles, hicimos nuestra primera morada.

¿Por qué me tomó consigo el monje Arsenio? Nunca le pregunté, porque me parecía una pregunta bruta y directa; pero imagino que es porque incluso los monjes malditos inmortales necesitan compañía. O por lo menos me gusta pensar eso.

En mi primera vida, apenas sabía leer, y de escribir, ni se diga; pero después de la muerte, cuando ya me había calmado un poco y me había acostumbrado al ritmo de mi casería detestable, empecé a tomar interés en multitud de volúmenes que traía Arsenio. Él era un acumulador de libros, siendo ellos su vida y su castigo.

Aprendí mucho a través de los años: Cómo funciona el mundo, la verdadera naturaleza de la gente, sobre los animales…

También aprendí que mi maldición tiene que ver con los lobos. Ya sabía que vampiro es un hombre-lobo: En Serbia todos saben que es casi el mismo ser; pero no saben el porqué. La verdadera razón es porque el vampiro es el lobo de los hombres, y eso ya se había olvidado.

Recuerdo que un par de veces escuché a mi abuela diciendo de que cuando ella era niña su abuelo le decía que él recordaba que antes otro era Dios, y que su nombre era Perún (como lo pronunciaba mi abuela sonaba como “emplumado”), que era feroz y no perdonaba tan fácil. Eso era todo lo que ella sabía. El monje Arsenio; sin embargo, había encontrado más. El maldito había encontrado unas tabletas de corteza de abedul. Cuando éramos niños, mutilábamos a los pobres abedules quitándole su blanquecina piel para jugar con ellos y, según nosotros, “escribir”. En fin, parece que este juego no lo inventamos nosotros, sino que antes realmente se usaba a falta del papel, este fino y caro invento chino.

En las cortezas que trajo Arsenio estaban narrados unos acontecimientos sobre, según ellos, “dioses y diosas”. El idioma era raro: ni ruso ni búlgaro ni polaco, seguramente no serbio. Algo parecido a como bisbisean los popes. Odio los popes, pero hasta este punto ya he leído bastante para entender lo que estaba escrito en las cortezas.

Los dioses y diosas se mencionaban por apodos, seguramente por respeto. Les decían “la viva”, “abuela”, “hermanita”, “el brillante”. Uno me llamo atención: no decían como se llamaba en realidad (sus verdaderos nombres son tabú); pero decía que le debemos decir “el dador” y que su naturaleza le permite convertirse en un gran lobo blanco y cojo. Decía que había muerto; pero que su hermana lo trajo de los muertos después de tres días haciendo la apuesta con otros dioses de que no va a hablar por un año. Después decía que originaron un linaje de hombres-lobos que son serbios. Entonces, pensé, yo también soy uno de los hombres lobos, o lobo de los hombres. Uno destinado a ser odiado y perseguido; pero necesario, porque las ovejas tienen que temer al lobo, o dejarán de ser ovejas.

Leyendo libros de descripciones de los viajes de un hombre que se solía llamar Alexander von Humboldt (su nombre me había llamado atención porque sonaba un poco como el de este desgraciado prócer Austriaco a cual acudieron mis hijos y quien vino a observar mi desintierro), vi este pasaje en su descripción de los viajes que hizo a las Américas:

 

“El cielo de Xalapa, hermoso y sereno en verano, inspira melancolía desde el mes de diciembre hasta el de febrero; cada vez que el viento del norte sopla en Veracruz, cubre un espeso brumazón a los habitantes de Xalapa, y entonces baja el termómetro hasta 5 o 16 °C. En la estación de los nortes muchas veces se pasan 2 o 3 semanas sin ver el sol ni las estrellas. Los comerciantes más ricos de Veracruz tienen casas del campo en Xalapa, en donde gozan de una frescura agradable, mientras que los mosquitos, los grandes calores y la fiebre amarilla hacen muy desagradable la resistencia en la costa.”

Pensé: ¡este es lugar para nosotros! Y ni sabía que tanta razón tenía.

