13 diciembre, 2023

Raúl Casamadrid: Agosto agoratorio

El octavo mes de año tiene algo de fábula y algo de predicción; durante agosto se habla de lo que fue en tiempo presente, y de lo que vendrá en una especie de pasado compuesto donde nuestras expectativas futuras nos transladan a un fin del año ideal; y damos por hecho aquello que, aún cuando no se ha cumplido, forma parte de nuestros más decididos anhelos.

Con frases hechas y clichés vamos sorteando la segunda parte del año, y es la poesía, cuando irrumpe, quien con palabras nítidas y llenas de sustento nos devuelve a una realidad que muchas veces enmascaramos, en la búsqueda de un confort anestésico, y cuya amnesia nos brinda la seguridad de un pasado borroso –pero ya sorteado– y la certeza del futuro que deseamos –aunque envuelto en la neblina de aspiraciones todavía truncas–.

Lejos del mundo ideal pero cercana a la ensoñación, la poesía se caracteriza por ser una manifestación de los sentimientos, del pensamiento, las emociones y la reflexión; su origen es tan incierto como el del surgimiento de la palabra: aquella voz que nació cuando el primer ser humano pronunció la primera palabra; esa palabra que lo hizo ser plenamente hombre o mujer. Antes, la comunicación existía pero sin nombre: todo eran señas, gestos, gritos o espasmos. Fue la palabra la que retiró el velo de las cosas; y, al nombrarlas, se hizo poesía.

Con la poesía el ser humano logró ser capaz de expresar en torno al amor, la belleza, la vida y la muerte; y al nombrar –no solamente las cosas palpables a nuestro derredor, sino también las ideas: el pasado y lo futuro– pudo adentrarse al mundo de lo inmaterial, del pensamiento, de los sentimientos, de la historia y del porvenir.

Hoy, en este día de agosto y en este espacio tan bello y emblemático, nos reunimos en torno a la palabra de tres poetas, congragados en el presente de un libro donde conviven el pasado de la reflexión, el presente de la escritura, y el futuro de su lectura: Donde muere el verano.[1]

Pocos títulos tan bien elegidos y tan propicios para unir la voz, la palabra y la poesía de tres escritores que conviven aquí con tres poemarios: “El Retorno de Antígona”, de la pluma de Rosario Herrera Guido; “Vuelo de cisne sobre el Este”, de Leopoldo González, y “Poemas para poemar”, de Marco Antonio Herrera Guido. Me congratulo, también, por la presencia en este foro del poeta y promotor cultural Juan Pablo Ramírez Gallardo, amigo cercano con quien he compartido en la Academia de Poesía de Michoacán.

Este libro, bellamente editado por Silla Vacía Editorial y Letra Franca nació –como todas las cosas buenas– en el momento adecuado, y fue madurando poco a poco a lo largo, de, al menos, los últimos dieciocho meses.

El Retorno de Antígona es un hermoso canto que se va elevando a través de cuarenta y cuatro partes, donde cada una contextualiza y actualiza a las demás. Con un epígrafe del picoanalista parisino Jacques Lacan, su lectura nos va adentrando a la figura de Antígona, una mujer joven, víctima y a la vez heroína, única capaz de desafiar al tirano. Símbolo de lucha y determinación, Antígona es también el título de la tragedia de Sófocles, obra que fuera representada –por vez primera– más de 400 años antes de Cristo, en los escenarios de aquellos enormes foros griegos, cuyas gradas llegaran a ocupar más de quince mil espectadores.

También Antígona –por cierto– es el nombre del personaje de ficción que protagoniza el libro de la filósofa queretana Sara Uribe: Antígona González, una joven residente en Tamaulipas quien, al descubrir que su hermano Tadeo ha desaparecido víctima de la violencia que azota ya a todos los estados del país emprende, desesperadamente, su búsqueda, sólo para encontrar a otras cientos de Antígonas que comparten el dolor de la pérdida de un ser querido, y que remueven con palas, picos y hasta con las uñas los terrenos sembrados de fosas en el gran cementerio que se ha convertido el territorio nacional.

Leo tres estrofas del poema de Herrera Guido:

 

Sublevada doncella

grave es el estupor ante otra fatídica proclama:

Creonte, el hemano de tu madre Yocasta

usurpa el trono y le niega sepultura a Polinice.

¡Ay, sangre de tu sangre!

 

Ciega y Vidente doncella.

Por fidelidad a la tierra

justicia y verdad

más que por exaltación

declaras sepultarlo.

 

Heroína muerta

desde que asomas tras el telón

escoltada por un centinela del palacio

acusada de esparcir polvo

al cadáver de tu hermano

arropada por las sombras.

 

En este tenor se desarrolla “El Retorno de Antígona” de Rosario Herrera Guido, filósofa, psicoanalista, escritora y maestra con quien –por cierto– algunos de los presentes hemos tenido el honor de asistir a su cátedra. Ensayista y poeta, con más de cincuenta libros y trescientos ensayos publicados, Herrera Guido nos brinda un poemario en donde no podemos dejar de escuchar el eco de otra filósofa, María Zambrano, quien también fuera profesora en nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y que en 1948, en su libro La tumba de Antígona escribiera, sobre su incuestionable integridad moral y su simbólica fuerza vital: “no podemos dejar de oirla, pues la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida”.

Y añade Rosario Herrera Guido:

 

Trágica doncella

el drama familiar te persigue

y la rivalidad entre tus hermanos

siembra tempestades

guerra e infortunio.

 

Este poema no es letra muerta sino que cobra vida diariamente en el mundo entero y, especialmente, en nuestro México triste, donde las Antígonas se niegan a sucumbir y se unen en una nueva fuerza vital y alegre, con tinta del  color verde de la vida y la esperanza. Cito:

 

Inmortal Antígona

tu ensordecedora voz deviene eco:

la ley de los muertos

no es de hoy ni de ayer sino eterna

nadie sabe dónde ni cómo fue alumbrada.

 

Porque lo cierto es que México dejó de ser el país del encuentro para convertirse en el país de la búsqueda: de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), en el país hay un reporte de 109 mil 516 personas bajo esta condición (al corte de las 06:29 horas del 31 de diciembre de 2022), y miles de Antígonas (hijas, hermanas, esposas y madres buscadoras) recorren la superficie de nuestra República entre fosas de predios abandonados. Continúa Herrera Guido:

 

¡Justa e indómita Antígona!

Tu rebelión contra el Tirano une a las ciudades

colmadas de cadáveres rotos

devorados por aves de rapiña y fieras.

 

Y no solo hay muerte en este país donde la honramos milenariamnete hasta convertirla en calaverita de azúcar para endulzar los días plenos de otoño: Donde muere el verano contiene otro poemario veraz y lúcido: “Vuelo de cisne sobre el Este”. Aquí, Leopoldo González da cuenta, de forma poética y lírica, sobre el horror de la invasión que sufre el herócico pueblo de Ucrania, iniciada el 24 de febrero de 2022.

Han transcurrido ya dieciocho meses desde que la garra del oso ruso nos obsequiara (para decirlo de una forma eufémica) la mayor contienda bélica en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, con decenas de miles de soldados y civiles muertos; una invasión que ha producido la mayor crisis de refugiados en el continente, donde casi ocho millones de ucranianos han huído para dejar su país y otros tantos han tenido que despazarse internamente, escapando de la estampida belicosa y pendenciera de los señores de la guerra quienes, desde la comodidad de una confortable oficina en el Kremlin, desplazan al fantasma de la muerte por el imaginario tablero de ajedrez que cubre la tierra ucraniana. Apunta Leopoldo González:

 

Vino la guerra en firma de escritorio

en botas militrares llegó

como serpiente anónima y sin rostro

en potro de venenos disueltos en la noche.

La ciudad

en el exacto compás de su latido

es rumor de cielo lastimado.

 

Gases malditos, explosiones, drones cargados de muerte teledirigidos, química mortal y bombas en racimo pueblan el territorio que apenas unas semanas antes era el campo de recreo de párvulos risueños, de tardes de besos enamorados al final del verano, y de risas en las mesas compartidas a la hora de la cena. Pero la música no ha muerto, dice González:

 

En traje de batalla sobre un paraje triste

Anatoly Stefan ensaya un blues de guerra

traza a la Michael Jackson un paso no marcial

dibuja un sueño en la punta de una estrella.

Lo hace todo por agradar y divertir a su hija

por decir a esta hora del mundo que nada pasa.

Un misil de guerra trae toda la furia de Moscú:

ríe al aire su química de muerte y luego estalla.

 

De esta suerte, el arte y las poesía encajan con dolo en el paisaje donde, quirúrgicamente, las tenazas de uno de los arsenales más pavorosos del mundo ha sentado sus bases: Kiev, Mariúpol, Jerson y Odessa han sufrido, junto con otras decenas de ciudades, lo inenarrable: el horror de la destrucción y la muerte por cortesía de los oligarcas y fascistoides jefes rusos y sus discursos misógenos, homofóbicos y antifeministas.

Leopoldo González dibuja, sin embargo, un punto luminoso en la oscuridad de la noche ucraniana, una cálida línea que despunta en el amanecer sobre los litorales y estepas de esta gran nación soberana de la Europa Oriental, donde el verano volverá a resurgir:

 

Una ilusión de vida da vida a la vida

la muerte es precavida en ojos despiertos.

 

Sin más tonalidad oscura que la muerte

es ya la vida un campo de batalla liberado

 

Y también se liberan las palabras cuando son poesía. Así lo demuestra el tercer poemario que conforma este libro: “Poemas para poemar”, de Marco Antonio Herrera Guido. Publicado post-mortem, se trata de un texto cargado de poesía: igual maneja el soneto que el verso libre y conjunta los endecasílabos con los alejandrinos; su poesía es festiva pero también reflexiva:

 

El jazz es un bruno humo de opio

un saxofón salpicado y terso

cual piel de leopardo

que olvidó todas las tonadas.

 

Logos impensado de armonías y disonancias

Ad libitum de la otredad

jardín prohibido de delirantes notas

éxodo de pianos hacia la eternidad.

 

Se trata de una poesía que –como su título lo indica: Poemas para poemar– rinde homenaje a la poesía y a los poetas, por ello algunos están dedicados a Sor Juana, a Facundo Cabral, a José Revueltas y a Ramón Martínez Ocaranza. Del intenso poema dedicado al vate natural de Jiquilpan, resalto un par de estrofas:

 

Tú que con candados de odio en la garganta

interrogaste a todos los oráculos

y entraste por las puertas del delirio

para mostrarle al mundo el reverso de la vida.

 

Te has ido…

cargando orgulloso sobre los hombros

culebras amarillas y pesadillas

con el amor y el coraje

galopándote en las venas.

 

La lírica rítmica y musical de Marco Antonio Herrera Guido lo identifica como un cantante y percusionista cultivado y culto; pero, sobre todo, como un poeta; un hombre de su tiempo que –sin duda– supo vivir acorde al devenir de Cronos; un creador en armónica sintonía con dos siglos: una época que ha quedado sólo en la memoria, y un nuevo milenio que apenas despunta, porque (y cito, precisamente su poema “Cronos”):

 

¿Qué somos sino tiempo?

Tenemos tiempo de buscar

más no de hallar.

 

Y, como muchos artistas valiosos, Marco Antonio saluda a la posteridad y nos deja su epitafio en una estrofa:

 

¿Qué habrá de decir mi canto solitario para

vencer el silencio cuando llegue el día preciso?

¿Qué habrán de decir mis versos al despertar bajo

esta piel que aún abriga en la soledad amarga?

¿Qué dirá aquel amigo cuando me llore

y me extrañe, cantando con mi guitarra?

¡¡¡Qué fria y distante se ha quedado la vida!!!

 


Centro Cultural UNAM

Morelia, 1º de septiembre de 2023

[1] Palabras pronunciadas durante la presentación del libro Donde muere el verano (Silla Vacía / Letra Franca, 2023) de Rosario Herrera Guido, Leopoldo González y Marco Antonio Herrera Guido, el primero de septiembre de 2023 en el Centro Cultural UNAM de Morelia

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