26 septiembre, 2023

Dante Medina: Autobiografía en femenino

Martina Franzini

Durante la redacción de mi tesis de maestría en traducción especializada (Universidad de Bolonia, campus de Forlì), que se centró en la traducción del español al italiano de la novela Esta gringa que ves: nació en México y no habla inglés, tuve la gran oportunidad de entrevistar al autor Dante Medina.

En esta obra, que puede definirse una “autobiografía en femenino”, el escritor, a través del punto de vista y de la voz de una mujer, narra la historia de una familia desde el nacimiento del abuelo a finales del siglo XIX en Estados Unidos, pasando por la migración a México, hasta la luna de miel de la protagonista, una gringa atípica porque, precisamente, nació en México y no habla inglés. 

Con el trabajo de análisis del texto y traducción quise transmitir al público italiano la riqueza cultural de la novela de Medina, en la que se representan diferentes aspectos de la cultura mexicana, respetando el estilo literario del autor, quien enriquece su novela con un lenguaje genuino, lúdico e innovador.

Entrevistar a Dante Medina fue la oportunidad perfecta para conocer más de cerca al escritor y su manera de ver e interpretar la literatura, la escritura y la traducción. Me gustaría entonces compartir con los lectores nuestra interesante conversación: 

 

  1. Me gustaría preguntarle algo sobre su formación, y en particular su formación literaria: ¿cómo nació su pasión por la literatura y cómo, y por qué, decidió ser escritor?

Dante Medina: Mi pasión por la literatura nació conmigo, al mismo tiempo en que nací yo. Desde antes de saber escribir inventaba historias, e inventaba chistes. Desciendo de una familia oral, por parte de madre y de padre. No conocíamos la energía eléctrica. Mi infancia transcurrió escuchando narraciones de mi madre, y de mis tíos, que me contaban cuentos de mis abuelos a los que no conocí. Apenas sabían escribir, así que su mundo lo vivían en la palabra hablada. Cuando mi madre supo que yo quería “estudiar para escritor”, le pareció algo completamente normal, cosa rara en México, donde los padres quieren que sus hijos sean médicos, abogados, ingenieros, porque, dice la tradición popular, “los escritores se mueren de hambre”.

 

  1. ¿Hay autores u obras que más le inspiraron en su carrera de escritor?

DM: Es una lista grande. Los clásicos de la literatura hispanoamericana y europea. Fui tímido, así que mientras otros jóvenes y adolescentes hacían “vida social”, yo leía en mi habitación, y escribía. Por fortuna, no había Internet. Cuando me di cuenta, mis lecturas eran tantas que antes de ingresar a la Facultad de Letras, ya era yo profesor de Preparatoria (Liceo), y en segundo año de Licenciatura fui aceptado como profesor de maestros de primaria en la Universidad Pedagógica Nacional.

 

  1. Ud. es un escritor muy prolífico y en su producción hay libros de narrativa, de poesía y de teatro. ¿Hay un género en que se identifica más o en el que se siente más a gusto escribiendo?

DM: Me inclino por Las Literaturas, por eso me especialicé en Literatura Comparada: los movimientos literarios no reconocen fronteras geográficas ni lingüísticas. Hay que leer trasladándose de un país a otro, de una lengua a otra. Lo mismo pienso y siento de los géneros. Cuando quiero escribir “algo” (que siempre es una sensación y no una idea o argumento), siento en la voz de esa necesidad el género que hace falta. Y, si he elegido bien el “molde” cultural necesario, me siento en él muy cómodo. Por eso he transitado en todos los géneros, incluso en los “menores”: la poesía popular, el panfleto, el apócrifo, la canción, el pastiche, la parodia… Sin embargo, no me basta; he inventado varios géneros literarios para otras sensaciones que no cabían en ninguno de los existentes: la cuentonela, el novecuento, el poecuento, el palabrario, la tramodia, etcétera.

 

  1. ¿Cuánto tiempo dedica a la escritura? ¿Tiene usted un sitio favorito donde escribir?

