13 octubre, 2016

Ramón Martínez Ocaranza: José Revueltas y la libertad de la poesía: Rosario Herrera Guido

Ramón Martínez Ocaranza: José Revueltas y la libertad de la poesía

 

Por Rosario Herrera Guido

 

Hemos aprendido desde entonces
que la única verdad,
por encima y en contra de todas las miserables
y pequeñas verdades de partidos,
de héroes, de banderas, de piedras, de dioses, que la única verdad,
la única libertad es la poesía,
ese canto lóbrego, ese canto luminoso.

 

José Revueltas, Palabras a Octavio Paz, Cárcel Preventiva, julio 19 de 1969.

 

  1. Proemio

Antes de tratar de penetrar en los hermosos y estremecedores poemarios El libro de José y José Revueltas o El verbo Torturado, permítanme agradecer la inmerecida distinción que la familia del maestro, el amigo y el poeta Ramón Martínez Ocaranza, me concede al invitarme a participar como expositora en este Histórico Coloquio por los 75 Años de su poemario Al pan pan y al vino vino (1941).

Los poemarios El libro de José y José Revueltas o El verbo Torturado fueron publicados con motivo del XXXIII Aniversario del fallecimiento del Poeta (Morelia, 21 de septiembre de 1982), en una edición de lujo, por el poeta José Mendoza Lara, Editor de Artes Gráficas Jitanjáfora, con el insuperable acompañamiento y cuidado de la maestra Laura Solís y su hija Jánicua Mendoza Solís, además de la lectura fina de la maestra Citlali Martínez Cervantes y el toque estético del diseñador gráfico e impresor Hirepan Maya Martínez, hija y nieto de nuestro poeta, en el horizonte del Magno Proyecto de la Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza, A. C., como sucesores del poeta Ocaranza, Y, nobleza obliga, reconocer el prodigio de la presencia de los espléndidos participantes y del gentil público, en el espléndido escenario de El Aula Mater de El Colegio de San Nicolás de Hidalgo. .

Ramón Martínez Ocaranza, confieso, siempre me permitió experimentar lo sublime, como lo define Kant en su Crítica del Juicio, “lo grandioso”, y como lo canta Octavio Paz, en El arco y la lira “[…] lo poético no es algo que está fuera, en el poema, ni dentro, en nosotros, sino algo que hacemos y que nos hace (Paz, El arco y la lira, México, F. C. E., 1979:168). Una poética de lo sublime, desde la que gracias a un espléndido obsequio del Lic. Alfonso Rubio y Rubio, tuve la oportunidad de leer el poemario Río de llanto, a la memoria de su hermano Gilberto, quien encontrara una muerte trágica en las aguas de El Río Jaltepec, Istmo de Tehuantepec, el 21 de agosto de 1954: “¡Ay, que la vida llora / dentro del agua / soñando caracoles / de mar amarga! / ¡Ay, que la vida llora / dentro del río / soñando caracoles / de verdes gritos! […] ¡Agua de los caballos / enlutados / que llegan a la mar / llenos de llanto! / ¡Agua de los caballos / amatillos / que llegan a la mar / dando de gritos! / ¡Agua de los caballos / de lo verde / que llegan a la mar / llenos de muerte!” (Martínez Ocaranza, Morelia, UMSNH, 1955).

Ramón Martínez Ocaranza, después de heredarnos en vida excelsos poemarios como Río de llanto (1955), Otoño encarcelado (1968), Elegía de los triángulos ((1974), Elegías en la muerte de Pablo Neruda (1977) y Patología del ser (1981), sólo por citar algunos de sus monumentos arquitectónicos y orquestales, tras su muerte o su inmortalidad poética, como diría Ramón de sí mismo y de José Revueltas, nos lega La edad del tiempo (1984), Vocación de Job (1992) y El libro de los días (1997), y ahora nos dona José (2014) y José Revueltas o El verbo Torturado (2014). Un poemario para el camarada El libro de y el amigo, su más agudo interlocutor, el escritor, guionista, cuentista, novelista, ensayista y poeta, el congruente activista político quien sufre durante su vida cuatro encarcelamientos: después de participar en un mitin en el Zócalo (1929), julio a noviembre en las Islas Marías (1934), a donde vuelve entre (1934-1935), y el más conocido encarcelamiento en Lecumberri, por su participación en el Movimiento Estudiantil (1968-1970).

