15 agosto, 2016

El puente del suicidio: Alejandro Hernández Murillo

El puente del suicidio

 

Por Alejandro Hernández Murillo

 

Lo llamaban “el puente suicida” porque en él se habían suicidado no menos de 17 personas. Nadie podía decirme por qué, sólo afirmaban que por alguna extraña razón ese era el lugar preferido por los habitantes de la comunidad para cometer suicidio.

Fue en un pequeño pueblo de Polonia, a más de 500 kilómetros de Varsovia.

Yo había llegado ahí buscando algún campo de concentración.

Tenía viajando casi un mes.

Tomé de México un avión a Madrid con escala en Ámsterdam y mi intención era viajar por Europa en unas vacaciones. Visitar varios países, conocer pueblos y culturas diferentes a la mía. Y después de leer varios libros en mi juventud sobre el holocausto nazi, así como ver cientos de películas del tema, tenía ganas de visitar algún campamento de concentración judía.

Busqué en el mapa de Europa, y al reconocer que la mayoría de los campamentos de exterminio se encuentran en Polonia, decidí visitar ese país, en busca de alguno de ellos.

No deseaba ir por el morbo, ni siquiera por la curiosidad. Sólo quería presenciar la huella de la maldad humana. Quizá de la maldad genética.

El ser humano es propenso a la maldad, es inherente a él, y convencido estoy desde hace muchos años que el ser humano nace malvado por naturaleza.

Los niños son la bondad pura, había escuchado por ahí.

Pero siempre he pensando lo contrario. Los niños no aprenden a ser malos con los años, ni por costumbre. Los niños nacen malos por naturaleza.

Lo puedo ver en los bebés. En las criaturas de tan sólo un par de años. Veo sus miradas y puedo sentir su maldad en los corazones. Al paso del tiempo, por enseñanzas de los padres y por aprendizaje de los valores y morales, ese niño—de maldad perversa—aprende a distinguir la bondad de la maldad. Aprende a diferenciar sus deseos más egoístas de los deseos de terceros; y puede ver el punto de vista de otras personas y entonces hacer lo correcto.

Cuando se es niño, no se puede hacer nada de eso. Sólo se hace lo que se desea y en muchos de los casos no se dan cuenta del dolor que pueden crear a otras personas. Puede verse fácilmente en cómo juegan los pequeños, en cómo se comportan con terceros y en cómo son crueles en su vida infantil.

Y proviene quizá de lo más profundo de su genética.

Maldad genética.

Tal vez es lo que a los nazis los devoraba por dentro. Tal vez sólo obedecían órdenes. Sea lo que sea, me ha intrigado.

Decidí visitar un campo de exterminio y observarlo por mis propios ojos.

El peor, o el mejor, por así decirlo, era Auschwitz. La representación física del exterminio judío. Así pues, tomé el eurorail, y así como había viajado en tren por varios países de Europa, me encarrilé hacia Cracovia para ahí tomar un bus que me llevara al memorial de Auschwitz. La idea era arribar a Oswiecim, a 70 kilómetros al oeste de Cracovia, a poco más de una hora en autobús, para ahí encontrar el emplazamiento del campo principal de Auschwitz I, y a tres kilómetros, el enorme campo Auschwitz II Birkenau.

Por lo menos esa era la idea, llegué a la estación de trenes, tomé el bus y como en días anteriores había viajado en condición de mochilero y me sentía un tanto cansado del viaje, decidí pestañear un poco la hora que duraría el viaje hacia Oswiecim.

Sin embargo, cuando abrí los ojos me hallé completamente solo en el autobús.

Nadie me había despertado.

Nadie me avisó cuándo llegamos y nadie fue capaz de advertirme nada.

Lo primero que se me ocurrió fue escupir algunas dos o tres maldiciones en español recordando mis insultos veracruzanos; y lo segundo fue bajarme del autobús y recorrer el camino a pie para buscar el campo de concentración.

