15 septiembre, 2023

Leopoldo González: La soberbia de Claudia

Después de que perdió con encuestas, votos y malas artes presidenciales la elección en Morena, a Marcelo Ebrard no le quedan muchas alternativas.

Fue tal la “revolcada” de que lo hicieron víctima López Obrador, Alfonso Durazo, Mario Delgado y Claudia Sheimbaum que a Marcelo Ebrard no le dio ni tiempo de anotar las placas.

Seguir en Morena y sumarse a Sheimbaum no sería congruente: el respeto a sí mismo y a los propios seguidores debería ser lo más exigible y elemental en política. Agacharse y aceptar cualquier cosa, como hizo Monreal con aceitadas bisagras en el espinazo, sería una traición a la propia dignidad: una traición a México. Decidirse a arrastrar una derrota mal procesada mientras se construye el “Movimiento progresista”, tampoco parece ser una buena alternativa.

Más acá de que comienza a pagar los costos de su inocencia política y de que le ha hecho más daño que bien su cercanía y servil sometimiento a López Obrador, Ebrard es un personaje de alto perfil: sus generales no corresponden al instinto de manada y no debe terminar su carrera política en la derrota, la humillación y el ostracismo.

Hay casos en que la peor soledad de un político es la soledad política: el hielo de la falta de seguidores y de reflectores equivale, emocionalmente, a una muerte por dentro. Ese tampoco debe ser el camino ni el atajo de Marcelo Ebrard.

Según las opciones disponibles, luego que se ha sabido que un externo no sería bienvenido a Movimiento Ciudadano (MC), el único autorizado para salvar a Marcelo Ebrard es el propio Marcelo Ebrard. Salvarlo, ¿de qué? De sí mismo, de su falta de arrojo, del olvido histórico, de su falta de vigencia y presencia en el México de taquicardias derramadas como será el que viviremos de aquí a 2024.  

Así como se cierran ciclos en la vida, en ocasiones para no volver a abrirlos jamás, Ebrard debería quizá ser más asertivo en su apuesta de hoy: asumir que ni él es indispensable en Morena ni Morena es indispensable en su vida. Además, hay un trago amargo que no ha digerido y cuyo rigor debe probar su propio galillo: el de entender y aceptar que, así como López Obrador usó a Cuauhtémoc, a Porfirio, a Ifigenia, a Carlos Urzúa, a Carlos Herrera y a tantos otros para hacerse con el poder, así lo usó a él y debe capitalizar el futuro para saldar cuentas con su pasado.

Sería difícil cuantificar hoy la potencia de voto de Marcelo Ebrard, pero hay informes y elementos que hacen suponer que su separación de Morena podría significar entre 4 y 6 millones de sufragios, los cuales habría que restarlos a la popularidad que atribuyen algunas encuestas al inquilino de Palacio.

La candidatura presidencial se le esfumó a Marcelo Ebrard, debido a que los bloques y alineaciones para 2024 están ya muy definidos, pero lo que pesa y puede hacer valer en este momento es el significado de una fractura en el oficialismo, y algo más: la grandeza histórica de ser recordado como un personaje que, al sumarse con su gente al Frente Amplio por México (FAM), impidió un mayor daño al país por el personalismo autoritario de hoy.

Cierto, no se puede medir el tamaño de una fractura hasta que ocurra y tenga una traducción objetiva en números reales; en cambio, lo que sí puede y debe hacerse es prospectiva política y poner a retozar la teoría de escenarios.

La ruptura de Marcelo frente al obradorismo, o su eventual fractura ante todo lo que representan el morenismo y la 4T, tendría un significado histórico muy preciso y de no poca consideración para el país: por un lado, le quitaría posibilidades y fuerza de inercia a Morena para mantener el poder presidencial en 2024; por otro, podría costarle a la causa guinda y de AMLO su mayoría en el Congreso, con lo que acabaría de un solo golpe con el llamado “Plan C” presidencial, que consistía en ganar la presidencia y en asegurar la mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso de la Unión.

El limbo de la insignificancia histórica y el olvido es lo que más temen los políticos profesionales, porque es lo más parecido al purgatorio en la tierra: es flotar en una nebulosa de grises en la que ni se es decididamente negro ni se es francamente blanco. Y hay quien dice que el gris es el color del infortunio, la maldición y la tristeza.

Creo que un acuerdo de alta política, construido más allá de banderas ideológicas y pensando en el país, podría ser el camino más recomendable para Marcelo Ebrard: dejar de buscarle barbas al lampiño, ocupar un lugar con su gente en el FAM y dejar ir la presidencia de la República a cambio de algo mejor: la grandeza histórica de saber que se ayudó a salvar de la ruina a un gran país llamado México.

Claudia Sheimbaum se bastará a sí misma, por antipatía e incapacidad manifiesta, para destruir lo que López Obrador comenzó. Pero, además, contará con el aval y el invaluable apoyo de la cofradía de la lisonja.

Una combinación de factores es lo que da como resultado el triunfo o la derrota en una competencia: el personalismo maquiavélico de AMLO, la ceguera de Mario Delgado, la fractura de Marcelo Ebrard y la soberbia de Claudia Sheimbaum serán los pilares de la derrota electoral de Morena en 2024.

 

Pisapapeles

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