DM: Todo el tiempo, todo mi tiempo. Yo no hago otra cosa sino escribir, incluso cuando no escribo. Cuando duermo, escribo. Mientras leo, estoy escribiendo: los libros de mi biblioteca están llenos de anotaciones, de frases, de cuentos breves, de apuntes, de versos… En cuanto al sitio: puedo escribir donde sea, con lo que sea, de la computadora al lápiz, o incluso la memoria si no tengo nada más; he escrito muchos poemas mientras estoy con la boca abierta y los ojos cerrados en el sillón del dentista. Pero mi lugar ideal para escribir es un espacio grande, abierto, desde el que se vea naturaleza, bosque, siempre con un árbol grande a mi lado izquierdo. Me gusta el papel blanco y la pluma, pero la máquina de escribir y la computadora también me agradan.

 

  1. A lo largo de su carrera Ud. ha viajado mucho y ha visitado diferentes estados y continentes. ¿Hay un país que siente como más cercano desde el punto de vista emocional? ¿Y qué relación tiene con Italia y con Forlì?

DM: Amo Italia y la cultura italiana, sin duda predestinado porque me llamo Dante. Es algo muy fuerte en mí. Desde los catorce años empecé a estudiar italiano. He leído algunos de los autores de literatura infantil que leen los niños en Italia. Gianni Rodari, entre ellos, que me ha marcado. He visitado y recorrido Italia muchas veces en mi vida, de punta a punta, y he escrito un libro de viajes por Italia. Mi primer libro publicado tiene epígrafes en italiano en cada uno de los cuentos. Francia, por otra razón (desde siempre hablo español con una “ere” francesa), es otra de mis patrias: ahí viví, ahí estudié mi doctorado, ahí fui profesor universitario. He vivido también en Alemania, en Berlín. Y he sido profesor en Estados Unidos, en la University of Washington. A España también le tengo un gran cariño, y la visito regularmente. Admiro mucho Corea y Japón. Suiza es cautivante. En Rumania me han traducido con gran generosidad. De la antigua Yugoslavia guardo un recuerdo precioso. Y Argentina es un país que me ha dado un enorme cariño. Perú y Costa Rica han sido muy gentiles conmigo. Un país es su paisaje, su comida, su lengua, y su gente. Así que me detengo, ¡no quiero acabar con la geografía del mundo! Forlì es un punto y aparte, que tiene nombre: Gloria Bazzocchi [supervisora de la tesis en cuestión], Giovanni Nadiani, y Daniele Ferroni. No dudo en utilizar la palabra hermandad. A Gloria la quiero como a una hermana. En Forlì he sido acogido como uno de los suyos. Tengo en mi biografía cuatro filiaciones de familia con universidades: la Universidad de Guadalajara (México), la Université Paul Valéry de Montpellier (Francia), la Università di Bolonia – Forlì (Italia), y el Trinity College (Irlanda).

 

  1. Esta gringa que ves: nació en México y no habla inglés es la obra que elegí para el análisis y la propuesta de traducción de mi trabajo de fin de maestría. ¿Cómo se le ocurrió escribir una autobiografía en femenino? ¿Tenía un lector modelo en la mente cuando concibió la novela?

DM: En muchas de mis obras el personaje central es una mujer. Varias veces me habían sugerido que escribiera mi autobiografía. ¿Para qué?, me dije. Son más interesantes las biografías de mujeres. Así que combiné: hice una autobiografía en la que el personaje, una mujer, es el narrador. La lengua femenina, o la lengua desde el habla femenina, incluso la voz, me parece mucho más atractiva que el habla masculina. En cuanto a la segunda pregunta: nunca tengo un tipo de lector en mente cuando escribo una obra. Sólo sé que quien me lea tiene que ser inteligente y sensible. El lector “previo”, el que lee mientras escribe, el que vigila la calidad del texto y de la imaginación, es el lector exigente que soy yo.

 

  1. La obra se define como una “autobiografía en femenino”, pero llega un punto en el que el lector se da cuenta de que esta no es su autobiografía, escrita en femenino, sino la biografía de alguien más, supuestamente de su mujer, ¿es correcto? ¿Era su intención crear un “efecto sorpresa” en el lector?

DM: Es correcto. Es la autobiografía de una mujer, narrada en primera persona por una mujer, y el autor, el escritor de la vida real es un hombre. No había una intención precisa de crear un “efecto sorpresa” sino de hacer literatura, un relato de ficción basado en hechos históricos, y que fuera verosímil.

 

  1. En muchas ocasiones, incluso en una conferencia con los estudiantes de la Universidad La Sapienza de Roma de diciembre de 2020, Usted dijo que “escribe como mujer”. ¿Significa también que Ud. se identifica más con las mujeres, con su modo de ser y su sensibilidad que con los hombres?