El bosque que cubre las montañas es alto y espeso. Perfecto para ocultar fincas y ranchos, en los cuales uno puede hacer lo que se le pega la gana.

Llegamos en el año de 1985: 260 años después de mi muerte. Desde Kisiljevo hemos peregrinado por un camino largo, buscando siempre las condiciones específicas que necesitamos: poco sol, no mucho frío, proximidad de la gente. Un gobierno corrupto y falta de control ayudan, hay menos inconvenientes para nosotros por todo el asunto de comer personas (que hago yo) y, lo que sea lo que hace Arsenio con ellos.

Nos hemos establecido en una finca que hemos comprado en el bosque, en un lugar que se llama La Jicarita, camino a Chopantla, al oeste del Xalapa de Enriquez, en el estado mexicano de Veracruz. En un principio, sólo contratábamos una señora que venía una vez a la semana para limpiar. Solíamos salir de noche para cazar, ocultándonos de todos.

Una noche, Arsenio me llamó para salir con él al bosque, ya que había descubierto algo que valía la pena ver.

En la noche de la luna llena se veía bien en el bosque. Se escuchaba una persecución, ruptura de ramas y gritos. Salieron al claro, primero dos venados, y atrás de ellos, dos cazadores vestidos como se visten los indios de estos rumbos: todos adornados y tatuados, con penachos y plumas. Portaban arcos y flechas. Los seguimos.

Los cazadores se pararon en un punto, hablando uno de las lenguas nativas, totonaca probablemente.

No hablo tal idioma, pero si se algo de náhuatl, así que capté palabras aisladas. Por alguna razón declararon que los venados habían huido y que harían unas chozas para pasar la noche en el bosque. Cuando ya estaban listos, como en una obra de teatro con sintonía, se escucharon voces de dos mujeres. Cuando salieron al claro y la luz de la luna, llevaban cuernos de venados y unos minúsculos atuendos de algo que indudablemente era piel de venado. Era realmente como una obra de teatro mil veces practicada que ya se obra con cierto automatismo.

Las mujeres-venados llamaban con voces melódicas a los hombres para que se sentaran con ellas. Digo, no hablo totonaca, pero entendimos bastante, y si no entendiéramos ni una sola palabra, el teatro frente de nuestros ojos era claro sólo por el lenguaje corporal.

Los dos hombres estaban parados desde que escucharon voces de las mujeres. Tensos, como que los papeles cambiaron repentinamente y ahora los cazadores son los cazados. El más joven se volteó y dijo algo a su compañero, lo que otro obviamente no escuchó porque ya estaba caminando hacia las mujeres. El joven trato de pararlo jalándole el brazo; pero sin éxito. El otro estaba embrujado.

Se acercó a una de las mujeres que lo llamaba con voces y gestos, y le tocó la cintura. Su voz parecía explotar con goces y alegrías. Se colgó de su cuello y lo empezó besar con fervor. Otra mujer no perdía esperanza de que iba a atraer al reluciente cazador que se quedó atrás. El otro no venía; pero ella siguió cantando.

La pareja ya unida se adelantaba más y más en su parte del acto. La mujer estaba ya liberada de la poca piel sangrienta del venado y su cuerpo (chaparro; pero bien hecho) relucía con sangre y sudor a la luz de la luna. El hombre ya se veía perdido, todo tenso y listo para estallar, con sus caricias torpes y apresuradas.

La otra mujer de repente dejó de prestar atención al hombre que se mantenía a una distancia de unos 10 metros. Parecía haberse rendido. Giró hacia su hermana, que yacía en el piso bajo el cazador. Su voz cambió también y sonaba más bien como un grito de zorro agudo y alto que cesaba en quejido terrible.

Al escuchar la última nota del grito de su hermana, la mujer empujó al hombre con una fuerza inesperada y lo obligo de cambiar la posición, de manera que ella se ubicó arriba de él, con su miembro todavía en el lugar. El hombre era incapaz de protestar y se notaba que cambió apenas inició su camino sin regreso.