 

  1. El libro de José

 

El libro de José es —como advierte Ramón— la primera conciencia de sus signos, que manifiestan las trágicas preguntas al signo de los signos: el ser y su condición mortal. Como en el “Elogio del hombre”, del coro de Antígona de Sófocles, no hay nada más siniestro que el hombre (en griego, Deinotaton: lo tremendo, lo que hace temblar), porque, aunque es capaz de domeñar las fieras montaraces, surcar los mares, arar la tierra y no hay nada a lo que no se pueda enfrentar, sólo de la muerte no puede escapar, y como en el trágico cantar de Yago en la ópera Otelo de Giuseppe Verdi: “Viene, después de tanta irrisión, la muerte”. Y que evoca que la tragedia, a diferencia de la comedia, jamás se resuelve, como enseña un gran filósofo de la tragedia, Eugenio Trías.

Tal vez por ello, el poeta Ramón Martínez Ocaranza, desde el primer capítulo, ante la muerte de José Revueltas pregunta: “¿Es tu última cárcel, / camarada, / la cárcel de la muerte? / ¿Entras ahora al reino de la pura / serenidad?”. Y se responde: “Es muy probable que los terribles güevos de la Historia / tengan más potestad / bajo / la / tierra […] Los hombres como tú / caminan solos / adentro de sus tumbas […] Todos los hombres mueren con su muerte […] Sólo la muerte ya no tiene muerte / cuando nace la Luz […] Entonces todos / los materiales / son / de / la / conciencia […] Los signos de la luz son la conciencia” (Martínez Ocaranza, El libro de José, pp. 9-12). Versos en los que además de poner en el centro de tu labor poética a la soledad, profetiza la inmortalidad simbólica e histórica de José Revueltas. Como en Muros de soledad: “Morir o no morir; / pero ser héroes / de nuestra propia soledad” (Martínez Ocaranza, Muros de soledad, Morelia, La Espiga y el Laurel, 1951:31).

En el segundo capítulo, “El viento de la noche en Lecumberri”, verso a verso, denuncia que en prisión le pusieron cicuta de víboras en su vino. Que las ratas de la “Ley”, desde su negra madriguera, “licenciados de papel podrido”, en contubernio con “la cabrona de su señoría”, con “Tinta de paquidermos” se dedicaron a matar a los héroes de México, y, después de muchos años de polvo y “con lágrimas de sapo, / van a lamer los güevos de la Historia”. Porque Revueltas tenía que pagar todas las deudas de sus testimonios en las cárceles. Y como nadie le creyó que era el Profeta, le quemaron los pies como a Cuauhtémoc. Para ir más tarde “a buscar sus huesos. / Cuando había que buscar tus güevos de oro” (Martínez Ocaranza, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:21). Por ello le pregunta a la tinterilla de barandilla “Señora Licenciada: / ¿Cuánto le dieron para condenarlo? / ¿Le dieron la misión de los burdeles? / ¿O la condecoraron con el premio / de la puta mayor del Doctorado?” (Martínez Ocaranza, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:22).

Porque como grita Ramón, para que se escuche en todo el mundo, ser poeta nos es dedicarse a institucionalizar los diccionarios, sino poder mentarle la madre al carcelero, a las “Leyes del Destino” y morir como hombres y no como guiñapos, lamiéndoles las botas a los amos. “Morir en la belleza de la muerte, fuera del alcance de todos, las patrullas y todos los soldados. Cuando mucho te apandan […] Hermano del dolor; / hijo del fuego / padre de la sustancia del Destino: / desde tu tumba escucha / las bárbaras serpientes / de la conciencia” (Martínez Ocaranza, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:15-25).