Cuando me bajé del vehículo fruncí el ceño instintivamente ya que no recordaba haberlo visto tan viejo y oxidado. Según yo estaba casi nuevo, pero ante mí sólo se veía como un transporte antiguo y envuelto en oxido. Quien lo viera no podría asegurar que aún funcionara.

Levanté los hombros y caminé hacia donde me llevara el camino.

Así fue como arribé a un pequeño pueblo—del cual no deseo mencionar su nombre—en donde nadie sabía español y sólo unos pocos conocían el inglés. Por sus miradas y comentarios deduje que me había perdido.

El camino que tomé—a pesar de tener un mapa, y guiarme por una brújula de mi reloj—había sido el equivocado. Y por alguna razón extraña, el error no había sido por sólo unos cuantos kilómetros; sino horas enteras de camino. Incluso días.

Y me sorprendí.

Pero si ya estaba cerca, pensé.

No entendí lo que ocurría, no sólo no estaba cerca de Oswiecim sino que no estaba muy lejos de Czerlonka una villa en el distrito administrativo de Gmina Bialowieza en el noroeste de Polonia, cerca de la frontera con Bielorrusia.

¿Qué diablos había ocurrido?

¿Cómo es posible que en una hora haya viajado más de 500 kilómetros?

Era imposible.

Estaba en medio de la nada. En un pueblo que no existía, no era Bialowieza, ni Czerlonka, ni Grudki, ni Podcerkwy, ni Teremiski, ni ninguno de ellos. Estaba cerca, pero al mismo tiempo demasiado lejos.

Caminé hacia el pueblo y sólo sentía las miradas de sus habitantes que caían sobre mí sepultándome. Era obvio que no recibían visitas y muchos de ellos se sentían invadidos. Incluso pude sentir que se aglomeraban a mi alrededor.

Entonces entré a la taberna de la villa y me presenté en inglés. Sólo un par de ellos me contestó y me informaron dónde estaba.

—¿Qué diablos? —escupí sobresaltado—. ¿Qué carajos estoy haciendo aquí? Yo debería estar en Oswiecim—dije. Pero los hombres sólo se rieron y me dijeron que no había manera de que pudiera salir del pueblo, ya caía la noche y lo mejor era que durmiera en la posada. Al día siguiente podrían llevarme a Zwierzyniec y ahí tomar camino para Varsovia y luego regresar a Cracovia.

Así que pagué la noche, mostré mi pasaporte como era la costumbre y se sorprendieron aún más.

—¡México! —exclamaron—. Usualmente no recibimos visitas de tan lejos.

Era muy probable que ningún mexicano hubiera pisado sus suelos anteriormente. Esperé los comentarios obligados de los charros, pero nadie ahí sabía nada de la cultura de mi país y yo no mencioné palabra.

Me dieron la llave del cuarto y después de instalarme noté que era muy temprano para dormir. Aún no tenía sueño y apenas era la media tarde. Decidí darme una vuelta por la villa.

—No importa a dónde vaya—me dijeron—. No cruce el puente de los suicidios.

—¿Y eso, qué es? —pregunté intrigado.

Al principio nadie quiso decir nada, se callaron como un solo hombre y después de que levantaron sus cervezas, la chica que atendía la barra se me acercó.

—Le decimos “el puente de los suicidios” porque en él más de 17 personas han perdido la vida. Por su propia mano.

»Incluso de las maneras más extrañas.

»Se han estrangulado, acuchillado, ahogado, incluso uno se desgarró la piel del rostro.

»Algo tiene ese lugar, que por alguna extraña razón es la zona predilecta para suicidarse.

No supe qué decir, sólo me quedé callado y le observé el rostro con el ceño fruncido. Se llamaba Elka, tenía 31 años y aún no se había casado. Ni siquiera tenía pareja y me pareció extraño. Es difícil hallar una mujer de esa edad en un pueblo tan pequeño que aún no se haya casado.

Le pregunté si podría darme una visita guiada por el pueblo y aceptó.

En menos de una hora ya habíamos recorrido todo y estábamos de regreso a la taberna, cuando vislumbré un puente a sólo unos cuantos metros.

Ella notó que lo veía y quiso dar vuelta atrás, cuando la detuve.