En el momento cuando parecía que sus gemidos y suspiros llegaron a un ritmo más acelerado, la hermana le pasó a la mujer una cosa negra que parecía un cuchillo muy primitivo, hecho de esta roca volcánica que ya hemos visto por aquí. La mujer venada, sin dejar de moverse encima del pobre hombre que tenía ojos cerrados, le clavó el cuchillo en el pecho, de nuevo con una fuerza inesperada. El hombre tosió y de su pecho brotó con sangre, que bajo de la luz de la luna siempre se vio negra y brillante.

La mujer se levantó y cogió la mano de su hermana. Ambas se fueron caminando y desaparecieron en la primera línea de árboles.

Una nube cubrió la luna y todo desapareció.

El episodio con las venadas nos despertó, especialmente al monje Arsenio. Su secreto era del tipo sexual, y todas las nuevas pócimas y prácticas lo interesaban sobre manera. Se volvió más cachondo.

Aun así, por años las cosas iban suavemente. México es un país genial para ser un monstruo. Gracias quizás a su historia, los hombres que viven solos en una finca o hacienda, rodeados por guardias que casi nunca los ven, a los que de vez en cuando les traen jóvenes que salen con una leve amnesia de unos días y salud escarpada, se consideran muy normales, incluso envidiables. Nuestro estilo de vida es no sólo tolerado, sino deseable.

Pensábamos que hemos encontrado nuestro Nod[1].

Seguimos con lo nuestro, mientras que México estaba pasando por cambios que no afectaban nuestra vida; aunque, al parecer, cambiaban la vida de los mexicanos. El país se volvió capitalista, lo que siempre ayuda, porque la gente se fija mucho más en su “chamba” y mucho menos en lo que está pasando a su alrededor. También pasó otra cosa: la ruta de la cocaína se movió del mar hacia tierra adentro, haciendo la guerra por territorio más feroz. Esto nos ayudó, porque nuestros crímenes pasaban imprevistos. Todo era culpa del “narco” y la “violencia”. Me río hasta llorar al escuchar que algo es culpa de la “violencia”, como que ésta fuera un ser mítico… un demonio traga gente. Les digo, en México, la creencia en la “violencia” es una religión.

Yo ya sabía que algo anda mal. Mi naturaleza es de lobo, tengo instintos que me despiertan en la noche con premoniciones de las miserias. No dejó de llover en seis meses. En Xalapa llueve mucho, aun cuando no llueve parece que la lluvia está colgada en el aire, pero todavía parece exagerada la lluvia de seis meses. Se desmoronaron unos cerros y el lodo llevo las casuchas en cuales vivían algunos de nuestros guardias.

Era septiembre del 2011, ya habían pasado las fiestas patrias y en Serbia ya se estaba haciendo sentir el otoño. Un hombre vino a la finca una noche. Los guardias sabían para quien trabajaba, así que lo dejaron pasar. Entró en el salón de la finca que estaba equipado para las escasas ocasiones que recibíamos visitas que podían a recordar su encuentro con nosotros. El indio, porque eso era, nos deseó buenas noches y dijo:

–Señores, me mandaron a decirles que el patrón los espera dentro de ocho días en el puerto.

Cuando se fue, los guardias estaban muy alarmados y tuvieron que explicarnos quien era el misterioso patrón del vago. Se trataba de un “narco”, un señor de estas cosas que les llaman carteles, organizaciones del crimen. En realidad, son empresas clandestinas que facilitan el comercio con cocaína y, últimamente, metanfetamina. Este era un capo importante, intocable. Se hacía llamar “el sapo”.

Nadie nunca nos había invitado de esta manera, ni nos había hablado tan directamente. Estábamos intrigados; pero claro, no fuimos. Somos un vampiro y un inmortal, un pequeño mafioso no nos llega ni a los tobillos, pensábamos.

Los guardias trataron de advertirnos; pero no los considerábamos lo bastante importantes como para tomar en cuenta su opinión.

Pasó un mes. No se me había olvidado, no era un evento tan común.