Ramón siempre advirtió que el poeta es el hermeneuta de la imagen Épicotrágica del destino, de su propio destino: “Él es su laberinto […] Y su HILO DE ARIADNA es su propia conciencia de la conciencia del Destino”. Delfos ha sido clausurado, cerrado, cual celda, donde el poeta estudia el doctorado. No hay Apolos, pitonisas, Tiresias, ni yerbas alucinantes que lo sustituya. Porque la imagen más pavorosa de la conciencia del poeta es la ÉPICOTRAGICA de la muerte. Y es que cuando el poeta Es, verbo y sustantivo, es invulnerable, insobornable, incorruptible e inmortal. Porque “la eternidad es la conciencia de la creación […] Sólo los infecundos, los vacíos, los mutilados, los eunucos, pueden negar la afirmación del Ser, en cuanto Ser creador y fecundado por la conciencia de eternidad” (Martínez Ocaranza, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:81-84).

A la muerte de Revueltas —canta Ramón— sobraron los infames que lo querían llevar a la crujía de los Hombres Idiotas. Pero en su última novela, El Apando (Revueltas, México, Era, 1969), se levantó de su tumba para infamar a los que pensaban enterrarlo. Pero José Revueltas es inmortal, sigue repartiendo volantes que le mientan la madre a los dictadores y organizando el Partido de la Perfección de la Tierra. Y es que “no hay cárcel que pueda con sus muros. / No hay cadenas que puedan con sus puertas […] Y del Ser al No-Ser, sólo Es la creación elaborada por Apolo” (Martínez Ocaranza, “Mis preguntas”, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:100-103).

La despedida de Ramón a su amigo e interlocutor más agudo, es un llamado y una elegía, para afirmar la libertad del espíritu, de la muerte, la libertad de la conciencia, la libertad de la creación, la libertad del verbo, del verso, del pensamiento, de la tinta de las estrellas, que es la única que permanece: “Los mexicanos hacen un pinche circo de la muerte. Cuando los héroes están muertos, les levantan estatuas. Y cuando viven, los mandan al presidio. Cuando Prometeo le mienta la madre a un mensajero de Zeus Tunante, en griego, La Academia de Poesía Dramática de Grecia le pone una corona de laureles. Pero cuando un mexicano le mienta la madre a un mensajero de Zeus Tunante en castellano, entonces lo encarcelan, lo ‘…apandan…’, le cierran las puertas de los ministerios […] lo hacen perro del mal […] Pero en este país de Zeus Tunantes, también hay Prometeos insobornables. Renato Leduc es uno. José Revueltas es dos. Y yo, aunque valgo madre, soy el tres. Y no digo quien es el cuarto para que la CIA no lo ‘… apande …’ en Lecumberri” (Martínez Ocaranza, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:96).

Nueve capítulos, que debido al breve espacio, sólo puedo esbozar aquí, pero que como los cielos ptolomeicos de la Comedia Divina, permiten acercarse para escuchar la despedida y la bienvenida a la eternidad que Ramón Martínez Ocaranza le da al poeta José Revueltas: “con un mitin de puños apretados” [donde] “mil cornos nos congregan […] Porque de muerte a muerte condujiste tu perfección […] Fuiste tu salmo / glorificado por tus camaradas” (Martínez Ocaranza, El libro de José, Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014:67).

 

  1. José Revueltas o el verbo torturado

Para cerrar, por ahora, nada como difundir la buena nueva, La biblia de México, que Ramón Martínez Ocaranza proclama, en su espléndido ensayo José Revueltas o el verbo torturado (Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza y Red Utopía, 2014), que también es publicado en el marco del XXXIII Aniversario de su Fallecimiento, quien descubre los muros de su presidio para escribir los libros de sus cárceles.

Ramón, desde su propia poesía, que siempre definió como mitológica, habla de la obra de José Revueltas desde el origen “En el principio había sido el caos…”, su Génesis: Los muros de agua (Revueltas, México, Era, 1978) y después “el desmadre”.