—¿Es ese el puente de los suicidas?

—Sí—respondió—. No me gusta ir ahí… Regresemos.

Pero yo sentía curiosidad.

—La gente teme pasar por ahí, nunca se sabe a quién encontraremos.

»A veces pasan días sin que alguien se acerque ahí, y cuando notamos que alguno de nosotros ha desaparecido, sabemos que lo hallaremos ahí.

»Hemos querido destruirlo, pero son pocos los que se atreven a acercarse, y cuando lo hacen, algo malo sucede.

—¿Cómo qué?

—Un día quisieron derruirlo y se formó un grupo de cinco hombres. Mi hermano menor, Jarek, se fue con ellos. Había perdido a su mejor amigo que se había suicidado ahí a los 12 años y le tenía un gran odio a esa maldita construcción.

»Así que se armaron de valor, tomaron picos y martillos y entonando una canción de victoria y burlas se encaminaron a él con deseos de no dejar una piedra encima de otra y regresar a casa sanos y salvos.

»Pero entonces sucedió.

»En el momento en que Jarek se acercó a él…—aquí se le quebró la voz—. Ni siquiera pudo dar un martillazo a la roca—dijo, y una lágrima cruzó su rostro—. Nadie comprendió lo que pasaba. Jarek estaba lleno de vida, recién se había hecho de una novia y tenía deseos de irse a estudiar medicina a Varsovia. Pero aún así, su rostro se quedó pálido, se le cayeron los brazos a los lados, perdió las fuerzas y se dejó caer de rodillas al piso. Su espalda se encorvó y en pocos segundos sus ojos perdieron brillo.

»Los que estuvieron ahí insisten en que fue como si el deseo de vivir se lo hubieran arrancado en un instante. Como si su alma simplemente se hubiera ido dejando solamente un envase vacío y seco.

»Sus ojos empezaron a llorar y sin que nadie pudiera hacer nada por él, se clavó el pico en el cuello y ahí mismo se esfumó—dijo y echando un soplido al aire extendió los dedos—. Lo enterramos esa misma noche y desde entonces nadie ha intentado destruirlo.

»Nadie quiere pasar por ahí, y no dejamos que nadie se acerque.

»Vamos—insistió y regresamos a la taberna.

Su madre, Gutka, había preparado esa tarde un platillo de kaczka z jabłkami y me obsequiaron un poco para cenar.

—Es pato asado con manzanas—me aclaró Elka cuando vio que trataba de reconocerlo, y sonrió.

—Está delicioso—agregué y di un bocado más antes de beber un trago de vino.

Hablamos un poco esa noche, me presentó a su madre, a sus amigos y les conté un poco sobre México y les sorprendió la condición política en la que vivimos.

Después de eso, me llevaron a mi habitación.

Me sentí un poco mareado ya que usualmente no bebo pero los polacos son conocidos por saber beber y difícilmente podía aceptar un no como respuesta. Así que Elka prácticamente me llevó cargando a mi habitación aunque yo tratara de mantenerme en forma.

—No te apures—dijo—, así somos aquí—y sonrió. En verdad tenía un hermoso rostro. Y una vez más me sorprendí que no estuviera casada, incluso me molestó.

No dejé de pensar en ella cuando me fui a dormir y juro que soñé con ella.

Soñé que la besaba, acariciaba su rostro y le hacía el amor.

Pude sentirlo tan palpable como la realidad misma y no podía creer que era un sueño. Pero cuando desperté me hallé la habitación a solas y tardé un momento en darme cuenta que había sido un pasaje onírico y nada más.

Vi el reloj. Eran las 3:19, demasiado temprano. No había señal de red por lo que no podía entrar al internet en mi pequeña lap top que cargaba conmigo para escribir durante el viaje. Pensé en ver una de las varias películas que tenía en ella pero no me sentía con ganas de hacerlo. Así que decidí escribir unas cuantas líneas a la novela que estaba escribiendo y la encendí.