Vino la noche que acabó nuestro estilo de vida en México. Sinceramente, yo no podría imaginar mejor fin para nuestra historia.

Llovio mucho y agua empezó a penetrar la casa por los poros. Se escuchaban murmullos, gárgaras, burbujeos. Olía a lodo y humedad; pero también había un intenso olor a la vegetación. En nuestro salón, por la puerta principal, entro un hombre. Entre sonidos de agua escuche un guardia, Gabriel se llamaba, que gritó: ¡Vino el Sapo!

Chorros de agua bajaban por su cara. Se le dificultaba mantener los ojos abiertos, así que parecía pensativo o cansado. Era un hombre hermoso, verdadero dios, fuerte y con nariz aguileña. Su atuendo era simple, algo negro, pero cuando se movía aparecía un brillo turquesa. Tenía unas botas pesadas, de suela gruesa, algo modernas para su edad, que parecía ser mediana. Su cabello era enorme, largo y abundante, recogido atrás de su cabeza.

Cuando habló, su voz sonaba con cierto eco, como la resonancia de una cueva en la cual hay agua.

–Pocos tienen la oportunidad de verme así, dijo. Tengo muchas facetas.

Esto por alguna razón le pareció chistoso, así que empezó a reírse. Mientras reía, el agua parecía brotar de las paredes, como en un intento de reírse con él.

–También tengo varios nombres.

Lo estábamos mirando. Digo, ya hemos visto muchas cosas. Una vez que aceptas que los seres mitológicos no son solo alegorías sino una posibilidad, tienes que estar listo de toparte con ellos en la oscuridad, o en tu propia casa, al parecer.

Las pocas veces que he estado en peligro desde que vinimos a México me he dado cuenta que la mejor estrategia en estos casos es quedarse callado. Se delatarán solitos, y ya se te abrirá el camino de escape o ataque.

Él habló. Nos estaba diciendo sobre sus muchos nombres, que últimamente incluso había escuchado que lo llaman K’tulhuu, unos hijos de Chontalli, seguramente. Pinches aompanehuac, los hijos de los extranjeros, ya no traen ofrendas. Hijos de miexinis blancos, uno tiene que ir por sus propias ofrendas, o uno no va a tener la fuerza de contener las aguas del cielo. Uno tiene que encontrarlos, usarlos y luego aparecer que murieron un acto criminal. Muy importantes que son sus tlatoanis, decía. Muy peculiar que es encontrar mujeres, niños y hombres adecuados.

Pensando en estos tiempos, siempre me había parecido sospechoso todo el asunto de los narcos y la violencia. Es un negocio muy fácil con clara oferta y demanda. Todos los gobiernos del mundo, al menos en mi conocimiento, están involucrados en tal negocio y a todos les va muy bien. Ni es para tanto. Sólo en México deciden matar 10 mil personas al año en ésta supuesta guerra. Tanta gente que muere como si la vida fuera nada.

Resulto ser que una de las mujeres que participó en el “rito” del padre Arsenio, resultó embarazada. Esto pasaba de vez en cuando. Los hijos nacidos son muy malas personas y pueden reconocer a los vampiros. Sus huesos se quiebran fácilmente y tienen mechones de pelo en los lugares inesperados. Pero el embarazo de la mujerzuela, que esta no pudo explicar, la hizo inaceptable para ser ofrecida como sacrificio a este Sapo que estaba parado frente de nosotros. Él exigía ciertas mujeres, nacidas bajo ciertas estrellas, con cierto aspecto, que sean sacrificadas en el lugar de su preferencia. Esto le daba fuerza para controlar las aguas de cielo, lo que era su trabajo. Su negocio de jefe de los narcos, toda organización de su cartel en realidad era un encubierto para encontrar gente para ser ofrecida como sacrificios. Sin estos, su mundo dejaría de existir, su sistema de los soles se quebraría.

La muchacha embarazada ya no servía a su propósito, y mucho menos su hijo. Vino a exigir justicia.