A este diluvio le sigue El luto humano (Revueltas, México, Era, 1980), “el libro de los buitres”, el inhumano luto humano, en el que las aves de rapiña engullen las vísceras del hombre y el milenario Prometeo agoniza en “el desmadre de los siglos”: los pueblos devorados por sus buitres.

Más tarde, “el libro del destino”: Los días terrenales (Revueltas, México, Era, 1973): la ponzoñosa envenenada por la vida, con su llaga infectada, donde los negros venenos tratan de ocultar “la intolerancia”, de los monaguillos y cofrades del dogmatismo antidialéctico: los comunistas. Por ello y por tantas noches del mundo “¡qué ganas de tragarse los güevos para engendrar la luz”. Los días terrenales, maldecidos hasta por el poeta chileno Pablo Neruda (la única maldición que realmente le dolió a José Revueltas, hasta el llanto). Cuando cuenta, Ramón, que un día se tomaron dos botellas de tequila en su casa y Revueltas juró no volver a escribir.

Pero José Revueltas volvió a escribir. Y renació de los vestigios. Y parió el libro de la página roja, Los errores (Revueltas, México, Era, 1979), dedicado a los estúpidos que enlodan sus existencias en las orgías. Libro de laberintos lujuriosos, el libro del hombre en la tierra, en la cúspide de la diáfana belleza. Como un gran novelista, Revueltas limpia “la mierda de la vida con el divino soplo de su verbo”. Amante de la belleza, pero conciente de la porquería, Revueltas y Ocaranza deciden denunciarla, gritarla, maldecirla: escribir la verdadera historia de las miserias astrológicas. Pero Los errores no es una novela pornográfica sino una crítica a la impudicia. José Revueltas —señala Ramón— no se documenta en las páginas rojas de Ecxélsior, Vanidades o la idiota cátedra de la televisión, no es padrote de las casquivanas políticas ni de los diputados de segunda, ni vende sus metáforas en Wall Street.

Y tras el Apando (Revueltas, México, Era, 1978), la cárcel maldita de la “revolución”. Donde las meretrices de “la canallobestiolococracia”, condenan a los hombres creadores del destino, patriarcas de la dignidad y héroes de la ternura, a Lecumberri, a donde van los sabios, los matemáticos, los ingenieros, los pensadores, los novelistas y los poetas (aludiendo a su encarcelamiento en la Penitenciaría de Morelia en 1966). Para que los maten a patadas los locos de las heroicas drogas de “la revolución”. Para que a los presos políticos los enloquezca la despersonalización de su número, el encierro y los castigos, hasta que los embrutezca la alimentación de mierda de las prisiones; para que los enloquecidos prisioneros asesinen a los mejores hijos de México, y poderse lavar, como Pilatos, sus ensangrentadas manos. El Apando —declara Ramón— “es la novela más perfecta de América, una novela a toda madre, porque le mienta la madre a todos los apóstoles sin madre”. Revueltas es el novelista del desmadre de México, que le da en la madre en las Islas Marías, en la Plaza de Santo Domingo, en Lecumberri con toda y su tribu y el día de su muerte, cuando los títeres de la muerte del poder, desmadraron a los mexicanos “en las entrañas nahuatlacas de Tlatelolco”.

De Maquiavelo a Albert Camus, pasando por Friedrich Nietzsche, Karl Marx, Sigmund Freud, Jacques Lacan, Jacques Derrida, Michel Foucault, Eugenio Trías y Giorgio Agamben, la filosofía política es un compendio de desmitificación del poder. José Revueltas y Ramón Martínez Ocaranza son herederos de esa tradición de la ruptura, como la llamó Octavio Paz (Los hijos del limo, Seix Barral, 1974), de una izquierda crítica y moderna, que caracterizó al siglo XX y que hoy, por impotencia, cobardía y ambición se entrega sin rubor a la derecha y hasta la ultraderecha.

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