Por Leopoldo González
México es la X en la frente, como sugirió acertadamente Alfonso Reyes, pero es también un nudo ciego de preguntas, difíciles de responder.
México es, también, según la hermosa metáfora de Pablo Neruda en “Canto General”, “una pequeña águila equivocada” que no halla su lugar, su asidero ni su punto de equilibrio, pues a su historia se la puede definir con la verosimilitud de tres palabras: convulsión e inestabilidad.
Quizás la definición más precisa de este país, la que lo retrata más fielmente tal cual es, es la que dio el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón al afirmar que México es “tierra de belleza convulsiva”.
Entre esto último y lo que aseveró Octavio Paz, en el sentido de que “la convulsión es nuestra forma de crecimiento”, la argamasa de las definiciones poéticas e intelectuales da la idea de que México es un país de piel erizada y mecha corta, que cabe en otra definición más afortunada e iluminadora: la de ser un país de armas tomar.
Sin embargo, hay evidencias y razones para pensar que el México “florido y espinudo” que bocetó el poeta, o trae la mecha mojada o no es -como tanto se dice y se pregona- de armas tomar.
No es dudar por dudar. Tampoco es dudar por comodidad, por inseguridad o por miedo a la complejidad del pensar, pues la duda en el vacío es un cuerpo de preguntas de aire que no desembocan en nada real y fecundo.
Así pues, cuando la duda tiene cuerpo -al estilo socrático- tiene algo más: tiene motivos, fundamento y verdad.
Desde el gobierno anterior han ocurrido y siguen ocurriendo cosas sumamente graves en nuestro país, que la sociedad no parece haber sopesado en todos sus impactos reales sobre su vida, o a las que observa de soslayo, como si fuesen hechos que no le afectan ni le atañen.
Ahí está el país que, con todo y una seguridad pública medianamente eficiente, sigue siendo el del rumor del pánico, el de las madres buscadoras, el del olor a agonía, el del cómputo de víctimas que rompe la ecuación de la sangre.
Ahí está la quiebra de la economía y la de PEMEX, por el saqueo burocrático, el huachicol fiscal, la manutención al por mayor de millones de redes clientelares, la increíble deuda pública que ya dobleteó a la heredada y un incremento terrible de la informalidad laboral y del comercio. Y el país no reacciona.
Los hechos indican, con abundantes datos y estadísticas de respaldo en cualquier rubro, que México es un país en descomposición. La historia atestigua que otros pueblos, menos víctimas de burlas y agravios desde el poder, han reaccionado a tiempo y recuperado el rumbo para su sociedad. La gran pregunta es si México está hoy preparado para una sacudida telúrica y colectiva que ponga a los personajes y las cosas en su lugar.
Desde esta perspectiva, todo parece indicar que tenemos a una sociedad con el pensamiento crítico atrofiado, con la conciencia adormecida y la capacidad de indignación anestesiada. Y esto es lo preocupante, lo realmente preocupante.
Una silenciosa pérdida de la conciencia y la dignidad avanza de forma peligrosa sobre nuestro territorio y nuestras cabezas, sin casi nada ni nadie que eleve la voz y le haga frente.
Esto es cierto: un pueblo que ve con lejanía e indolencia la destrucción de su patria y no hace nada por remediarla, está condenado a hacerse las más crueles preguntas en el próximo amanecer. Es tan simple, por cruel que parezca, como decir que quien vota por la ruina en realidad merece la ruina.
Entre los crudos diagnósticos de nuestro tiempo, se escucha por ahí que no hay una organización confiable para encausar tanto malestar social. La respuesta es simple, dentro de las complicaciones de lo simple: hay que crearla.
También se afirma, en el tono incoloro de la desesperanza, que no hay un liderazgo de peso y agallas al cual seguir. La respuesta es casi la misma: hay que crearlo de la nada, a pesar de la nada y contra la nada, pues la peor forma de parálisis de una sociedad es su incapacidad para construir una salida frente al mal que la ahoga.
Con gran sabiduría, la historia enseña que, a veces, las mejores alternativas frente a una crisis están dictadas por la angustia y la desesperación.
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Escribió Mahatma Gandhi: “Saber lo que es correcto y no hacerlo es la peor forma de cobardía”.
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