Quizá hube escrito un par de páginas cuando escuché unos sonidos en el pasillo. Eran suaves, nada escandalosos pero me generaban una sensación extraña que me ponían la carne de gallina, los vellos de los brazos se me encresparon y sentí un recorrer helado en la columna.

Me puse una chamarra rompe vientos y me eché la cobija encima.

Traté de escribir un poco más pero los sonidos no me lo permitían. No podía distinguir qué eran, no sonaban a nada en específico y me intrigaron aún más.

Apagué la computadora, salí de la cama y me vestí llamado por la curiosidad.

Giré lentamente la manija de la puerta y me asomé al pasillo.

—¿Hay alguien ahí? —susurré pero nadie me escuchó.

Entré de nuevo a mi cuarto y pensé que no debería inmiscuirme en cosas que no me competían, por lo que quise regresar a la novela. Pero sabía que no podría concentrarme.

Los sonidos se mantenían y cada vez sonaban un poco más alto, sin con ello ser molestos.

Pero entonces escuché algo que me hizo jurar que eran voces, lamentos quizá, y se oían femeninos. Eran de una mujer joven y pensé en Elka, había sido la mujer más joven que había conocido en todo el día y estaba seguro que era ella.

Tal vez le ocurría algo malo y decidí salir a buscarla.

Posiblemente estaba en un cuarto contiguo ya que los lamentos no se oían muy fuertes, así que salí a buscarla.

Crucé el pasillo buscando con el oído la habitación. Hallaba una puerta y pegaba la oreja a ella para tratar de escuchar su voz; cuando no lo hacía seguía mi camino y continuaba con otra puerta.

Me extrañé cuando recorrí todas las recámaras y no pude distinguir voz alguna. Cada cuarto estaba completamente en silencio y la voz no provenía de ninguno de ellos.

Quizá abajo, pensé y bajé las escaleras.

En silencio y guiándome por mis oídos me encontré en la barra de la posada y estaba en la más completa oscuridad.

No podía creer que los sonidos vinieran de la calle, pero por momentos lo pensé.

Dudé sobre si salir a buscarla allá afuera o regresar a mi habitación. Salir de noche en una villa desconocida quizá era muy arriesgado pensé, pero al mismo tiempo me tranquilizaba diciendo que por lo que había visto en el día y por lo que conocí de sus habitantes, era una villa muy tranquila, la cual no daba muestras de violencia sino de seguridad total. Así que abrí la puerta y hallé una fuerte neblina que atravesaba la atmósfera y todo lo envolvía como una pesadilla. Tuve miedo y quise cerrar la puerta, cuando entonces la descubrí.

A lo lejos, y en medio de la bruma, a mitad de la calle, noté una figura femenina con un camisón tan delgado que lograba resaltar su esbelta figura como una silueta.

Era Elka.

Así que caminé hacia ella, y cuando me acerqué le entregué mi chamarra para protegerla del clima.

—Tenemos que regresar—le dije—. Hace demasiado frío.

Pero su rostro estaba pálido, con una mirada tan inexpresiva que dudé que me hubiera escuchado.

No le dije nada más y abrazándola la encaminé a la posada.

Al principio su caminar fue lento, sumiso y obedecía cada paso que yo daba, pero cuando estábamos a una micra de la puerta, escupió un quejido suave y se transformó en llanto.

Me detuve, observé su rostro y dos lágrimas corrían por sus mejillas.

—¿Qué tienes? —le pregunté intrigado.

—Me siento muy sola—dijo.

—No estás sola, yo estoy contigo.

—No, no lo estás—y lloró—. No tengo amigos, nunca tendré hijos. Soy estéril y nadie quiere casarse conmigo. No tengo estudios, sólo soy un ser más en este mundo. Una estadística y nada más.

Recién la había conocido, no sabía mucho de ella, pero lo poco que sabía me había agradado. A veces se necesita tratar a una persona por varios años para conocerla; otras veces con sólo unos días; pero en unas cuantas horas, no estaba seguro de ello.

Nadie me esperaba en México, yo mismo no tenía novia.

Mi trabajo está en mi computadora, no tengo una oficina y escribo a distancia. Diablos, hasta mi programa de radio lo puedo hacer desde lejos.

Era tan hermosa que me sentía encantado, y por un instante pensé estar con ella.

Dejar todo y estar con ella.

Pero antes de decirle algo se dio la vuelta y salió corriendo desaforadamente.

—¡Elka! —le grité y corrí detrás de ella.

La bruma nos envolvía con fuerza y ella me llevaba ventaja, no podía distinguir por dónde iba. Cuando creía alcanzarla la escuchaba por otro lado.

—¡Elka! —grité su nombre repetidas veces y corrí por todo el pueblo siguiendo sus lamentos de un lado a otro sin saber a dónde ir, sin poder alcanzarla o sin siquiera saber dónde estaba yo.

La villa que hacía unas horas había recorrido en menos de una hora, en ese momento lucía enorme. Llegaba a una calle y la encontraba gigante, la cruzaba y me topaba con otra que jamás había visto. Y el pueblo crecía cada vez más y más y no podía hallarla.

Sólo escuchaba sus gritos y su llorar se clavaba en mi pecho con un dolor tan desgarrador como un cuchillo.

—¡No estás sola! —le gritaba, pero no parecía oírme.

Tenía miedo de perderla, y más que nada tenía miedo del puente.

Recordé la historia de su hermano Jarek y me sentía aterrado; porque esa mirada que habían descrito de él cuando pisó el puente, esa expresión fría y vacía, ese cuerpo encorvado que tienen los muertos cuando se les erradica el alma, era justo la imagen de Elka cuando comenzó a llorar.

Corrí por todo el pueblo y la busqué como un desesperado.

Evitaba el puente, no quería cruzar por ahí y deseaba con toda mi alma que ella no se dirigiera en esa dirección.

—¡Elka! —estallaba y mis chillidos rebotaban en las calles empedradas como tambores de guerra.

Y entonces lo encontré.

De pronto la bruma se abrió ante mis ojos y el puente apareció como por arte de magia. La construcción enorme y poderosa surgió ante mí como una figura maldita, casi evocada por el mismo diablo.

Era hermoso, imponente. De arquitectura gótica, con una longitud de 250 metros, más o menos. Un ancho de 7 metros. Apoyado en unos 10 arcos, quizá. Con dos torres distribuidas entre sus cabeceras, y 20 estatuas situadas a ambos lados del mismo, con un estilo barroco y un realismo tan impresionante como mágico.

Su belleza me llamaba y era como si las mismas estatuas me hablaran e invitaran a cruzarlo.

Por un momento, ante majestuosa hermosura, me olvidé de ella, y permanecí ahí parado admirándolo como un idiota quizá por 10 minutos.

Era como si la belleza de semejante arquitectura me quitara cualquier deseo de hacer algo; como si ya no tuviera vida propia y sólo deseara contemplarlo. Podía sentir cómo olvidaba todo a mi alrededor, como mis recuerdos se esfumaban, y abandonaban mi cuerpo, mi mente y mi corazón.

El pasado ya no importaba.

Quién era, qué era o para qué había nacido ya no era más.

Sólo el puente.

Únicamente me importaba la belleza del puente y me lisonjeaba a cruzarlo, convivir con él, y con un demonio, vivir ahí, entre sus piedras y quizá convertirme en parte de él. ¡Ser una maldita roca!

Violentamente un palo cruzó el aire y se reventó en mi frente dejándome inconsciente.

Cuando abrí los ojos me encontré una vez más en mi habitación.

Por un momento creí que todo había un sueño pero me dolía la cabeza.

Me quejé un poco y me hallé a Gutka, la madre de Elka, que me acercó un poco de tela mojada y me la colocó en la frente.

—Perdona a Józef—agregó en un torpe inglés—. No quiso hacerte daño.

—¿Józef? —pregunté intrigado—. ¿Qué pasó?

—Anoche te encontró en el puente—colocó un ungüento en mi frente y me acercó un poco de agua. La bebí—. Dice que tenías la mirada de asombro que suelen tener los que ven el puente por primera vez. Justo antes de que se convirtiera en un vacío absoluto.

