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1 febrero, 2024

José Agustín Ramírez

En la década axial de los 60, en la que vivimos el surgimiento o la revelación de grandes escritores mexicanos, el escritor José Agustín (Acapulco, 1944) fue uno de los mejores.

Imaginemos a los 60 como un continente literario en el que hay de todo: una generación de salida, en la que figuran los nombres de Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Samuel Ramos y José Vasconcelos; y una generación de entrada que llega pisando fuerte, en la que se cuenta a Emilio Uranga, José Emilio Pacheco, Gustavo Sáinz, Carlos Monsiváis, Jorge Portilla Livingston, Parménides García Saldaña y nuestro José Agustín Ramírez.

Dos o tres años antes del inicio de la década habían fallecido Alfonso Reyes y José Vasconcelos, dos de los máximos exponentes de la literatura nacional en la primera mitad del siglo XX.

La década de que hablamos fue un hervidero de muchachas y muchachos leyendo y escribiendo. Gracias a ese sencillo, pero significativo acto de compromiso con la cultura, el ánimo y la vitalidad de esa generación no se perdió en las drogas, ni se desbordó en episodios sangrientos que habrían sido lamentables para el país.

Esa década, sí, fue una coliflor de humo, una asamblea de ruido y silencio que fecundó en letras, un hervidero de sensibilidades que dio voz a una generación y un país.

No obstante, las atmósferas cargadas de literatos y escritores no son un banquete de vegetarianos y veganos, sino algo distinto: un retorno real y metafórico a la caverna de Platón, un ritual de antropofagia primitiva en el que ni siquiera el aire sale bien librado.

Esto explica, en buena medida, la ojeriza de Monsiváis contra José Agustín y su obra, pero también la tierra de por medio que el mismo Monsiváis tomó frente a Parménides García Saldaña, autor de “El rey criollo” y a quien se atribuye la paternidad del movimiento la “Literatura de la honda”.

José Agustín, uno de los escritores sobresalientes de aquella camada sesentera, falleció el martes 16 de enero en Cuautla, Morelos, después de una vida de grandes aportes a la novelística, la crónica, el teatro, el ensayo, el documentalismo y el guion cinematográfico.

Su primera novela fue “La tumba”, publicada en 1964 con ayuda de Juan José Arreola, cuando pertenecía al Taller Literario del oriundo de Ciudad Guzmán; en 1966 publica “De perfil”, su segunda novela y la más autobiográfica de todas; luego “El rock de la cárcel” (1986); más tarde “La panza del Teposteco” (1993) y después el que es, a mi juicio, su mejor libro de ensayos: “La contracultura en México” (1996).

El escritor, según algunas fuentes de la literatura, es un demiurgo que está entre nosotros para cumplir una misión: escribe para extraer la esencia de las cosas o para dotar de “ánima” todo lo que su pluma o su mirada tocan; es un artesano de la revelación de aquello que está detrás de la realidad; se mueve entre las costuras de la vida y los entresijos de la imaginación, únicamente para ser quien es. Ser escritor no es cualquier cosa sino cosa seria, pues lo más delicado que hay en el mundo -después de la mujer- es la palabra.

Toda la obra de José Agustín es el rico venero de una literatura vivencial, no hija de la ficción sino de los cartílagos, las vísceras, la entraña y la vida.

Rebelde e irreverente, en una época en que no faltaron las rebeldías e irreverencias del “pelado” y el sumergido social, en la escritura de José Agustín “las reglas de la gramática se le deshacen entre los dedos como cubos de hielo”. Particularmente en “De perfil” abundan los anglicismos, los neologismos, los barbarismos de “la honda” y un montón de terminajos de la jerga citadina.

En “De perfil” transcurre una sociedad que sufre la brecha generacional adultos-jóvenes, que instala el “tuteo” del hijo hacia el padre y en la que temas tabú del México tradicional (el sexo, las drogas, el hipismo, etcétera) se ventilan en la sala de estar como asunto de calles profanas y no de rincones de ligas de la decencia.

El estudioso José Luis Martínez, uno de los pocos expertos mexicanos en la obra de Alfonso Reyes, llegó a afirmar, en los setenta, que “De perfil” es “una de las novelas más ambiciosas, entretenidas e interesantes de la nueva literatura” mexicana.

Al margen de que una simbiosis contracultural une al rock mexicano en español y al movimiento literario de “la onda”, después de unos años cada moda o corriente estacional siguió caminos separados.

El hedonismo existencial y el valemadrismo mexicano como temple cultural, son centrales para comprender la obra y los personajes de José Agustín.

Sin embargo, la cultura “pop” de la época, el hipismo rockanrolero y los sueños de una generación que, pese a todo, se aferró con todas sus fuerzas a su esperanza, son el toque vivencial y humano de las novelas, cuentos y obras de teatro de José Agustín.

El mejor homenaje es leerlo con los ojos del cuerpo físico, y al mismo tiempo, disfrutarlo con los ojos de la imaginación.


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