Unos más, otros menos y alguno de ellos peor, pero todos los partidos políticos en nuestro país han dejado de entender y atender las causas ciudadanas y están muy desacreditados.
Todo lo que hizo el PRI por el país, más lo que dejó de hacer y lo que hizo mal, impiden el aplauso y el reconocimiento unánime hacia sus gobiernos, en los que hubo de todo.
El PAN en el poder fue un eslabón de continuidad del PRI, por el liberalismo constitucional y el pragmatismo político de sus orígenes, pero sería un error ver en sus gobiernos la pureza y la castidad que una lectura de la historia les atribuye.
El Partido Verde es un ejemplo micro de los grandes males de la política mexicana: arribismo, improvisación, trepadurismo, clientelismo, grupismo clientelar y ausencia de una agenda verde, como la que sí tienen los partidos verdes y ecologistas de Europa. Los más enterados, incluso lo llaman Partido Verde “Oportunista” de México, y tienen razón.
El PT quiso ser la vía mexicana a un socialismo laborista, pero terminó siendo la franquicia personal de Alberto Anaya Gutiérrez (uno de los nuevos multimillonarios y hotelero de izquierda en México), y gallina de los huevos de oro para ciertas pandillas y burocracias estatales.
Movimiento Ciudadano (MC), el de la ola naranja, en el que se salva la trayectoria de Luis Donaldo Colosio y alguna otra, pero no más, pudo haber sido cabeza de playa de una izquierda seria y coherente, pero acabó siendo botín del gran instinto caciquil de Dante Delgado Rannauro y del gran instinto ´centavero´ de grupúsculos locales y regionales.
Si nos guiamos por la traición a su respectiva ideología y doctrina, todos los partidos políticos en México son traidores a sí mismos y a los ciudadanos.
Si, en cambio, los juzgamos y valoramos por su adhesión a la chequera y su gran amor al monetarismo de coyuntura, unos son “plurinominales” (por la pluralidad de nóminas) y otros francamente “polimamíferos” (por aquello de que, según el clásico, “el hombre -el hombre en general- es un mamífero de sangre caliente”).
Tanto los partidos como los políticos tradicionales, forman parte de una élite especializada en negociar sus prebendas y su propia conveniencia, mientras los ciudadanos de a pie se parten el lomo bajo el sol o la lluvia, en busca de sobrevivir a su propia realidad para llevar un mendrugo de arroz o de frijol a su casa.
El caso de Morena es aparte, y no porque su oficio de gobernar sea distinto o mejor, sino porque el zopiloteo partidista y las garras del buitre han sido lo peor que le ha ocurrido a México desde 1821, apenas un día después de consumada la independencia.
En ocho años, el partido gobernante duplicó la deuda pública de todo el periodo neoliberal; se acredita la mayor quiebra y cierres de empresas de la revolución para acá; ha empoderado y enriquecido a una casta de holgazanes como nunca en la historia y, por si fuera poco, tiene uno de los mayores déficits gubernamentales que se conozcan y ha hecho la más grande cantidad de obras inútiles que se recuerden, en un país que conoció tiempos mejores y no tan peores como los de hoy en día.
Hay tristeza y pesar en el pueblo de México: diariamente, el país amanece con la quijada endurecida y la mueca de un país burlado.
También, hay hartazgo e irritación en millones de ciudadanos: saben que el México que la 4t les prometió no es el Paraíso ni la Tierra Prometida, sino un montón de cadáveres insepultos, estatuas descalabradas, una economía destrozada y una versión dantesca del antiparaíso.
Esto nos enseña que elegir a tontas y a locas o por un cheque clientelar, no es lo mejor que puede ocurrirle a un país que ha sido grande por su historia.
La única opción que ahora tienen los ciudadanos burlados y estafados, es colocar zuela, corazón, esperanza y zapatos en la única canasta que les queda: la de los aspirantes ciudadanos e independientes.
Por aquí y por allá surgirán alternativas de cepa popular, de las entrañas de una ciudadanía humillada y ofendida, que señalarán cuál es el camino en este momento grave de la historia de México: si se prefiere una alternativa de mayor hundimiento y perdición nacional, esa será la opción respetable de unos cuantos.
Lo que hace falta, hoy, es una democracia de salvación nacional. Ojalá lo entendamos con claridad. Aún estamos a tiempo.
Pisapapeles
No es momento de preguntar qué es lo que puede hacer el país por nosotros, sino de preguntar cómo podemos salvar esta tierra y la porción de patria que nos toca.
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