»Te golpeó y dejó inconsciente antes de que tu alma se esfumara.

»Te trajo aquí para salvarte la vida. Me pidió que te dijera que le perdonaras por el golpe, pero era lo más rápido para alejarte de ahí.

No supe qué contestar, así que sólo dije: “no hay problema”.

Bebí un poco más de agua cuando me acordé de ella.

—¿Y Elka? ¿La encontraron?

—¿Elka?

—Sí, ¿dónde está? —Pregunté y eché un grito—: ¡Elka!

Pero Elka no entró.

Y no la vi en todo el día.

Nadie quiso decirme nada.

Yo estaba dispuesto a hacerlo, dejar mi vida pasada y permanecer ahí con ella. Algo tenía, algo muy profundo. Estaba seguro que no necesitaba de mucho tiempo para conocerla. Lo poco que la había tratado era suficiente.

Quería quedarme ahí, tratarla más tiempo y unirme a ella, quizá para siempre.

Pero Elka no apareció.

Ante mis gritos desaforados llamándola, Gutka me obligó a callarme y así lo hicieron los demás.

—Ya no digas nada—me ordenaron—. Lo mejor es que te vayas. No deseamos correrte—dijo Gutka—. Lo hacemos por tu bien, es mejor que te marches.

Insistí un poco más, no deseaba irme. Sólo quería quedarme ahí. Buscarla por todo el pueblo y hacerle el amor. No me importaba si era estéril o no, sólo me importaba ella. Pero nadie me escuchó.

—Vamos—señaló Józef—te llevaré a Zwierzyniec, ahí podrás tomar el tren.

Quise suplicar un poco más pero me calló con la mirada. Sin fuerzas y sin poder hacer nada más, le obedecí. Me despedí de Gutka y de los demás y me subí al auto.

Durante todo el camino no hablamos. Algo tenía en la mirada que lo decía todo.

Trataba de preguntarle pero no tenía caso. Dentro de mí lo sabía. No quería decirlo pero lo sabía. Porque justo antes de que Józef me golpeara, por un instante, menos de un segundo, vislumbré el cuerpo de Elka que caía del puente, desplomado por unos de los arcos hacia el río.

Me dejó enfrente de la estación y trató de prestarme un poco de dinero.

—Estoy bien—dije—, tengo el viaje cubierto con eurorail.

Me despedí de él de un apretón de manos, le dije que se cuidara y le agradecí sus atenciones.

Se subió a su auto y al darle yo la espalda, susurré:

—Pude…

—Sí, lo sé—expresó y ninguno de los dos agregó una frase más.

Se marchó y yo tomé el tren a Varsovia, al llegar ahí me olvidé de Auschwitz y preferí seguir de largo a la república Checa. Me hospedé en Praga, en un albergue para viajeros y dos días después visité el campamento de concentración de Theresienstadt en la población de Terezín.

Ahí se habían encerrado numerosos judíos procedentes de Checoslovaquia; alrededor de los 144.000 judíos que pasaron por ahí, unos 40.000 procedían de Alemania, 15.000, de Austria; 5.000, de los Países Bajos; unos 300 de Luxemburgo y 500 judíos de Dinamarca, así como también otros procedentes de Eslovaquia y Hungría. Alrededor de la cuarta parte de los deportados—aproximadamente unos 33.000—murieron en el campo de concentración por las malas condiciones: el hambre y las enfermedades. Unas 88.000 personas fueron trasladadas de ahí hacia Auschwitz y a otros campos de exterminio.

Cuando terminó la guerra, sólo se encontraron 17.247 supervivientes.

Fue una época de dolor y sufrimiento. Muchos de ellos murieron, y otros más se suicidaron. Las razones eran diferentes, lo que habíamos vivido era muy distinto, incomparable. Pero el sentir que pude haber vivido con ella y darle un poco de luz a su vida, y envolvernos en felicidad infinita me hacía sentir vacío, tan vacío, quizá como el llanto de un judío en un campo de concentración.

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