DM: Efectivamente. Así es. Me identifico más con las mujeres que con los hombres. Tiene muchas cosas que me encantan de lo femenino en la naturaleza: son más terribles que lo masculino, pero comprenden mejor, utilizan más sentidos para abarcar el mundo, su capacidad de supervivencia es mayor, y son la lengua, y por lo tanto la memoria del género humano. Por eso su sentido de la fabulación, del relato, de la conservación del recuerdo, son muy superiores.

 

  1. En ciertos puntos de la narración, a través de la voz y del punto de vista de Litebí, es interesante ver cómo también habla de Ud. mismo. ¿Ha sido difícil ponerse en los zapatos de alguien más y verse (y presentarse) desde fuera?

DM: Yo sólo soy el autor de esa novela. El narrador es la narradora Litebí. Y ella cuenta su vida, y la cuenta en femenino, con voz femenina. Nada más consecuente que hable de su entorno, y como yo soy parte de su alrededor, pues habla de mí, con mi nombre civil, y me convierte en personaje: un personaje (yo) visto con los ojos de la narradora, colocándome en el lugar que me corresponde en su vida, en su biografía literaria. ¡Ella fue la que se puso en mis zapatos! O, mejor dicho: ella es la que me ve, la narradora, con mis zapatos puestos.

No voy a eludir la pregunta con argucias lingüísticas y ficcionales. El autor que soy yo escribió esas letras, pero quien habla es la narradora. Sí, fue simpático, y hasta agradable, hablar de mí mismo con la voz de una mujer de ficción que me describe y se refiere a mí; es como un espejo lingüístico referirse a uno mismo en tercera persona, haciendo que el narrador me “mire” y se refiera a mí diciendo “él” en el momento en que yo sostengo la pluma y escribo las palabras. Se opera un acto mágico: “yo” soy “él” en los ojos y lengua de ella. “Él” es el “yo” personaje descrito por ella, la narradora.

 

  1. ¿Qué papel juega el humor en dicha obra y, en general, en su producción literaria?

DM: Detrás de cada escritor humorístico, hay un ser humano pesimista. Un pesimista es un optimista bien informado. En toda mi literatura hay humor. El humor es cosa seria. Juega, pues, el humor, un papel importantísimo en mi literatura. No creo que la falta de humor signifique “seriedad”; ¡la ficción no puede ser aburrida! Imaginar es un privilegio, no un castigo; la imaginación es lo que conservamos de profundo del juego de la infancia. Nuestro ser lúdico. Un escritor es alguien que se niega a dejar de ser niño. ¿Qué sentido tendría la literatura si no me divirtiera, sorprendiéndome? Los momentos más intensos y bellos del conocimiento humano aparecen cuando un niño asombra a sus padres con un descubrimiento, una sorpresa, una revelación, y el resultado es el azoramiento porque una nueva luz, que nos provoca una sonrisa nueva acaba de aparecer.

 

  1. La novela habla de migración, de guerras, de viajes, y de mujeres. ¿Estas temáticas se repiten en otras obras suyas? El tema de la lengua también es fundamental no sólo en el libro sino en su vida, ya que usted estudió en Francia y habla francés. ¿Cómo influye el idioma en la definición de la identidad de cada uno?

DM: Yo me repito sólo lo inevitable, y es muy poco en mi escritura. Busco instintivamente la novedad en cada obra. De esos cuatro elementos, uno nada más perdura: mujeres. La guerra en esta novela es un recuerdo de la guerra, una anécdota, diría yo: desprovista de tragedia y sangre. La migración sí, es fundamental, y atípica. Las migraciones contemporáneas suelen ser de países pobres a países ricos, y a menudo del sur al norte. Aquí la migración es de un país rico del norte (Estados Unidos) a un país pobre del sur (México). No es una migración por hambre, sino por retiro, jubilación, en busca de un bienestar tranquilo.

La lengua es un elemento central en mi escritura, y creo que debería serlo en toda auténtica escritura. Yo pretendo abrir una nueva ventana hacia el paisaje del lenguaje en cada libro que escribo. No soy un turista de la lengua, sino un viajero. Y de vez en cuando, me instalo por un tiempo en lenguas diferentes (evito la palabra “extranjeras” porque implica “extrañas”, “ajenas”, y eso es lo que no son para mí las lenguas: serán de otros, pero también podrían ser mías). Así que no sólo el francés, una lengua muy mía, sino otras, europeas y nativas americanas, han influido en mi identidad lingüística. La sintaxis de cada lengua es una manera de ordenar el mundo, para explicárnoslo; yo tomo sus enseñanzas y sus hallazgos para armar mi propio puzzle de la ficción (me desagrada la palabra en español, “rompecabezas”, para este mecanismo de combinatoria). Juego todo lo que puedo con elementos de varias lenguas cuando escribo. He llegado a hacer algunas travesuras, como escribir “Siete poemitas políglotos volando sin casi usar mi lengua”, en un viaje en avión de Reykjavíc – Bruselas, en alemán, catalán, francés, inglés, italiano, portugués, y al final, como un homenaje a Islandia, mi poema en español que traduje al islandés.

 

  1. Otra peculiaridad del texto elegido para la traducción es la presencia de neologismos. Su obra Con juego en la lengua (2020) incluye un índice de los neologismos que usted ha creado y utilizado en su producción literaria y que se titula, quizás provocativamente, “Palabras diccionariables de Dante Medina”. ¿Cómo logra crear palabras nuevas según la necesidad comunicativa del momento?

DM: Los neologismos están en toda mi obra. No son exclusivos de esa novela. Soy un creador de palabras. Con juego en la lengua es la recopilación de mis novelas completas en cuatro volúmenes. Ahí, hay un “Apéndice Lexicográfico. Repertorio de palabras Dante Medina. (Algunas diccionariables)”, de Sandra Ruiz Llamas, responsable de la edición.

Yo escribo con mi bagaje lingüístico, con mi arsenal de palabras que he ido acumulando y recogiendo durante mi recorrido vital. Son válidas para muchas cosas, para muchos momentos de la escritura. Pero es una paleta de colores limitada. Hay matices que yo necesito y que no están ni en el uso ni en el diccionario. Entonces, mezclo: uso elementos de una, dos, tres palabras, o referencias fonéticas, o recuerdos visuales de vocablos afines o distantes, y aparece un recién-nacido. Viene a llenar el hueco de una nueva forma de nombrar el mundo. Así, sencillamente, como un impulso, creo palabras nuevas que otros podrían usar, por lo que convendría almacenarlas en el diccionario, para cuando se requieran.

La idea de “diccionariables” es de Sandra Ruiz Llamas. Ella hizo una Maestría en la RAE (Real Academia de la Lengua) de Madrid, y su formación es de lexicógrafa. Sostiene que muchas de mis palabras deberían estar en el Diccionario, porque siendo antes inexistentes ahora existen, y son útiles y deberían estar a disposición de todos.

 

  1. ¿Cómo fue recibida la obra por el público?

DM: Esta gringafue recibida con entusiasmo, porque, como todo lo que yo escribo, no es un tema al que estemos acostumbrados, algo que esperemos, sino una especie de novedad. La migración “a la inversa”, que ya dije, la “autobiografía en femenino”, la conexión en la ficción de Estados Unidos y México, pasando por Asia y Europa todo esto le da a la novela un aire divertido y diferente. Además, se hizo notar la saga familiar desde la ternura y la historia contemporánea. También, evidentemente, el drama de que las lenguas no unan sino separen: mexicana, gringa, en México, descendiente directa de norteamericanos, y no habla inglés.

 

  1. Me gustaría comentar la portada de Esta gringa que ves porque me parece muy llamativa: un ave sobre lo que parece un trozo de sandía. ¿Qué representa esta imagen? ¿Fue una idea suya o una decisión de la editorial?

DM: La portada es un diseño de la editorial, hecha por Miguel Uribe Clarín, utilizando una obra pictórica de Raúl González Cortés. No fue idea mía, pero fui consultado y me pareció estupenda la idea. Para mí, hace alusión a Litebí (“Little bird”, pajarito), personaje de la obra, y los mexicanos consideramos a la sandía como muy nuestra, porque tiene los tres colores de la bandera nacional: verde, blanco, y rojo.

 

  1. En el panorama literario mexicano contemporáneo, ¿usted se identifica con alguna corriente literaria o con algún autor en particular?

DM: No, no, no. Yo soy un artista en solitario. Odio pertenecer. Nunca me uno a clubes. Voy por mi propia vía. Respeto, eso sí, a mis ancestros. Digo algunos: James Joyce, L’Oulipo, Italo Calvino, Alejo Carpentier. Normalmente “lo mexicano” en mi país se confunde con “lo defeño”, la Ciudad de México, donde tienen el espejismo de que todo en la cultura sucede ahí. Yo soy, en el más digno de los sentidos (el de los escritores que cité, y otros bordes que alargan los límites del arte), un escritor periférico, ¡que no marginal!, sino que me salgo del centro, de los centros, de los movimientos, de la moda, de lo “literariamente correcto”, así que podría agregar a Samuel Beckett, Raymond Queneau, Julián Ríos, César Vallejo, Juan Rulfo

Amo la vida. A mi obra artística le gusta la paz, porque su desasosiego es interior. Me dan pánico los reflectores. “Anacoreta con libros” no sería una mala definición para mí. Cuando hay que salir al escenario, no le temo al papel de “rock star”, porque una de mis primeras naturalezas (ficcionales) es mi formación de actor. Sin embargo, insisto, lo verdaderamente mío es el trabajo de la escritura en un silencio personal que provoca el advenimiento de la música de las palabras.

Sin vanidades (que las tengo, y muchas), críticos importantes han hablado del “taller Dante Medina”, de los “muchos Dante Medina” de la escritura, de lo inusitado y novedoso de mi literatura, de mi aportación al español. Recuerdo algunos: Julio Ortega, Carlos Fuentes, Maria Grazia Profeti, Ciaran Cosgrove, Antonio Melis, Gustavo Sáinz, Alfredo Bryce Echenique, Fernando del Paso…

 

  1. Usted también es traductor, ¿podría contarnos algo sobre su experiencia en este sector? ¿Qué significa, para usted, la traducción? ¿Qué relación tiene con los traductores de sus obras? ¿En cuanto a Esta gringa que ves, qué aspectos debería tener en cuenta el traductor?

DM: Son cuatro preguntas. Fui profesor de esa cátedra en la Université de Montpellier y en la Universidad de Guadalajara. Me encanta la traducción: es un trabajo de voyeurista, que nos permite entrar en el cabinet, el boudoir, del artista. Nos sentamos al lado del autor para oír su voz, en la intimidad, mientras tratamos de adivinar su pensamiento y el sentido de sus palabras. Asistimos a su escritura y compartimos con él un sentimiento común de relación con el lenguaje.

Por eso he aprendido mucho, como escritor, de la traducción. Sólo he traducido a autores que admiro. Con la buena intención de “recuperar” su obra en otra lengua, y con el propósito del “buen saqueador” de aprender de su oficio, su métier de escritura. Desconfío de la exageración de creencias populares, basadas más en el ingenio de la frase y en el éxito de la divulgación que en la verdad de la pasión del traductor, del tipo, en italiano: traduttore traditore; en francés: les belles infidèles; en español: los falsos amigos.

Siempre me coloco en el pupitre de alumno cuando traduzco una obra de un maestro.

En algunos casos, como con Alain Robbe-Grillet, he estado cerca del autor que traduzco. En otros, eran autores ya muertos, como Henri Michaux, René Char o Albert Camus. ¡Cómo me hubiera gustado discutir con ellos algunos pasajes, algunas frases, algunas palabras! Usted, por cierto, sí tiene esa suerte conmigo, y la envidio.

Mi relación con mis traductores es excelente y cercana, porque a mí también me apasiona la traducción. Siempre he trabajado, muy de cerca, por largas temporadas, a menudo presenciales, con mis traductores, a quienes les tengo un enorme agradecimiento y una amistad entrañable. Me ha dado un gran placer ponerme delante de la versión de mi propio texto con David Forster (al inglés), Galis Florín (al rumano), Christophe Dubois (al francés), Gloria Bernabini (al italiano), Antonio Toledo (al zapoteco), Yong-Tae-Min (al coreano) y Christian Grando (al portugués).

En Esta gringa, el traductor debería tener en cuenta que está escrito en mexicano, más exactamente en jalisciense, y que, aún así, muchos de los sociolectos, en español y en inglés, son reales, verdaderos, incluso de periódicos o de diarios auténticos, pero otros son inventados, y tiene que leerse e interpretarse con lo que Christophe Dubois y Sandra Ruiz Llamas han calificado de “gramática mediniana”. Es decir: hay que tomárselo muy a risa, pero en serio.




Forlì, Italia, febrero de 2021.

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