Sinceramente, me parecía mezquina y pendeja su demanda. El güey mataba a miles de personas cada año en las maneras más crueles, les exhibía cabezas en sus templos y caminos, los quemaba, descorazonaba, comía sus muslos en pozole (eso dijo el) y ahora vino de confrontarnos por una muchacha morena y sin nombre.

– ¿Quién fue que la embarazo? – gritó – ¿quien puso su yolli en ella?

Para mi gran sorpresa, fue Arsenio quien respondió:

– Fui yo, pinche narizón de mierda – dijo – si no fuera por mi necesidad, no los tocaría ni con la verga del vecino, créeme – seguía. Ya me cansé de sus mujeres gordas, ya me cansé de su puto clima indeciso, ¡ya me cansé! – allá su voz ya era más grito que otra cosa. -Quiero irme a casa- se volteó hacia mí – quiero dejar este lugar. Deja que estos putos que se maten entre sí. Tu y yo somos los del lobo, matamos dos ovejas para que otras puedan vivir. Estos idiotas matarán a todo el rebaño para ver de qué color quedará la lana.

Veía al monje Arsenio con cierta sorpresa. Él usualmente era bastante desinteresado en todo lo que pasaba a su alrededor. Mostraba interés en el sexo e historia. El resto de mundo pertenecía a los mortales – decía.

Pero ahora estaba enojado. Vino su momento, me lo imagino. Todos tenemos un camino, muertos o vivos y todos los caminos llegan a su fin.

Tláloc se volteó hacia él. Sus párpados caídos empezaron a levantarse. Un brillo azul como estos círculos que vemos con ojos tensos en la oscuridad empiezo a formarse en las esquinas del salón. Sus ojos en par que se abrían mostraban que eran azules, de un azul poco normal y brillante. Por lo que pude ver, no tenía pupilas.

Los sonidos del agua aumentaron. El monje Gregorio veía a Tláloc sin parpadear. No pudo seguir gritando, porque parecía que la garganta se le había llenado de líquido que sofocó su voz. El vómito salió de su boca en una fuente tremenda, mientras él lloraba y tosía. En el piso alrededor de sus pies empezó formarse un charco de orina; pero noté también que estaba sudando copiosamente. El agua estaba saliendo de él porque Tláloc lo había llamado. En cuestión de un minuto, el monje Gregorio quedó seco.

Cuando los ojos del dios quedaron completamente abiertos, la cascara seca se rompió en polvo que cayó en el charco de sus líquidos corporales. Polvo era y al polvo regresó.

Estaba demasiado sorprendido por el destino de mi compañero para pensar en mi propio futuro. En el momento que se volteó hacia mí supuse que había llegado mi fin.

– Debiste haber venido al puerto cuando te llamé –me dijo– allá hubiera sido más fácil explicarte por qué tienes que irte.

Yo no dije nada. A mí ya me quedaba claro que no podría quedarme en México. Pero éste, ensimismado en su importancia de dios local, siguió hablando:

– El puerto de Veracruz está vacío porque la gente tiene miedo. Se ocultan en sus casas, prenden teles y ven noticias en los que les dicen que lo que les da miedo es producto del crimen organizado. Así que ellos piensan y dicen, sí, es éste molesto criminal que nos da miedo. En México siempre hay “otros” que dan miedo. Luego vengo yo, u otros, y robamos a algunos de ellos, o a muchos, y ellos siguen diciendo, ves, es este pinche criminal que me robo a mi hermana. En el fondo saben que fue sacrificada para proteger el ritmo de los soles y están bien con esto; pero tienen que llamar a esto “criminal”, así se sienten mejor.

Habló probablemente de más, Yo me sentí cansado y harto. Para mí, no habrá paz en ningún punto de la eternidad. Probablemente regresaré a Kisiljevo y simplemente me acostaré en mi tumba. Seguro que allá sigue.


 

[1] Ciudad de Nod, en libro de Biblia, Génesis, mencionado como lugar donde Dios exilió a Caín, descrito como “al este de edén”.

TAGS: